Cultura

De maromas y marometas

De maromas y marometas

Cuando la SPV se encontraba aún en la calle Reforma, entre las varias áreas de la institución existía una muy especial en la que los elementos que la constituían en su mayoría, por alguna extraña razón, eran profesores y algunos de la tercera edad. El área se llamaba EDUCACIÓN VIAL y su función consistía, como su nombre lo dice, en enseñar a niños pequeños a respetar las leyes de la movilidad, ya sea peatonal, y el funcionamiento de los semáforos (verde, siga; ámbar, precaución, y rojo, alto). Asimismo, se les daba demostraciones de cómo la policía de la SPV brindaba protección a los ciudadanos, dando muestras palpables, haciendo actos o simulando el juego de policías y ladrones. Y lo más esperado por los niños estudiantes eran los actos de la sección canina. En ocasiones se acudía a las escuelas y en otras éstas iban al edificio central a presenciar dichas actividades.

Aquel día, una escuela visitaría el local de la institución. Desde temprana hora, el personal de educación vial, que aquí entre nos ni siquiera portaba uniforme, es decir, era una sección muy sui géneris. Iban colocando sillas para los niños, a quienes se les repartiría un pequeño refrigerio. El más entusiasta y el que observaba que todo estuviera perfecto, esperando la llegada de los párvulos y las maestras, mismos que se fueron acomodando para observar la demostración. Una vez que comenzó, lo primero fue una pirámide humana realizada por los valientes policías que arriesgaban su vida, sobretodo el que se encontraba más arriba. Los aplausos de los infantes no se hicieron esperar. La voz del maestro de ceremonias, un gran animador, el profesor Burgos, describía una a una las dificultades de dichas acrobacias. El segundo acto consistía en que una mujer policía, cosa que, aquí entre nos, enardecía a las maestras, ya que comenzaba aquello de la liberación femenina: ¡Miren, niños, que valiente es Tere! Ya que ella saltaba sobre un agente que sostenía un puñal.

El gran final, lo más esperado, comenzaría después de un breve receso en el que se repartió el refrigerio, consistente en kibis, sándwiches y jugos del DIF. El acto consistía en que Tere caminará como si estuviera en la calle, con su bolso, y un policía disfrazado de delincuente corría, arrebatándole el bolso y en ese instante sería salvada por la sección canina, que se supone se abalanzaría sobre el ladrón, pero, ¡Oh sorpresa!, al soltar a los perros, estos se fueron, pero sobre los kibis de los niños, armándose la ‘marimorena’. Y es que el encargado de estos pobres animales, el Comandante Barraza, ‘se clavaba’ el dinero del alimento canino y los dejaba sin comer. Por eso los pobres perros no resistieron aquel manjar.

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