Cultura

Las barberías de antaño

Las barberías de antaño

Hoy día se ha puesto de moda en varias empresas y comercios poner, después de su razón social, la palabra “tradicional”. Cantina tradicional, cocina tradicional, reparadora de zapatos tradicional, barberías tradicionales. Hoy hablaremos de estas últimas, pero de las originales, como en la que me cortaban el cabello de niño. Me estoy refiriendo a la barbería del barrio de Santa Ana, hay que consignar que en cada barrio había alguna y en algunos casos hasta dos. A la que me refiero se encontraba en la calle sesenta entre cuarenta y cinco y cuarenta y siete, frente al parque de Santa Ana, teniendo a un lado el cine “Encanto” y del otro, “Marrero”, la panuchería más famosa de la ciudad, cuyos sus antojitos no han sido superados hasta hoy en su riqueza y sazón.

La barbería constaba de una pequeña pieza. En la primera silla se encontraba el que al parecer era el dueño o al menos el jefe, un hombre ya mayor de apellido Uc; a su lado, don Rach, seguido de Pepe, un jorobadito (que para las fiestas navideñas el padre Ricalde organizó un nacimiento viviente, en el que este amigo hacia el papel de San José, mismo que llegaba a la iglesia junto con la virgen María, por supuesto la muchacha más bonita del barrio, me parece de apellido Guillermo. Otros vecinos, disfrazados de pastores con todo y gansos, gallinas, vacas y otros animales, simulando un corral y con un nené muy hermoso, hijo de una pareja de muy buenos católicos), y al final se encontraba el grillo “Pablo”, oriundo de Tekantó y conocido mío.

Era yo un niño que no llegaba a los diez años; sin embargo, creo que no pasaban más de quince días sin que mi mamá me mandara a la barbería. A mi me cortaba el cabello Pepe. Un corte de cabello, en ese entonces, era muy a las estéticas unisex de hoy. Las sillas giratorias eran de asiento de petatillo, le colocaban a uno una sábana alrededor del cuello, cubriendo hasta las rodillas al cliente. En lo personal, a mí me pelaban casi colís, dejándome en la parte delantera del cráneo unos cuantos pelillos para que haga mi “pot”. La rapada de la parte trasera era un verdadero martirio, la hacía con máquina manual, que le jalaba a uno los pelillos, causando dolor. Le decían pelada de “vereda y pot”. Cuando usaba la tijera, eso era como un tic de todos los peluqueros, no dejaba de abrir y cerrar la tijera en los oídos de uno. Muy desesperante. Ahí leía las revistas, obviamente la cubana “Bohemia”, “Jueves de Excélsior”, “Jaja”, además de los cuentos (hoy comics) de los vaqueros “Rogers”, “El Llanero Solitario”, “Gen Autry”, los del “Halcón negro”, muchos cuentos en los que un soldado gringo eliminaba de un balazo a sesenta japoneses. Y, finalmente, “La doctora corazón”, precursor de la famosa serie “Lágrimas y risas”.

Las barberías de antaño

Para los niños chiquitos se colocaba una tabla de unos veinte centímetros de ancho, sobre los cuales descansan las manos, al que a veces había que, literalmente, tomarlo de manos y pies por el ruido de la máquina. En una peluquería que se preciara no podía faltar un chamaco que con una brocha sacudía los cabellos a los clientes. Tenía también su cajón de limpia botas y daba ese servicio a quien se lo solicitará. Otra parte de su chamba era hacer mandados, como ir a comprar cigarros o lo que sea. A estos chicos se les llamaba “chicharos”, que después de quitar la sábana, con la misma ejecutaba una torerísima chicuelina que ya envidiaría el “Manolete”.

Y así, chismeando peluqueros y clientes transcurría un día en la barbería. Acudía ahí aproximadamente cada quince días, con la misma peladita hasta la llegada del rock and roll, que me dejé crecer la parte de las cienes un poco más, poniéndolas hacia atrás, embardunadas de la vaselina “cheseline” y, claro, mi copete en la frente. Años después, cuando me dejé crecer más el pelo, me cambie a la peluquería del Centro llamada “Le Parisien”, de Rach Catzín, que hoy tiene su peluquería en la colonia Alemán y se siente un gran fifí, por la clientela que acude con él.

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