Cultura

Un renegado ¡México, México, ra, ra, ra!

Un renegado ¡México, México, ra, ra, ra!

Cada año, peso sobre peso, juntaba para viajar a alguna de mis tres pasiones: la música, los Yankees de NY y las ferias taurinas de Sevilla y Madrid. En esta ocasión me referiré a un hecho sucedido en la plaza más importante del mundo: LAS VENTAS de Madrid en la Feria de San Isidro. No recuerdo el año, pero creo que sería en los ochentas. Aquí en México se encontraba en la cúspide de los toreros un nuevo triunfador, se trataba de Mariano Ramos, que en lo personal nunca fue de mi completo agrado. Pues bien, debido a sus triunfos, aquí en México fue contratado para torear aquel año en Madrid durante San Isidro. Era el único mexicano que torearía en la catedral. Acudí a la hermosísima plaza situada a una cuadra de la Puerta de Alcalá. Poco a poco la plaza se fue llenando. De pronto, con la seriedad con que toman los madrileños las corridas de toros, se escuchó una carnavalesca algarabía. Penetraba a la plaza un grupo de mexicanos pegando de gritos. Eran bastantes, con banderas, enarbolando la enseña patria con pancartas patrioteras, y tomaron asiento. Partes y clarines anunciaron el inicio del festejo. Yo, por su puesto, ya había visto torear a Mariano, que utilizaba una gigantesca muleta. Nada más al aparecer en la puerta de cuadrillas nuestro paisano, cuando aquel numeroso grupo de huaches, en gritos de emoción, gritando el antitaurino y conocido ‘siquitibún’, ¡México, México, ra, ra, ra!, el resto de aficionados los miraba con sorpresa y asombro. Los matadores hacen el paseillo ante la ovación de la porra de mexicanos.

Sale el primer toro que correspondía a Mariano Ramos. Éste, acostumbrado al Popocatépetl, se encuentra de pronto frente al Himalaya: un precioso ejemplar de la ganadería de Pablo Romero, largo como un ferrocarril. La faz de Mariano quedó del color de una hoja de papel, el que era más bien bastante huaye. Le dio algunos trapazos con el capote con gran movimiento de pies. Hizo que los picadores le dieran durisimo al toro. Toma la muleta y confirma su alternativa. Se acerca al enorme ejemplar y ¡Dios mío! ¡un miedo! No cesó de moverse, más bien, bailó alrededor, le dio tres trabajos y se tiró a matar descaradamente al bajonazo. Una sonora rechifla rubricó su primera actuación. En su segundo toro, la cosa fue peor, ¡qué miedo! Le invadió un terror indescriptible. Dejando un lado el pudor se dedicó a correr y matar a la media vuelta, tomando descuidado al toro; aquí, la bronca si ya fue acompañada con una lluvia de cojines.

Un español ya mayor había expresado ante las muestras de la porra mexicana, con su madrileño acento: “estos tíos vienen a la plaza como si fueran al fútbol” y después de la desastrosa actuación de Mariano, me preguntó: “oye, mexicano ¿Ese muchacho tiene mucho dinero?” Porque para torear en Madrid y en San Isidro hay que ser un gran torero o pagar una millonada. Yo, avergonzado, fingiendo demencia, simplemente respondí que no era mexicano, sino venezolano, apenado por la porra y la pésima actuación, más bien una sinvergüenzada, que fue lo menos que le gritaba la gente al que aquí en México a los toros les hacia las grandes faenas.

P.D. Los más máximos promotores del odio, el rencor y la división, como López Dóriga, José Cárdenas (el más perverso), estos del club de las narices rojas. El chetumaleño Héctor «Ciclón Janet», que odia a los yucatecos; Leo Zuckerman, par de cancalases, y Lily Téllez y Kenia Lopez, que viven con una eterna menarca.

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