Cultura

Eduardo Luján Urzaiz, a 30 años

Eduardo Luján Urzaiz, a 30 años

           En algún evento a principios de 1990, al escuchar por casualidad que Eduardo Luján Urzaiz había llegado, pedí el favor de que me lo presentaran. Ya ante él le comenté que poseía yo muchos libros de literatura universal que tenían su firma autógrafa en la primera página y por ello había pensado que se trataba de alguna persona ya fallecida o venida a menos económicamente. Sobre ello sólo me dijo: “Me da gusto que esos libros hayan caído en buenas manos”.

           De ahí empezó una amistad basada en largas conversaciones llenas de sapiencia acerca de las cosas de Yucatán y sobre la vida cultural mexicana. Hablaba de submundos y entretelas de la vida en curso y así como vertía elogios que se escuchaban sinceros soltaba punzantes referencias negativas hacia personajes de toda laya. Tuvimos un intento de taller literario con Manuel Calero, con la presencia un par de veces de Carolina Luna y Mario Sosa, quienes no llegaron a coincidir. En otras reuniones con más gente demostraba sus dotes de cocinero como agregado de su condición de gran charlista.

           Nos hablaba mucho de su experiencia en el cine de la década de 1970 como guionista o coguionista de varias películas, entre ellas “Coronación”, “El mar”, “La Casta Divina”, “Los cachorros” y “Muñeca reina”. En mis tiempos en que laboré en el área cultural del ISSSTE impartió una conferencia sobre Yucatán en el cine mexicano y participó en una mesa panel sobre la literatura y los medios de comunicación.

           Luján había empezado a escribir una novela acerca de Eduardo Urzaiz Rodríguez y su esposa, sus abuelos maternos. Llegó a concluir y a publicar el primer capítulo, toda una recreación de época, y lo demás quedó como borradores y apuntes. También escribió el texto del libro Mérida, el despertar de un siglo, integrado por imágenes de la Fototeca “Pedro Guerra”. Sabíamos que había sido autor de centenares de historias de fotonovelas y de comics mexicanos al estilo del Libro Vaquero, aunque siempre bajo seudónimo. Comentaba que eso le había generado una disciplina de escritura que pensaba aprovechar en proyectos para él más serios.

           Sabíamos a través de otras voces que años atrás había pasado por una crisis existencial que lo llevó a un intento de suicidio en el mar y un posterior ingreso como novicio en la orden franciscana, que le insufló nuevos ánimos.

           Fue una sorpresa encontrar su nombre como trabajador periodístico y con su rápido aprendizaje del uso de la computadora, durante varios meses de 1991 y 1992 era posible leer todos los días crónicas, entrevistas, reseñas y artículos de opinión, centrados en ambientes y semblanzas de la boyante vida cultural del momento. Con estos escritos contribuyó a impulsar las artes en momentos que parecían ser fundacionales, momentos llenos de proyectos, sueños, discusiones y desmadres. Había fiestas y bebederas por todos lados, llenas de pasión artística o literaria. Todos decían carecer de dinero, pero el alcohol y lo fumable nunca faltaban luego de tanta actividad que se efectuaba.

           La aportación mayor de Luján Urzaiz fue desinhibir el lenguaje en cuanto a menciones, hechos, palabras. Integrar un lenguaje pulcro con coloquialismos, yucatequismos e insultos. Pasar espontáneamente de la seriedad al sarcasmo, el chiste, el chisme, la ironía y la parodia. Hablaba de la vida real e inmediata. Describía entornos con alegría o con nostalgia y con total desenfado hacía críticas con diferentes grados de penetración en las entrañas de la sociedad yucateca.

           El trabajo periodístico lo apasionó. En una ocasión leí su firma en una nota informativa sobre un terrible accidente de tránsito en Umán y, asustado, lo llamé por teléfono: “¿Ahora hasta en la sección policiaca vas a participar?”. Luego de una carcajada me explicó que en la redacción habían recibido el reporte del accidente pero que como todos los reporteros estaban ocupados, él se ofreció sin problemas a cubrirlo.

           Se divertía tanto escribiendo que los lectores pensaban que se trataba de un joven y se volvió tan admirado que muchos se iban directo a la sección cultural, algo escasamente visto en la memorable historia periodística de Yucatán.  Qué cara de sorpresa puso tanta gente al enterarse de que contaba con 59 años de edad, pues había nacido en 1932. A su edad escribía con un ímpetu juvenil que constituía una verdadera guía y que muy pocos entendieron y siguieron.

           Fue un revulsivo de nuestra literatura, una irrupción que sacudió a velocidad el modo y la intencionalidad al escribir, pero que como suele suceder en Yucatán, pasó al olvido con la misma rapidez. Cuando quise efectuar un homenaje póstumo, quienes habían sido sus amigos declinaron la invitación, manifestando desconocer qué había hecho, y sólo una persona accedió amablemente a participar. Por esas amargas negativas, el evento nunca se realizó. En nuestra entidad el mundo es de los muy vivos mientras que a los muertos y a las palabras se los traga muy hondo la tierra. 

           Su hiperactividad que lo llevaba a publicar a veces hasta cuatro escritos en un día y asistir a numerosos eventos y reuniones, manteniendo el alto ritmo en comida y tabaco, terminó por pasarle factura. Luego de estar encamado durante varias semanas falleció en noviembre de 1992. La deuda cultural que tenemos con Eduardo Luján Urzaiz es enorme y hemos sido muy ingratos en no retribuirlo, cuando menos en la memoria.   

Jorge Cortés Ancona

Licenciado en Derecho, con Maestría en Cultura y Literatura Contemporáneas de Hispanoamérica. Es egresado del Doctorado en Literatura de la Universidad de Sevilla con una tesis sobre teatro y boxeo, y cuenta con un DEA (equivalente de maestría) de la misma institución. Ha impartido clases y cursos en diversas instituciones educativas y culturales sobre literatura e historia de las artes visuales. Ha escrito numerosos artículos y entrevistas sobre temas culturales y figura en varias antologías de poesía.

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