Cultura

La era del hielo

La era del hielo

Conocimos jovencísimos el licor. Éramos un pequeño, pero compacto, grupo de amigos que aún no salíamos de la secundaria, pero que todos los fines de semana nos juntábamos para beber hasta embrutecernos, éramos chamacos demasiados precoces. Por aquellos años, el hecho de tomar los tragos no era una cuestión tan accesible como en la actualidad. Era un ritual que exigía toda una parafernalia para llevarse a cabo, ya que, por aquellas fechas, en Mérida solo existían uno o dos bares nocturnos a los cuales no nos permitían entrar por nuestra edad.

Para tomar los tragos se necesitaban varios elementos, por ejemplo: en el automóvil de algún compañero nos dirigíamos a la brecha de alguna carretera durante la noche, pero antes de esto había que comprar varios objetos hoy a la mano, pero que entonces eran ciencia ficción. En la cajuela del carro había que llevar vasos de cristal tomados de nuestras casas, ya que los vasos desechables no existían. Tampoco se podía adquirir el hielo con la facilidad y velocidad de hoy en día. Se tenía que comprar una marqueta en la “Fábrica de hielo Heredia” situada en la callecita que va de las rieles del Paseo Montejo a la sesenta, por aquel entonces un camino de tierra, comprar agua y cocas, un punzón o pica hielo. Este acto era todo un arte, ya que se corría el riesgo de atravesar el hielo con todo y manos. El hielo en cubitos no se había inventado. Evidentemente este era un acto entre puros varones, ya que las mujeres eran consideradas lo más extraño y misterioso del mundo, incluso el hecho de que ellas fumaran era muy mal visto.

Ya una vez instalados en ese largo y sinuoso camino, se abría la cajuela y cada quien se servía sus respectivas cubas. Por su puesto no podía faltar el portadiscos portátil para escuchar las canciones de rock and roll. Mérida, a las nueve de la noche era ya un pueblo fantasma. Todos sus habitantes enclaustrados en sus hogares. Los varones escuchando el beisbol por radio (la televisión era un sueño de un apache mariguano), esto, los hombres, las mujeres, a chismear en el interior de las casas.

Volviendo al punto de reunión, ya con varios tragos encima y agotada la primera botella del Bacardí se descorchaba otra. Pero el tiempo avanzaba inexorable y el hielo, entre agotado y derretido se convertía en un problema. Se mandaba a alguien rápidamente a comprar otra marqueta, pero al poco rato regresaba diciendo que la fábrica ya había cerrado, y tomarlo al tiempo no era opción.

Un espontáneo del grupo dijo que él sabía dónde conseguir el preciado hielo. Subiéndose a un vehículo, desapareció durante el lapso de media hora, dejando triste, ojeroso y casi llorando al resto de los jovencitos de entre catorce y quince años. Las luces de un vehículo se acercaban hacia ellos. Pensaron que era la policía, pero era su compañero, aquel que había prometido encontrar el anhelado líquido sólido. Y sí, traía una cubeta llena de trozos de hielo. Irrumpieron en una ovación y continuaron la pachanga hasta quedar completamente embrutecidos. Chistes, canciones, chismes, conatos de pleito, en fin, la buena vida, poseían el máximo don de la vida: eran guapos, felices… eran jóvenes.

En un momento dado, alguien le preguntó al que fue a comprar el hielo que cómo lo hizo, él le respondió que con Poveda (la única funeraria que había en Mérida), y es que por esos años aún no se introducían los frigoríficos para la conservación de los cadáveres. Entonces los conservaban con hielo y el hielo de los muertos se lo habían vendido al muchacho. En lugar de ponerse a temblar o a vomitar, alabaron al tipo por su gran idea. En resumidas cuentas, se mamaron con hielo de muerto… y nadie se enfermó de nada.

Deja un comentario

Botón volver arriba
error: Este contenido está protegido. Gracias.