Cultura

Recuerdo de una vida transfigurada

Recuerdo de una vida transfigurada

Mi abuela provenía de antiguas familias guanches,
enlutadas y de piel volcánica y de lava,
de salitre rugoso y de viento atlántico y de lluvia.
Algún día escuché que habían tocado tierras mexicanas en Tampico,
que la humedad de aquellos lugares no se llevaba con el asma,
que su familia recogió las pocas pertenencias que traía
y en el primer barco salieron para siempre a estas tierras,
amargas, desoladas, eternas.
Aquí lucharon contra toda sangre,
contra todo viento y marea,
contra su corazón mismo derrotado por la nostalgia,
por el recuerdo de aquellas islas españolas
amarradas a un costado del África.

Abuela, dulce hermana de mis soledades,
hermosa mujer de mi genealogía,
mis palabras no son sino un pálido reflejo de tu sangre.
Te veo ahí. Erguida y humillada por los años.
Madre mayor mía. Ceniza de mis desventuras.
A veces tu sombra palpita en mi sombra,
me acompaña como un candado oxidado sobre las sienes,
sobre esta vida de huesos y de carne,
de soledad (como tu nombre) enlutada sobre vigas de hierro oscuro.
Si yo pudiera abrir el candado de la nada
y regresarte de nuevo a la vida
y darte el canto de todas las mañanas
y la lluvia y el viento o la mirada,
entonces yo cambiaría mi vida por toda tu dulzura,
por toda esa ceniza que eres ahora,
por toda esa ceniza iluminada,
por toda esa ceniza.

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