Cultura

En un puente en Los Ángeles

En un puente en Los Ángeles

Jorge llegó a Los Ángeles, California, sin ningún contratiempo. Había emigrado a aquella ciudad al no encontrar en su Izamal nativo ni en la capital, Mérida, opción alguna para ejercer su profesión, es más, el trabajo era tan escaso que no encontró ningún lugar para trabajar en lo que fuere.

En EE.UU. lo esperaba su cuñado en el aeropuerto, quien llevaba ya más de treinta años viviendo en la urbe californiana. Le dio un cariñoso abrazo y se dirigieron a la casa del mismo, en la cual Jorge se hospedaría. El cuñado trabajaba en una fábrica de bujías con más de trecientos empleados, casi todos ellos sin papeles, más el cuñado había ido ascendiendo hasta llegar a ser y formar un sindicato del que era secretario general. De tal manera que tenía influencias, por lo que Jorge rápidamente fue instalado en dicha fábrica, en donde el resto de los empleados lo trataban con gran preferencia por el poder que ejercía su cuñado, mismo que era una buena persona, la mayoría del tiempo, pero cuando era su enemigo, era un rival temible.

Jorge estuvo feliz, con un social security, obviamente falso gracias a las influencias de su cuñado, mas no VISA de trabajo. Este último era temido por el resto de los “mojados” y hasta por los pocos gringos que laboraban en dicha fabrica.

Adoptó a su joven cuñado de 18 años como si fuera su propio hijo. Lo llevaba a los juegos de los Dodgers, ya que el béisbol era la pasión de ambos. En cierta ocasión acudieron ambos a un bar de gringos y, aunque ellos no tenían la piel muy morena, era imposible de ocultar su ascendencia latina. Con el resto de la clientela y ellos ya bastante ebrios, un grupo de anglos comenzó a faltarles al respeto con bromas respecto a su raza. “Greace, greace”, esto basto para que el cuñado se convirtiera en un huracán, volcán en erupción, tirando golpes y patadas. Haciendo huir al grupito de “cheles” agresores. En la fábrica colocó al muchacho en un buen puesto, en el que ganaba sus buenos dólares, los cuales mandaba a su familia (dentro del pueblo). La vida era buena y esta felicidad se la debía al esposo de su hermana, quien ejercía, como antes dijimos, tanto el poder como el dinero del sindicato. Y era tan buena gente con él, que no buscaba como agradecerle. Se convirtió en su protector.

En otra ocasión salieron de un bar, ya borrachos, y se dirigieron caminando a su casa. Cruzando un puente peatonal se sentaron en el mismo a admirar la belleza, grandiosa belleza de Los Ángeles de noche y desde las alturas. Platicaban de cosas simples, cuando de pronto, el cuñado le estampa un beso en la boca al jovenzuelo. Este lo rechazó furioso, dirigiéndole palabras ofensivas. Al día siguiente, en la fábrica, Jorge se encontraba trabajando como siempre, cuando de pronto un grupo de oficiales de migración penetró a la misma. Todos corrieron, tratando de escapar. Pensaron que se trataba de una redada, pero no, fueron directamente sobre Jorge. Al que de inmediato expulsaron del país. Lo que sucedió fue que el cuñado dio aviso a las autoridades sobre su estado migratorio.

Aquella perversa acción fue del conocimiento de todos los mexicanos. Aquellos que siempre lo habían tratado con mucho respeto, le ejercieron la ley del hielo. Una maldad de ese tamaño era imperdonable, lo que le amargó el resto de su vida. Ya que, además de haber señalado a su propio cuñado, todos supieron que era gay de closet.

Deja un comentario

Botón volver arriba
error: Este contenido está protegido. Gracias.