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Dos yucas que pasaban por gringos en Los Ángeles

Esto fue en los años 50, 60, y creo que unos años más. Hablo de Willy Peniche Rosas y de Ramón Cardín Ancona, ambos de mediana edad entonces, altos, rubios y de ojos azules.

A Willy lo conocíamos desde los años 40 en Mérida, pues fue vecino nuestro en la calle 53 (x 66) donde vivíamos. Era más que rubio, pelirrojo, y trabajaba en una tienda de ropa cuando era muchacho. A Cardín lo conocimos en Los Ángeles por los sesenta. Y si he dicho que pasaban por gringos en Los Ángeles, no es que ellos mismos lo presumieran, sino que su sólo físico impulsaba a los demás a considerarlos como tales.

En la urbe californiana, Willy Peniche trabajó mayormente en el negocio de las gasolineras. Primero estuvo en la Schell, y más tarde, con gran esfuerzo y ganas de enriquecerse, adquirió su propia gasolinera, en la que, generoso con la paisanada, le dio chamba en su gasolinera a muchos de ellos. Willy gustaba de darse buena vida, y casado y con un hijo, se dedicaba como hobby al juego de casinos y era raro no verlo en sus momentos desocupados en alguno en Los Ángeles.

Vivía en Hollywood, viajaba y conoció muchos lugares, además de vestir con elegancia y «disparar» el almuerzo y las copas a quienquiera que se acercara a su mesa en uno de los restaurantes de Beverly Hills. Vivió por allá unos 40 años y cuando enviudó, decidió vender su gasolinera y regresar a Mérida, donde vivió los últimos años de su vida en una casa de la colonia México y éramos invitados suyos con frecuencia.

Por lo que toca a Ramón Cardín, tenía cierto parecido con el entonces presidente yanqui Ike Eisenhower, y los mismos gringos lo pensaban paisano suyo, como el manager de Jimmy (de la casa donde vivimos en Los Ángeles) lo llamaba con una sonrisa «mexican-irish» (Mexicano irlandés).

«¿No están de acuerdo conmigo?» cuestionaba a los yucatecos amigos de la casa. Con el tiempo no lo vi más hasta que, ya de regreso en Mérida, lo observé una mañana tomando un café en El Louvre, pero no nos reconoció.

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