Cultura

El estilo y la forma son el fondo

El estilo y la forma son el fondo
Oswaldo Baqueiro.

Siempre he pensado que la experiencia es mejor. Antes que ser un gran alumno o teórico, hay que ser un buen experimentador. Por supuesto, lo primero es convertirse en lector. Eso es algo que tengo que agradecer a mi padre. Éramos una familia numerosa y el tesoro más importante para él eran sus libros. En los sesentas irrumpe en Mérida la televisión. Papá siempre fue reacio a ésta. Mi abuelo compra una para la familia sin que papá lo sepa. Al llegar éste a la casa quedó furioso. Al principio no nos dejaba verla, simplemente nos repetía “lean”, y me regaló una colección del más grande indiciador de lectores jóvenes: Emilio Salgari. Una muerte momentánea a mis anteriores aficiones, ya que, desde aquel instante, jamás me volví a aburrir, vi aquello apasionar mi vida (después llegaría una pasión mayor: la música). A partir de aquellos primeros libros de adolescentes comencé a volar, a nadar con la travesía de otro tipo de libros. Desde los clásicos a los contemporáneos de mi juventud: Kerouc, Williams Capote.

Se trataba de variados mundos, paisajes, países alucinantes, ciudades increíbles. Quedé por completo inmerso en ese nuevo mundo que se me presentaba en mi propia casa.

Un día cierro los libros y quiero ser el personaje principal. Nada menos que el creador. Encantar la vida directamente a los que jamás leerían un texto, a los profanos. Me encantaba provocar la ira de los intelectuales.

Desde entonces, y cosa extraña, y al parecer muy bien aceptado por los escritores de más jerarquía y de mayor edad como Oswaldo Baqueiro, Roldán Peniche, Joaquín Bestard o Fidelio Quintal, siempre me alenataron y aprobaron. Ellos, los más consagrados escritores yucatecos. Aquellos que los noventeros llamaban con desprecio “vacas sagradas”.

Mis personajes fueron aquellos que siempre fueron ignorados. Un limosnero, un músico mutilado de nacimiento, discapacitados ladrones, señoras de la alta sociedad, hombres ilustres, deportistas sin fama, prostitutos masculinos, niños felices y niños tristes, barrios desconocidos por la mayoría en los confines de la ciudad, en fin, el alma y la parte física y la mentalidad de nuestra ciudad.

Literatura fácil, ágil, polémica y siempre interesante. He ahí el dilema. AQUELLO QUE LLAMAN ESTILO. Si usted lee un libro de aquellos, ya los leyó a todos. Solamente tres escapan a esta uniformidad. Un texto de Carolina Luna, dirá usted, es Carolina. Un libro de Manuel Calero, dirá usted es Calero. Si lee un texto de Conrado Roche, inmediatamente dirá, es de Conrado.

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