Cultura

El Salto

El Salto

El circo estaba lleno a reventar. El maestro de ceremonias anunció el inicio del espectáculo. Empezó con el clásico desfile de artistas y animales: trapecistas, caballos, equilibristas, payasos, contorsionistas, camellos, elefantes, perros amaestrados, pulsadores, magos, malabaristas, osos educados, prestidigitadores, monos disfrazados, bailarinas, enanos y un sinfín de seres, unos más extravagantes que otros. Había hasta una mujer barbuda y una gorda enorme que abarcaba casi la mitad del desfile. Después del paso de los artistas y animales, fueron presentados uno a uno y sus facultades ensalzadas por el hombre del bastón y sombrero de copa que era quien los anunciaba. Todos fueron muy celebrados y aplaudidos. Pero el número final era el más ansiado. Después de varias actuaciones, llegó el tan esperado salto de la muerte. Al fin y al cabo para eso estaban ahí: para presenciarlo. El público estaba emocionado, en suspenso. Los trapecistas salieron. Llevaban hermosas y vistosas capas. Eran fornidos y se les veían en buena forma. Saludaron varias veces al público que los vitoreaba. Subieron a lo más alto para empezar su actuación. Realizaron impecablemente sus rutinas y piruetas en el aire. Una y otra vez saltaban. Se tomaban de los brazos, de las piernas, de los tobillos. Dos vueltas, tres vueltas. Siempre alcanzaban en el último instante a asirse del compañero que los esperaba con las manos firmes en el otro trapecio. Al fin fue anunciado el momento cumbre del espectáculo: el salto de la muerte. Era la primera vez que se realizaba: cuatro vueltas en el aire. La expectación crecía cada vez más. Todos prestaban atención a lo que iba a ocurrir en las alturas. El trapacista indicado se preparó. La suerte era sin red, lo que hacía el salto más arriesgado. Después de dudar un segundo se impulsó y luego de columpiarse en el aire dos o tres veces, se lanzó al vacío. El espacio, entre él y su compañero que le esperaba, se hizo eterno. Quiso agarrarlo de las muñecas, pero algo pasó que no llegó a tiempo por una fracción de segundo. La ley de la gravedad lo levó inmediatamente al suelo para horror de la multitud que gritaba espantada. Sus otros compañeros, que ya estaban abajo, corrieron para ayudarlo. Afortunadamente no le había pasado nada a pesar de la altura de la que había caído. De pronto, empezaron los chiflidos y los insultos. Muchos pedían la devolución de su dinero, que porque había sido un fraude y habían sido engañados. Porque si era el salto mortal el trapecista se debió de haber matado al caer. Para eso habían ido. Alguien entre la multitud gritó: “Línchenlo”. Y ahí empezó todo. Abrieron las jaulas de los animales, le cortaron la barba a la mujer barbuda. Desnudaron a la gorda inmensa, le cortaron la cabeza a una de las jirafas, a dos enanos los hicieron bailar en calzoncillos sobre dos grandes tambores de gasolina y amenazaron con prenderles fuego. Con los únicos con los que no se metieron fue con los elefantes y con el tragaespadas que se atrincheró en la jaula de los leones. En su furia despedazaron y quemaron todo. La carpa quedó hecha cenizas. Uno de los banderines (clavado en la tierra) del techo del circo, flameaba al viento.

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