Opiniones

La educación entre el juego y la realidad

La educación entre el juego y la realidad
Alfonso Aguilar Manzanero: Adelante (1942), óleo sobre tela, 53 x 40 cm.

           En los planes de educación la palabra “aprendizaje” retrocede en importancia. Cuando se redactan proyectos de materias o avances programáticos no se acepta que se emplee “El alumno aprenderá” o “conocerá” o “comprenderá” o “adquirirá los conocimientos”. Al parecer cualquier alumno trae un bagaje totalizador de conocimientos, de tal manera que desde hace ya varios años se dice: “El alumno identificará” o “reconocerá” o “desarrollará la habilidad” (ya ni siquiera la “adquirirá”. Se da por hecho que ya la tiene).

           Sutilmente, esos menospreciados verbos “aprender”, “conocer”, “comprender”, se destierran de la actividad educativa, bajo pretexto de que no son medibles para efectos evaluativos. Como he oído decir a algunos zánganos: “No se trata de que se aprenda, sino de que se entienda. Con que se haya entendido ya es suficiente”. ¿Qué se va a entender, si no se adquieren los conocimientos básicos de la materia a estudiar? Por lo visto, se trata de asomarse a los contenidos de una materia, “entenderlos” para el trabajillo o el examencillo y después borrarlos de nuestra memoria para siempre. El alumno “entendió”, pero no aprendió nada, ni sabe qué fines cumplía la materia que cursó.

           Ya incluso un criterio para evaluar a los maestros es el de su amenidad al impartir su clase. Pobres maestros de matemáticas, química, estadística, sociología y otras por el estilo. Como “amenidad” equivale a causar risa o a incitar al zangoloteo corporal, los maestros de esas disciplinas tienen que aprender a contar chistes algebraicos o a mover el bote con criterios estadísticos. El resultado será como el de tantos políticos en funciones. (Lo cual podría también ser entendido al revés: no hace falta aprender nada en las escuelas para llegar a tan altos puestos).

           La educación, por tanto, se ve como un juego que mata el tiempo. Su carácter lúdico, de juego, es lo que más se valora, carácter que cuando es pertinente, por supuesto resulta justificado de aplicar. Al volver el juego una norma se obtiene como resultado es el de profesionistas jugando a la empresita sin capacidad de tomar decisiones, o jugando al consultorito sin capacidad de brindar el más elemental servicio profesional a sus pacientes, o jugando al proyectito o programita de medios de comunicación sin ninguna conciencia social.

           Los temas que el alumno estudia en la escuela parecen no tener ninguna relación con su contexto inmediato. Por supuesto que lo tienen, pero el problema es que no se le enseña a aplicarlos y hacerlos extensivos a su vida cotidiana. Parecen conocimientos esotéricos, creados como obstáculo para que los verdaderos objetivos de la vida no sean tan fáciles.

           El uso y el consumo de las redes sociales y de los teléfonos celulares tienen que entrar como temas, con un claro sentido crítico, como también debe ocurrir de manera efectiva y no sólo de apariencia con la educación vial, el peligro del consumo de estimulantes y drogas, la educación sexual, la higiene, las normas de urbanidad y el empleo apropiado del internet y de los videojuegos. Una educación anclada en la realidad y no ese mundo etéreo para quienes no tienen acceso a otras fuentes que les permitan retroalimentar lo aprendido en la escuela. Ningún conocimiento es inútil en sí mismo; sin embargo, una enseñanza que sólo se queda en los límites físicos de la escuela no avanza hacia ningún lado.

           Es demasiado duro para un estudiante confrontar lo que optimistamente ha aprendido con lo que verdaderamente ocurre; tratar de aplicar sus conocimientos a la realidad.  Hay un abismo entre lo que de buena fe se enseña en las aulas universitarias y ese sórdido mundo de la ganancia y de la explotación del trabajador. Por tanto, es muy pobre la motivación que puede tener un estudiante luego de sufrir encuentros rudos y vulgares con quienes ejercen algún tipo de poder, sea económico o político. De manera directa pero desagradable, los estudiantes llegan a tener conciencia de que el mundo de los hechos en México y en Yucatán no va de la mano con el “deber ser”; que lo que se dice en el discurso público gubernamental y de las cúpulas empresariales nada tiene que ver con lo que ocurre en la verdad de la rutina laboral diaria.

           La educación tiene que manejarse con la crudeza crítica, buscando opciones factibles para esa difícil salida de la deshonestidad y la hipocresía en la vida económica de la actualidad.

Jorge Cortés Ancona

Licenciado en Derecho, con Maestría en Cultura y Literatura Contemporáneas de Hispanoamérica. Es egresado del Doctorado en Literatura de la Universidad de Sevilla con una tesis sobre teatro y boxeo, y cuenta con un DEA (equivalente de maestría) de la misma institución. Ha impartido clases y cursos en diversas instituciones educativas y culturales sobre literatura e historia de las artes visuales. Ha escrito numerosos artículos y entrevistas sobre temas culturales y figura en varias antologías de poesía.

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