CulturaOpiniones

Turismo de hoy, hacia atrás

Turismo de hoy, hacia atrás

Mis ojos, empequeñecidos por la edad, recorrieron las altas paredes que, en mi infancia, estaban vestidas de altares, retablos e imágenes sacras del Divino Calvario; asentados en el piso había reclinatorios, confesionarios y mobiliario de hierro forjado, donde los creyentes colocaban veladoras para iluminar la gracia de sus pecados, que de esa manera buscaban ser perdonados.

El antiguo cuadro de un cura mostrando una cruz a un maya vencido, mientras un guerrero español observa la escena, ha desaparecido, dejando en la pared un enorme vacío lateral que mira al sur.

La lampara votiva que colgaba del alto techo y era bajada cada noche para iluminar el Altar Mayor en las horas nocturnas, vive en la resequedad del abandono, las telarañas y el óxido.

Muy pocos saben que la catedral de Mérida se llama de San Ildefonso, y ya nadie tendrá conocimiento de cómo fue esta iglesia; nadie del presente vivirá la experiencia de sus aromas a incienso, de la esperma y la parafina consumida en las velas y veladoras, y el olor de las azucenas y las rosas del solar yucateco, encendidas, las unas, y colocadas, las otras, enfrente del santo de la devoción individual. La iglesia catedral era sobrecogedora por todo ello y por el sonido del su órgano monumental, ubicado en la parte superior de la Puerta del Perdón, utilizada escasamente.

Estoy sentado en la misma larga y brillante banca que ocupaba cuando tenía cinco años y mi abuela, Juana Canto y Canto, cocinera de los Barbachano y los Ponce, me llevaba a escuchar, todos los días, la misa de cinco de la mañana que se rezaba en latín y era realizada por el sacerdote de espaldas a la escasísima feligresía que asistía a misa de madrugada.

En el interior de la iglesia, solo recuerdo, en cada madrugada, a doña Velita Ghio, mi abuela Juana, algunos choferes de coches calesas y algún mendicante.

Doña Velita y mi abuela tenían la costumbre de hacer, todos los días, sus compras en el mercado grande, donde les gustaba esperar la llegada al mercado de las verduras y las hortalizas, para “comprar las mejores, las más frescas y tiernas”.

Después de mi adolescencia, cuando falleció mi abuelita, dejé de entrar a la catedral, hasta antes de ahora. Parece que ella envejeció lo mismo que yo. Ya no me conmovió. No pude respirar hondo para atrapar el olor a misticismo que antes flotaba en todo su ámbito. ¿Y, cómo, si hoy las flores son de plásticos y las velas eléctricas?

El Cristo de Lapalleci no me gusta. Sus manos no duelen como dolerían en el arte barroco, su mirada es irreal de tan tranquila. Sus cabellos le caen en el rostro de manera más estética que enmarañados por el sudor, la sangre y la cochambre del ambiente en que murió el Redentor. Su expresión es más búdica que la correspondiente al calvario que vivió antes de ser elevado en la cruz.

Recorro el cuadrángulo de la plaza grande. La Casa de los Montejo es un banco. Las casas aledañas que fueron comercios muy típicos, ahora son pequeños cuartitos donde se expende de todo, desde una piña hasta materiales para transformar los rostros humanos. Del bullicio de los comerciantes de telas, prendas masculinas y otros enseres, no queda nada.

Voy sobre la calle 60 hacia el norte. “Las calles tipo Ámsterdam” que nos vendieron como idea benévola durante la pandemia, siguen tercamente con sus maceteros entorpeciendo la fluidez vehicular. Los comercios todos están dirigidos al consumo turístico, gemas, ropa típica, comida de cadenas comerciales extranjeras y muchos guías de turistas y agencias de tours turísticos.

Llego al extremo de sentirme extraño en lo que antes fueron mis dominios, las calles del primer cuadro de la ciudad, y tengo que decirle a un policía de crucero, “oiga, soy yucateco, pero ya no sé dónde comprar un boleto de avión”. “No, ya no hay agencias de viajes por aquí. Eso tiene que verlo en las plazas o en algún hotel. Vaya al Fiesta Americana o al Hyatt. Allí, seguro, hay”.

Me detengo en el parque de Santa Lucía, digno ejemplo de lo que Mérida es hoy, para orgullo de los intelectuales, escritores y prestadores de servicios culturales, “CAPITAL AMERICANA DE LA COMIDA”. Felices los felices, panza llena, corazón contento. No hay que olvidar que Sara Poot y todas sus académicas e intelectuales invitadas a eventos culturales del Ayuntamiento de Mérida se han sumado, alegres de alegría, a este nuevo orden gastronómico intelectual.

Mérida se ha borrado de mi vista. Ella queda en el imaginario de mis recuerdos, esos que vienen, afortunadamente, de vez en cuando.

Me fue triste, ver a mis antiguos amigos, jodidos de viejos, arrastrando los pies, ayudados con un bastón, con la dentadura descompuesta hablando de sus pastillas para la presión, la diabetes, el colesterol o corazón. Su furia, brillo, exabruptos, afanes de dominar el mundo, ya ni siquiera son recuerdos, son olvidos que han nacido con las enfermedades de la modernidad, que no de la vejez.

Mérida ¿Cómo te quiero?

Nunca de extrañar dejo tu ¿quieta? Plaza mayor

Tu ¿hermoso? Paseo Montejo.

Mérida ha cambiado de plumazo en plumazo. Por instrucciones, ¿saben ustedes de quién?

Deja un comentario

Botón volver arriba
error: Este contenido está protegido. Gracias.