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Pablo Milanés murió sin la revolución a la que perteneció

Pablo Milanés murió sin la revolución a la que perteneció

Aguantó lo más, y no tuvo fuerzas para hacerlo con lo menos, dentro de la revolución cubana, en la cual se gestó, creció y a partir de ella se hizo de fama mundial.

Pablo Milanés murió en España, alejado de todo lo que había sido su intensa historia artística y revolucionaria; distante del amor de su pueblo y del fervor de la revolución cubana que había comandado Fidel Castro, quien tenía especiales deferencias con el fundador de la Nueva Trova Cubana.

De haber muerto en su país, la repercusión de tal acontecimiento hubiera sido totalmente distinta a la que tuvo, al sucederle en España, donde se congregó, en Casa América, un grupo de cubanos exiliados en ese país, quienes cantaron algunas canciones del viejo cantautor y aplaudieron al pasar el féretro cerca de ellos. La emoción no era intensa. De haberse muerto en su país y al interior de la revolución, le hubiera significado acercarse a los símbolos nacionales de ese país.

Sucede a veces, que la presión familiar se impone y provoca un cambio en la historia de algún gigante, por el confort en la vida cotidiana. Eso mismo le pasó a Alberto Alonso, quien dejó Cuba, por sugerencias de su mujer, Sonia Calero, quien quería ir al encuentro de un hijo suyo que vivía en Estados Unidos. Alberto murió en ese país, con el ceremonial que se le otorga a cualquier hijo de vecino. De haber muerto en Cuba, ese hecho hubiera tomado otra dimensión. Con seguridad, su hermano Fernando consideró ese aspecto y regresó a su país natal, para que, al morir, pasara a formar parte del panteón de los hombres ilustres. Así ha sido. Nada que decir de la gran diva de la danza, Alicia Alonso, quien, por su inclaudicable postura revolucionaria, se ha erigido en verdadero monumento al recuerdo en la cultura cubana.

Conocí a Pablo Milanés cuando él era muy joven. Mi maestro, Rodolfo Reyes, gran camarada de éste y Silvio Rodríguez, me lo presentó en casa del artista mexicano del canto nuevo o canción de protesta, Jesús Solórzano. Pablo cantaba cuanto era posible, riéndose todo el tiempo. Todos hablábamos a voces altas, porque todos éramos antiimperialistas. La jornada etílica fue de más de ocho horas. Todos atiborrados, paramos en el super bee, carro del maestro Rodolfo, que Silvio quería conducir “para sentir qué se siente manejar un aparato de tal naturaleza”. En esa misma ocasión conocí a Sara González.

No es fácil, ni desde dentro ni desde fuera, ver y sentir los efectos de la revolución cubana. Nada más natural que querer abandonar la patria revolucionaria después de tantas limitaciones y tan poca voluntad política para gestionar formas de ver la adversidad con otros espejuelos. Los políticos, nunca padecerán lo mismo que el pueblo, aunque digan que se inmolan por él. Desde esa perspectiva, se entiende y acepta la brusquedad de un cambio como el Pablo Milanés. Sin embargo, él era un símbolo nacional, y desde esa perspectiva su compromiso era seguir la ruta iniciada en los años sesenta. Además, era ya muy mayor. Se sabía que tenía cáncer. O sea, su destino era bola cantada. ¿Por qué dejar Cuba, entonces? ¿Si aguanto lo más, por qué no aguanto lo menos?

Pablo Milanés es un personaje más de una época muy efervescente, en la cual me crie y formé, que ha dejado nuestro mundo. Me hubiera gustado escuchar los clarines y las fanfarrias del amor del pueblo cubano en las calles habaneras al paso de sus restos mortales.

¿Lo agobiaron las limitaciones? Cómo, si él nunca tuvo necesidades materiales o alimentarias en su país, y así lo declaró cuando fue entrevistado aquí en Mérida, antes de una presentación. “Chico, en Cuba hay agros, lugares donde puedes comprar libremente lo que necesites para comer. Mírame, estoy gordo, seguramente, no por falta de alimentos”.

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