Cultura

La Manzana

La Manzana

Un día alguien comió una manzana mientras caminaba junto a unos setos del camino y fue escupiendo las semillas conforme la manzana iba desapareciendo en su boca. Ahí quedaron durante algunos meses. De pronto un día, aquí y allá, brotaron pequeños árboles. En unos cuantos años crecieron y empezaron a dar frutos. La casa de aquel físico desconocido quedaba a pocos pasos de ese breve manzanal. Eran sus árboles de manzana alineados detrás de los setos. Durante años los manzanos prodigaron frutos hermosos y rojos. Los que pasaban por ahí podían bajarlos de los árboles o tomar aquellos tirados sobre la tierra. Una mañana, el físico salió a dar un corto paseo cerca del manzanal. Se le ocurrió de pronto sentarse debajo de uno de los árboles (la historia no registra el dato de cuál de los seis fue en el que se tumbó a descansar o a dejar correr el tiempo). Y ahí estaba, sin sospechar que una afortunada manzana podría cambiar la historia del mundo. De pronto estaba ahí, junto a él, roja, jugosa, carnosa, brillando al sol de esa mañana, sintiéndose importante. Ella era la manzana elegida, la manzana divina que cambiaría las fuerzas de la Tierra. El físico la sintió caer a su lado. Apenas cayó, la agarró con suavidad y en un impulso de abre intentó llevársela a la boca, pero se puso a mirarla, a observarla, a filosofar con ella. Miró hacia arriba, al lugar de donde la manzana se había desprendido. La volvió a mirar detenidamente, los ojos se le encendieron, le brillaron de nostalgia por la manzana caída. Pensó en Adán y Eva. La volvió a mirar y simplemente se la llevó a la boca y mordió un pedazo suave y aromático de la fruta. Después, Newton (que así se apellidaba el físico) se recostó en el tronco del manzano y se durmió. Vendrían mejores tiempos para pensar en la Ley que cambiaría la historia de la Física.

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