Cultura

El arte límbico de Raúl Gasque Sansores

Seamos honestos,
los fantasmas no existen.
Existen sólo mis fantasmas.

Jaime Augusto Shelley
El arte límbico de Raúl Gasque Sansores

Suena una notificación ya entrada la noche. A media madrugada, entre los insomnios del confinamiento, reproduzco el mensaje de voz conectando los auriculares para no despertar a nadie. Al tacto con la pantalla, a lo lejos se escucha la resonancia de un arroyo o riachuelo que me proyecta una paz imperecedera, pero también, puedo escuchar entre el dulce bullicio del agua, un silencio distinto. Entonces irrumpe la voz grave del artista mexicano, Raúl Gasque Sansores, a casi 14, 000 kilómetros de aquí.

Hace poco más de un lustro que Raúl cambió su residencia a Taiwán. Ahora, instalado en una montaña en Taipéi, donde con una diferencia de 14 horas, sin duda es de día, me envía un cordial audio mensaje de amistad, siempre preocupado por lo que sucede en su ciudad natal, que este enero cumplió 480 años de ser fundada.

El honor de la amistad

Conocí a Raúl Gasque hace poco más de una década aquí en Mérida, tejimos lazos de amistad a través de nuestra participación en una agrupación cultural que tenía por intención promover el arte en esta parte del sureste mexicano. No fue difícil entablar una buena amistad con alguien tan empático como él, rasgo que sin duda influiría en la definición de su expresión artística. Coincidimos, posteriormente, en el taller sobre literatura yucateca que impartió el escritor Raúl Cáceres Carenzo en la Casa de la Cultura del Mayab.

Cáceres Carenzo vivía desde mucho tiempo atrás en Toluca, y a cada visita a la capital yucateca convocaba siempre a decenas de amistades a su mesa de café, quienes iban a celebrar su llegada, intercambiar libros, y sobre todo, saludarlo. Fue ese honor de la amistad con creadores e intelectuales de generaciones anteriores a la nuestra (como el propio Cáceres Carenzo, Roldán Peniche Barrera, Wilberth Mézquita, Carlos Peniche Ponce, Jorge Cortés Ancona o Carlos Bojórquez Urzaiz, entre otros) que fuimos aglutinándonos los que entonces éramos jóvenes, forjando, sobre todo, una amistad literaria.

Raúl Gasque, quien siempre iba a acompañado de una cámara fotográfica, consiguió tomar en aquel prodigioso tiempo, los retratos más fidedignos que conozco de Raúl Cáceres, en una café de la ciudad de México; y de Roldán Peniche, en un café de la ciudad de Mérida. Ambas fotografías recuperan la esencia de los escritores yucatecos. Será motivo para otro texto hablar de esas imágenes.

Hace un par de años, el maestro Roldán Peniche Barrera, algo extrañado, pero en son de broma, me preguntó por Raúl Gasque: “¿Sigue vivo Raúl Gasque?” Ciertamente el joven y barbado Raúl se había ausentado por un buen tiempo de nuestras reuniones o convites, hasta que nos enteramos que había cambiado su residencia al otro lado del mundo: Asia.

Combustión creativa

El arte límbico de Raúl Gasque Sansores

En algún momento Raúl Gasque dejó la cámara fotográfica y tomó, no el pincel, sino la vivacidad de los colores entre sus dedos. En la página web de la Dirección Ejecutiva de Diplomacia Cultural de la Secretaría de Relaciones de México, existe un video que ilustra los talleres que Raúl Gasque Sansores, como artista mexicano, desarrolló en Taiwán durante el verano del fatídico 2020. Él mismo los denomina Talleres de Arte Límbico.

En sus palabras, Gasque Sansores explica: “el arte límbico es una simbiosis entre expresionismo abstracto y un performance inmersivo que busca estimular el cerebro emocional”. Vemos, entonces, diversos talleres en dicho documento videográfico, algunos dirigidos a un público infantil, otros para un público adulto, ambos con la misma premisa de experimentar la expresión artística a través del color, de su textura, y por qué no decirlo, quizá también de su sonido y temperatura. Me recordó a los talleres de otra artista visual mexicana, Mariana Cabello Campuzano, aunque en el entorno de la arquitectura.

Si el sistema límbico en el cuerpo humano se encarga de las respuestas a los estímulos externos, es decir, esas partes del cerebro que se encargan de configurar nuestro instinto de reacción, el arte límbico pareciera proponer la expresión artística para encausar las distintas emociones de nuestra existencia. Y ciertamente, como el mismo artista señala, hay abstracción y performance en el proceso.

A la par de sus estudios de posgrado en la universidad de ese país asiático, de compartir los talleres arriba mencionados, en Raúl Gasque Sansores hay una dinámica de combustión creativa constante. Ciertamente no es el pintor convencional que instala el caballete frente a un paisaje, con el pincel en una mano y con la paleta de colores en la otra para disponerse a retratar lo que ve. Nada más alejado que eso.

Raúl parece mimetizarse con el entorno dando cauce a distintas emociones que se traducen en colores sobre un lienzo horizontal. Hay abstracción en el azar, y hay leyes físicas que desconocemos actuando sobre los colores líquidos, pero en algún momento, el artista pareciera llevar lo plasmado a un nivel de trascendencia sensorial creando una combustión sobre el lienzo, avivando la llama y el fuego creativo. Es sorprendente mirar los videos que el artista comparte en su página. El arte límbico se origina entre el fuego de la emoción y el silencio vital.

Arte como respuesta

Ante los aciagos momentos de nuestra existencia, derivados de un virus tan letal y diseminado por todo el mundo, que nos mantiene en confinamiento y en un estado de perpetuo desasosiego, la respuesta de Raúl Gasque Sansores es el arte. El entusiasmo y gozo es visible en los asistentes de sus talleres de arte límbico. Niños y adultos parecieran encontrar en la expresión artística un punto de fuga o, mejor dicho, de encuentro con la vida.

En el fondo, Raúl Gasque impregna su propia personalidad a la expresión artística que hoy ejecuta: en vez de garras, su sensible tacto y empatía pareciera descubrir que esta vida requiere de comunión y encuentro. Por eso a pesar de la distancia, y del arte que lo rige, Raúl tiene tiempo para preguntar por los amigos, por la ciudad que lo vio nacer. ¿Nostalgia de viajero, de inmigrante? No sé. En él hay un hálito de amistad verdadera que no conoce de distancias y sí de honestidad. Porque para nostalgia, la de uno mismo, caminando por las calles semivacías del Paseo de Montejo, mirando los espacios donde solíamos reunirnos con Raúl Cáceres, Roldán Peniche, Raúl Gasque y tantos. Todo hoy habita un sitio en la memoria y en la emoción del recuerdo que el tiempo se encarga de matizar con fuego.

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