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A las puertas de Oxxo la gran inteligencia y sensibilidad canina

A las puertas de Oxxo la gran inteligencia y sensibilidad canina

En una ocasión, pasada la medianoche, por necesidad de una recarga telefónica, me detuve en una de esas tiendas de conveniencia llamadas OXXO. A las puertas del sitio (avenida Cupules con calle 62) se encontraba acostado un perro que miraba insistentemente al interior, pero sin mostrar intenciones de querer entrar. Pensé que su dueño estaría adentro. Cuando empuje la puerta, él se puso de pie y elevó su mirada hacía la mía.

Cuando pagaba mi recarga, le pregunte al dependiente ¿A quién espera ese perro? ¡No!, a nadie. Ahí se sienta hasta que logra que alguna persona le dé algo de comer. Compré un sobrecito de alimento para mascotas, lo abrí y asenté el contenido del sobre en el piso. El animal devoró ese alimento. Al terminar, me miró de nuevo, escondió la cola y cautelosamente se apartó del lugar. Antes de desaparecer, volteo hacía mí y sus ojos me dijeron “gracias”. Estoy seguro que me dijo “gracias”, porque no hay animal más agradecido que los canes.

Otro día, enfrente de la exhacienda Petcanché, donde hay otra tienda de esa cadena comercial, sentada sobre sus patas traseras estaba una perrita que miraba el entrar y salir de los compradores. Cuando se cerraba la puerta, pegaba su hociquito al cristal y se quedaba mirando -muy concentrada- el movimiento de todos los compradores. Parecía una faquir, invocando ayuda. La ventaja es que nadie la molesta, nadie la ahuyenta, por el contrario, algunos clientes la saludan y ella les devuelve el saludo moviendo su cola. Tiene las tetas muy hinchadas, signo de que debe estar alimentando crías y sale a pedir alimento para a su vez alimentar a sus cachorritos. Le compré un paquete (pequeño, ¡por supuesto!) de croquetas y se las di. Comía y me volteaba a ver con miedo, como si pensara que se trataba de un engaño para raptarla y apartarla de sus crías. Muy aprisa terminó de comer y se fue corriendo, volteando a ver, como diciendo “gracias, muchas gracias, ya tengo energía para producir la leche de mis perritos”. Volví a entrar a la tienda y le pregunté al cajero ¿De quién es esa perrita? “De nadie. Venir hace. Algunas personas se apiadan de ella, le dan comida, como hizo usted, come y se va”.

“Panchito y Galleta, esos nombres le pusimos a esa parejita de perros. Así es. Vienen, se acuestan en la puerta, miran y miran; solo están viendo que entren y salgan los clientes. Son muy observadores. Parece que cuando alguna persona les cae bien o no les da temor, se levantan, le mueven la cola, lo huelen y la miran fijamente mientras hace sus compras al interior de la tienda. Así hacen hasta que consiguen que un alma piadosa les compre algo para comer. Siempre vienen. Hasta horario tienen. A eso de las once y media o doce del día ya están allí. Se van, hasta que alguien les regala comida. Vienen juntos y así se van”. Esa narración fue de un dependiente de otra tienda por otro lado de la ciudad.

Por el rumbo del colegio Cumbres he visto lo mismo, es decir, a perros que han sabido ver que acercándose a esas tiendas de conveniencia pueden conseguir alimentos para el sustento de sus vidas. Son como unos indigentes más.

Pero esa conducta es producto de una definida inteligencia, de una enorme habilidad para comunicarse con el ser humano y conseguir lo que de ellos necesitan, y que, hoy por hoy, les es difícil obtener a través de la naturaleza, porque el hombre de la ciudad ha acabado con los medios naturales que les permitía obtener productos para su sustento.

Cuando miro tanta inteligencia canina, cuando me doy cuenta de su capacidad de adaptación a las nuevas costumbres y tiempos impuestos por la modernidad, no hago otra cosa más que condenar a aquellos mortales que maltratan a estos animales tan nobles, que tienen una sola tarea en su vida, darle amor al ser humano, dándoselo de manera incondicional y a toda prueba.

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