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Tragedia en una hacienda

Tragedia en una hacienda

Cuando joven, impartí clases en algunas escuelas de secundaria de los pueblos. Estos lugares significaban muchos conocimientos extraños para los investigadores, en este caso, los maestros.

Cuando llegué a San Luis, hacienda de regular tamaño, algunos hijos de ejidatarios acudían a una pequeña escuela de la que yo daba las clases en compañía de unos dos o tres profesores más. Por aquellos días se hablaba de Pablito Ek, de apenas 9 o 10 años de edad, al parecer, se había escapado de su choza y nadie lo había visto en los tres últimos días.

Los maestros nos mostramos interesados en el caso y tuvimos entrevistas con los padres del pequeño para saber más sobre el asunto. Al principio se mostraban un tanto reacios a dejarse entrevistar, pero pasados dos días más se abrieron de capa ante nuestros cuestionamientos.

– ¿Y Ud., le preguntábamos a doña Panchita, mujer campesina vestida de huipil o hipil, como se prefiere decir por aquí, dice que apenas hace unos días estuvo Pablito con sus compañeros jugando al binca-burro en la esquina de su casa?

– Sí -respondió-, como todas las tardes- pero no vino a cenar, y tampoco apareció al día siguiente por lo que sospechamos que había algo raro en su desaparición pues él no acostumbraba alejarse de la casa grande de la hacienda.

Buscamos todos por cielo, mar y tierra, sin toparnos con alguna huella del chiquillo y así, durante dos semanas, pero insistimos en saber algo de su paradero. Mientras la pobre madre se la pasaba llorando al mediano de sus hijos y fue cuando surgió la hipótesis de que se lo había llevado la Xtabay, atrayéndolo con algunos juguetes. Una mañana, un leñador acudió a nuestra escuela y llevaba en las manos unos huesitos, seguramente los del chico extraviado: -Tengan -nos dijo- dénselos a su madre. Creo que la Xtabay lo llevó con engaños a su ceiba y ahí lo degolló. Y seguramente le sirvió de alimento.

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