Cultura

Impresiones de una corrida en la Mérida hace más de 50 años (Parte I)

Impresiones de una corrida en la Mérida hace más de 50 años (I)

Asistí a mi primera corrida de toros a los diez años de la mano de mi padre. A partir de ese luminoso y bendito momento surgió en mí una gran pasión por la fiesta. Al principio tenía gran desconocimiento. Obviamente comencé a informarme por todos los medios posibles para aumentar mis conocimientos taurinos, iniciándome en ellos por el consejo, casi orden de papá leyendo el Cossío, la biblia de la tauromaquia. Narraré lo que era una corrida en Mérida a partir de mediados de los años 60’s, ya en mi juventud, cuando uno tiene el máximo potencial de pasión.

Un día, en el patio de cuadrillas se respiraba un ambiente taurino. Personajes muy conocidos se daban cita desde la mañana. Olor a cigarro puro y a toro. Todos charlando de la fiesta. Estaba de cronista Raúl Gutiérrez Muñoz “K-potazo”, quien vivió y murió por su afición; Eottffred, juez de plaza de muchos años; Pepe Merino, el “Zurdo Cámara”, los hermanos Méndez Centeno, de la COMISIÓN TAURINA; doña Lía Venancia Palomeque, propietaria de la plaza, siempre activa, arreglando y poniendo a tono la capilla. Don Ricardo Ortiz Mundi, el doctor Cáceres, Paulino Alcántara, mi padre, Pancho Molas y su hijo Emilio Loret, y muchos más. Toda una pléyade de aficionados que la chanelan. Ahí, pisando el césped, el patio de cuadrillas mezclado entre la gente, los picadores probaban a sus caballos dándoles vueltas, lo mismo que sus varas, golpeándolas en el durísimo concreto que daba a la puerta de cuadrillas.

Hay que decir que por entonces no se establecía aún el uso de la cruceta para las puyas. Esquivando el estiércol, que aunque parezca un contrasentido, aumentaba aún más la emoción de estos momentos previos a la corrida. Los aficionados mirábamos a los toros aliviarse por la tarde desde las troneras situadas a nivel del suelo, o lo que era más fácil, distinguir muy de cerca la estampa de los animales el animal más bello de la creación: el toro de lidia (hoy se les mira en una rampa en las alturas, a muchos metros del piso), cerrando la puerta que daba a los corrales.

Venía después el ritual del sorteo de los animales. En un sombrero se colocaban unos papelitos con los números de los toros y alguien metía la mano. Muchas veces acudían a la plaza los mismísimos diestros actuantes, quienes eran los que metían la mano en los sombreros, o sus apoderados. Para entonces ya habían subido el tono de la charla, de respirar la espera del inicio del festejo. Posteriormente venía el enchiqueramiento de los animales, con público en la terracita observando. El viento hacía que las faldas de las mujeres se les pegaran al cuerpo, haciendo las delicias de los caballeros. Quien manejaba la puerta de chiqueros, vara y cuerda en mano, era el señor Palomeque. “¡Ay! dios mío, la gloria”.

Hoy día, desgraciadamente, a partir de que ciertos mercaderes se apoderaron del templo, nada de lo anterior ya existe, no le es permitido al público conservar nada de lo anterior que relato, ya que nos echan o nos sacan muchas horas antes del festejo.

En mi próxima colaboración hablaré extensamente de lo que sucedía en el tendido y en el ruedo, antes, durante y después de la Lidia. Afortunadamente me tocó la llamada época de plata del toreo, y tuvimos la suerte de observar a gran número de matadores, que ya quisiéramos hoy día. Les espero.

Deja un comentario

Botón volver arriba
error: Este contenido está protegido. Gracias.