Bienestar Espiritual

Homilía Domingo Último del Tiempo Ordinario

Ciclo C

2 Sam 5, 1-3; Col 1, 12-20; Lc 23, 35-43.

“Señor, cuando llegues a tu Reino,

acuérdate de mí” (Lc 23, 42).

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maya kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Bejla’e’ u ts’o’ok domingo u ja’abil litúrgico yéetele’ k’iinbejsik yéetel tu láakal u najil Yuumtsile’ u Kiili’ich Jesucristo u Ajaw yóok’ol kab. Yéetel tu láakal u najilo’ob Yuumtsil tu lu’umil México u k’iinil Laico. Le Laico u laakal oja’anajo’obo’ ma’ t’aanako’ob u ti’al u beeto’ob Sacerdotes, mix u ti’al le Vida Consagrada. U Patrono le laico tu lu’umil México u k’a’aba’a beato Anacleto González Flores, leti’e abogado.

         Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este último domingo del Año Litúrgico, en el que la Iglesia entera celebra la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo. Durante el Año Litúrgico celebramos el nacimiento de Jesús, su pasión y muerte, su resurrección de entre los muertos, su ascensión gloriosa a los cielos y, por fin, la gran conclusión hoy con esta fiesta en la que lo contemplamos y adoramos como Rey del universo. Luego vendrá, a partir del próximo domingo, la preparación para la fiesta de la Navidad.

         Hoy también la Iglesia en México celebra el “Día del Laico”. Les recuerdo que los laicos en la Iglesia son todos los bautizados que no han sido llamados por el Señor al Ministerio Sacerdotal o a la Vida Consagrada. Sin embargo, los laicos son siempre llamados por Dios a la santidad de vida, en medio de sus actividades, en su familia y en la sociedad. A ustedes, queridos hermanos laicos, los obispos de México les hemos dado un patrono en la persona del beato mártir Anacleto González Flores, quien murió en la persecución religiosa de los años 1926 al 1929, el siglo pasado.

El beato Anacleto González Flores fue un laico, abogado y dirigente moral de la rebelión cristera en el occidente mexicano, reconocido por su resistencia pacífica en contra del gobierno del entonces presidente Plutarco Elías Calles y en pro de la Iglesia católica. Hay que subrayar que Anacleto no animó la rebelión violenta, sino las manifestaciones pacíficas con sus escritos en los periódicos y sus discursos que animaban a los católicos a estar dispuestos a dar todo por la fe.

Murió torturado y fusilado el 1° de abril de 1927. Al militar que dirigía su tortura y su fusilamiento le dedicó sus últimas palabras diciendo: “Perdono a usted de corazón, muy pronto nos veremos ante el tribunal divino, el mismo Juez que me va a juzgar, será su juez, entonces tendrá usted, en mí, un intercesor con Dios”.

Anacleto ha llegado a los altares siendo abogado, y así pueden llegar al cielo los abogados, médicos, maestros, ingenieros, arquitectos, militares, junto con todos los hombres y mujeres de cualquier profesión u oficio honesto que sigan el mismo camino que Anacleto eligió, camino de “lucha” pacífica para defender la libertad religiosa, en defensa de sus convicciones, camino de servicio a Dios y a sus hermanos.

Independientemente de la postura política de cada uno de nosotros, hay que exaltar la manifestación cívica que hubo el pasado domingo 13 de noviembre, pues fueron cientos de miles a lo largo y ancho del territorio nacional que marcharon en forma pacífica y respetuosa, sin ofender a nadie, ni hacer ningún daño al patrimonio público. No sé cuántos de los que marcharon eran católicos, pero todos los católicos hemos de ser conscientes de nuestro compromiso ciudadano y de que nuestra fe tiene también una dimensión política.

Pasando a la Palabra de Dios en este domingo, ésta nos presenta en el santo evangelio a uno de los ladrones que, estando crucificado junto a Jesús en el Calvario, supo reconocer en ese hombre que parecía ser derrotado por sus enemigos, la grandeza del Rey misericordioso que moría condenado en el juicio más injusto de la historia. Ante el Mesías redentor que estaba a punto de ingresar a su Reino, el ladrón, arrepentido de todos sus pecados, le suplica: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí” (Lc 23, 42).

Que no nos deslumbren las grandezas de este mundo. Aprendamos de ese ladrón anónimo, quien supo reconocer en aquella horrible cruz, el trono de amor más grandioso de todos los tiempos, y reconocer en aquella terrible corona de espinas, la corona más valiosa de toda la historia, la corona del Rey y Señor del universo, la corona del Rey del amor. El sufrimiento le sirvió a aquel ladrón para arrepentirse y convertirse a Cristo, lo cual prueba que mientras haya vida, hay esperanza de conversión, aunque algunos ni con el sufrimiento se arrepienten, como el otro ladrón crucificado.

En la primera lectura, tomada del Segundo Libro de Samuel, se nos narra cómo David fue ungido rey de todas las tribus de Israel. Los que le coronan tienen presentes las palabras proféticas que le fueron anunciadas a David cuando era joven: “Tú serás el pastor de Israel, mi pueblo; tú serás su guía” (2 Sam 5, 2). Los adjetivos de ‘pastor’ y ‘guía’ le señalaban una misión y carácter muy distinto al de todos los reyes de la tierra, pues él debe gobernar para servir, no para ser servido. En David tenemos el modelo y vocación de lo que deben ser todos los gobernantes. Al mismo tiempo, David era figura profética del Mesías Rey y Pastor que el pueblo debía aún esperar.

Nadie es dueño de ningún pueblo, ni por su riqueza, ni por su cargo público, pues todos los poderosos de este mundo son llamados por Dios a servir a sus pueblos, ya que sólo Él es dueño de la vida de todos y cada uno de nosotros. Ninguna nación tiene derecho de adueñarse de otra, como ahora lo hace Rusia con Ucrania. Dentro de cada nación la Iglesia señala en su Doctrina Social a la democracia como el estilo de gobierno que se acerca más al plan del Señor. No existe ninguna democracia perfecta en el mundo, pues todas son perfectibles; sin embargo, la democracia es tarea de todos y cada uno de los ciudadanos, no tan sólo de unos cuantos.

Ahora que hay miles de hombres, mujeres y niños migrando de una nación a otra afrontando innumerables peligros, tengamos presente el derecho humano de emigrar, lo mismo que el de no emigrar, pues la tragedia es que hay muchos seres humanos expulsados de su patria por la miseria, por la violencia o por motivos políticos. Como cristianos hemos de sentirnos como migrantes en cualquier lugar, y como ciudadanos dondequiera que vayamos, puesto que, por Cristo, hemos sido trasladados a su Reino, esto lo podemos entender mejor releyendo el pasaje de la segunda lectura de hoy, tomado de la Carta de san Pablo a los Colosenses. El Reino al que aspiramos llegar ya está entre nosotros, y ya pertenecemos a él gracias a Jesucristo, nuestro Rey y Señor.

En esta temporada navideña que se acerca, sintámonos en libertad de expresar nuestra fe en la confección de nuestros nacimientos, herencia franciscana para los creyentes sencillos. Defendamos pacíficamente nuestro derecho a manifestar la fe de manera privada y de manera pública.

Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo! 

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán

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