Cultura

Un examen hace sesenta años

Con los medios a flor de piel tomé el camión de “El Pich” que me llevaría a la preparatoria, recientemente insaturada en los terrenos del Fénix. Después de estudiar durante varios días, y como era lo usual en aquellos tiempos, lo hacíamos, no sé por qué razón, durante las noches, en los diversos parques de la ciudad, hasta el amanecer.

Un examen final por aquellos ayeres era de la siguiente manera: -que hoy me dicen los jóvenes “uay, qué terrible”- en principio de cuentas eran exámenes orales. A excepción de matemáticas, geometría y francés. Un tete a tete. Con tres sinodales porque generalmente eran terribles.

Antes de presentar un examen había que acudir con una solicitud de la materia a examinar en el edificio central, entrando a la izquierda. Donde un empleado de apellido Muñoz, al que apodaban el “Veloz”, por la lentitud con que atendía a los jóvenes estudiantes, con toda la maldad del mundo. Por el más leve error en la elaboración de dicha solicitud, esta era rechazada y se tendría que hacer otra. De ahí pasaban uno, dos o tres días después a una ventanilla en el pasillo que va a la biblioteca, en donde trabajaba el director de teatro, Luis Armando Trejo Cardos, que le daba a uno la autorización para el examen. Este regresaba a la prepa del Fénix, donde le fijaban a uno la fecha de aquel calvario que constituía esa situación pedagógica.

Temblando, me acercaba al primer sinodal, que podía ser en una silla, mesa-banco o cualquier lugar del edificio, y comenzaba el examen interrogatorio. Después de pasar con dicho sinodal se pasaba con el segundo, otro tormento, como en la Santa Inquisición, y, finalmente, con el tercero, en donde terminaba esta inicial tortura. Ya de hecho, este tipo de examinación era un ejercicio de crueldad infinita y explicaré porqué: la mayoría de los sinodales eran maestros de la prepa, muchos de ellos autores de libros de textos, y los más estrictos, por ser benévolo, al observar que uno respondía a la pregunta correctamente, cortaban y le hacían otra pregunta. Si la respuesta era buena te cortaban. Pero cuando miraban que en alguna pregunta uno se atoraba, ahí se clavaban, sobre el tema que uno no sabía. Obviamente no generalizo, ya que había maestros imparciales, y otros, muy buena onda, que te hacían la vida fácil. Anotaban tu calificación uno por uno en cualquier papelito que encontraban y uno no sabía cuánto sacaba. Posteriormente, estos papelitos pasaban con la secretaria, lo dividían entre tres y esa era tu calificación.

Para dar un ejemplo de la perversidad de algún maestro, había uno de gramática, que después de hacerme mil preguntas, me dice: “si me contestas esta última, te pongo 100. Dime qué significa o qué es ‘esto’”, y ahí estaba yo, dando mil explicaciones sobre lo que pensaba que en gramática era esa palabra “esto”. Él, con su cara de mierda, me respondió: “muy mal, diciendo que ‘esto’ es mi dedo”.

Recuerdo a mis sinodales, a 60 años de distancia, al rector de la Universidad, Repetto Milán; Fito Ruz, mi tocayo Conradito Menéndez, al que apodaban “Sopanditas”, por su manera de caminar, un pan de Dios. El “Chivo” Alcocer, “El Pich” Moreno, el maestro Canto López, Herbé Rodríguez, que llegó a ser alcalde de Merida; “Chenta” Patrón, y otros más.

Como dato curioso, la materia de geometría plana, de segundo grado, la troné ocho veces.

Terminaba el examen exhausto, cruzaba al puesto de doña Gloria, en frente, a esperar la boleta de calificación. El examen acababa a las cuatro de la tarde y anocheciendo nos llamaban para darnos las boletas, en la cara de cada quien, conforme iban saliendo, te decían si habías pasado o no.

Recuerdo igual que cuando presenté francés, el “Veloz”, al darme la calificación, exclamó: ¡maaaeeee, pasaste! Y, si pasé esa materia, fue gracias a que Conradito Menéndez habló con los otros sinodales. En fin, era todo un tormento, ya quisiera ver a los ‘millennials’ presentando un examen oral, no con un sinodal, sino con tres sinodales. Nada de opción múltiple, para no poder copiar. Creo que por eso salíamos bien preparados, sin tanta paja en el conocimiento. Con una excelente pedagogía, que da mucho que desear a la actual. Se han desechado las humanidades. A pesar de que, como digo, antes era un verdadero suplicio para un joven de 16 años, lo recuerdo como una de las épocas de mi vida, ya que la más feliz en toda mi existencia ha sido la secundaria.

El mundo de hoy, lo odio, tanto, casi, como a mí mismo.

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