Cultura

No era un espejismo

No era un espejismo

Mi buen amigo, el inolvidable cronista taurino Raúl Gutiérrez Muñoz («K-Potazo»), mismo al que, por su imparable gusto de adorar al dios Baco, de broma, en lugar de ese seudónimo sus amigos le decían “Zapotazo”. Gran conocedor de la fiesta brava. Vivió y murió por y para la misma. Los días de corrida se vestía con el traje corto, es decir, a la usanza andaluza. De esta manera acudía desde la mañana a la plaza de toros al patio de cuadrillas, para participar en el ritual que precedía a las corridas, que por entonces nos permitían la empresa observar y del mismo modo acudía a las corridas con su inseparable Sancho Panza, un militar retirado, el capitán Gaspar Gamboa, “Gasparete”, vestido de la misma manera. Ha sido “K-Potazo” el cronista más flamenco que ha existido en una época en que había verdaderos críticos taurinos

Cierto, día el buen Raúl penetró al mítico bar “La Negrita”, cantina de tercera con clientela de primera. Fue recibido con una ovación y con los borrachales de la barra agitando sus pañuelos, como pidiendo oreja en una plaza de toros. Venía ya con medio estoque (medio mamado, para los taurinos), agradeciendo la ovación cual diestro en triunfo. Todo mundo se peleaba por invitar al buen amigo Raúl y darle cuerda para que cante el flamenco, cosa que hacía de espanto, pero que era premiado con sonoros aplausos.

Ya incróspito le atacaron unas incontenibles ganas de “ensuciar” (cagar). También hay que señalar que el baño de “La Negrita”, un lugar enorme, se encontraba alejado de las mesas. Serían aproximadamente las ocho de la noche. En el escusado, “K-Potazo” cayó en brazos de Morfeo. Y en punto de las diez de la noche, el “Chino Escalante”, dueño del bar dio la orden de cerrar herméticamente, como diario, la cantina.

El hombre en el baño despertó, encontrando todo a obscuras. A tientas caminó hacia la barra, encendiendo la luz ¡Ave María! -se dijo- esto no es un espejismo, mirando al escaparate en donde había todas las botellas del más variado licor. Sin perder un segundo dio un trago a todos y cada uno de los néctares ahí expuestos, hasta caer desmayado.

Al día siguiente, al abrir el “Chino” su cantina, se encontró al “K-Potazo” durmiendo en el suelo de los justos con todo y su traje flamenco. Fin.

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