Opiniones

Casi todo lo que vi en la final del Mundial me pareció perverso

Por Raúl Gasque

Casi todo lo que vi en la final del Mundial me pareció perverso

La final: Francia, un equipo aparentemente inclusivo. Escribo aparentemente porque la realidad de Francia es muy diferente a la de la selección nacional gala. La mayoría de los ciudadanos que provienen recientemente de países de origen africano viven en barrios y distritos apartados de los ciudadanos franceses considerados “blancos”. Por lo tanto, el equipo de Francia es una utopía, una ilusión, un “eso sería la Francia perfecta”—para los franceses que no votan por el partido de Le Pen—. Tristemente no es la realidad. Por la otra parte, el equipo de Argentina—que es quizá el equipo más caucásico del mundial—es producto de una simbología ultra colonial: en la que el mestizo, aborigen o persona de tez oscura es relegado a una desaparición. El colonialismo es tan obvio que no hace mucha falta explicarlo. No toda Argentina es blanca, pero lo que quieren mostrar en el equipo nacional de fútbol sí lo es.

Pero quizá lo más perverso es el lugar en el que se hizo el mundial: Qatar, uno de los mayores productores de petróleo en el mundo, por ende, uno de los mayores responsables de la crisis climática mundial. Para realizar la copa del mundo derrochó millones de dólares, usando mano de obra inmigrante en condiciones infrahumanas, provocando muertes y una larga lista de violaciones a los derechos humanos a estos mismos. Viéndolo de esta forma no pude dejar de imaginar a los jugadores como veintidós humanos híper modificados corriendo encima de miles de cadáveres durante varias semanas. Sin embargo, nosotros—la gente—no lo miramos de esa forma en la mayoría del tiempo en que transcurrió el mundial. Los humanos preferimos mirar a otro lado y alimentar nuestros deseos de entretenimiento primario.

En la premiación, el emir de Qatar cubre a Messi con una túnica, solamente hay una mujer en el podio principal. En una ceremonia completamente chovinista y paternalista, las mujeres que están ahí son relegadas a un segundo plano para entregar las medallas, y aparecer ellas mismas como un premio más.

¿Cómo explicarle todo esto a un niño o a una niña? ¿Cómo digerir tanta barbarie? En el mundial los seres humanos dicen que les importa el resto del mundo y los únicos ecos de humanidad que se vivieron fue cuando la selección de Marruecos mostró la bandera de Palestina, después de eso, pura banalidad, puras patadas, “mucho fútbol”. ¿Ucrania?, país de origen de muchos argentinos blancos que ahora juegan y han jugado en la selección, ha quedado a un lado. Fue una pausa mental del mundo. Como quien no quiere pensar en conflictos y prefiere únicamente ser frívolo y superficial.

Así llegó a su fin un mundial que al final fue banquete de los jeques, la FIFA que actúa como viles mafiosos, y los jugadores que se desempeñan como los gladiadores contemporáneos, vacíos políticamente y sin una voz activista. El pan no está llegando a una gran cantidad de humanos—en una inflación extraordinaria mundial—pero el circo ha demostrado que está más afinado que nunca.

Para cerrar me gustaría aclarar y confesar: yo miré la final—y la disfruté—como millones de personas. Soy un aficionado del fútbol desde que era niño y, por ende, también tengo muy arraigado ese sentimiento canchero. Sin embargo, todos estos pensamientos—que también son afirmaciones—llegaron a mí lentamente durante el desarrollo de la justa futbolística. De ahí se deriva este texto. El cual tiene como único objetivo reflexionar sobre este fenómeno social que envolvió al mundo entero mediática y emocionalmente durante semanas. Con un halo oscuro y también perverso.

Raúl Gasque

Artista multidisciplinario que trabaja con conceptos de psicología, ciencias políticas, antropología y otros. Ha vivido y trabajado en Europa, el Este de Asia, Guatemala y México. Fue colaborador de Vice Media, y es desde hace siete años colaborador de ERRR Magazine. Trabajó con la Premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú y desarrolló un proyecto de arte multidisciplinario en Taiwán por siete años. Es licenciado en Artes y Comunicación por la Universidad de Ming Chuan de Taipéi, Taiwán.

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