Cultura

¿Y ustedes, qué hubieran hecho?

Y ustedes, qué hubieran hecho
Combatientes mujaidines de Afganistán.

Todos o casi todos salimos de aquella conferencia motivados, yo diría que hasta más optimistas de como habíamos entrado, luego de escuchar las mil y una peripecias y anécdotas relatadas por aquel famoso periodista que ha recorrido los lugares más disímbolos y peligrosos del planeta y ha recibido premios internacionales por su espíritu audaz.

El boleto de entrada representó una semana de sueldo, pero definitivamente valió la pena conocer a uno de los maestros de la profesión. Ahora bien. Estamos conscientes que en nuestra apacible insularidad difícilmente podremos aspirar a vivir experiencias tan singulares como las suyas, pues no contamos ni con el tiempo ni con los recursos suficientes.

–Siempre he dicho que difícilmente podemos competir contra nuestros colegas del primer mundo, quienes se dan el lujo de tomarse meses e incluso años para hacer entrevistas a profundidad o investigaciones periodísticas de impacto continental e incluso mundial, asevera Raymundo.

–Aquí te miran como bicho raro si le pides a tu jefe de información que te dé uno o dos días para hacer un reportaje medianamente aceptable, interviene Miguel Ángel.

–Además de que el pinche administrador te exige que le entregues facturas digitales de lo que gastaste en Yokdzonot Presentado, lo cual ya es el colmo, apunta Eduardo.

–¿Alguna vez les han dado suficientes viáticos como para viajar a la capital del país o al extranjero para cubrir un evento? Eso es como soñar despierto, dice Roger.

–Bueno, también hay que ser autocríticos: con trabajo hablamos español, cómo le haríamos si nos enviaran a Filipinas sin un intérprete, dice Felipe.

Todos reímos de buena gana.

–Pero, ya en serio, después de escuchar lo que contó don Jon, ¿Qué hubieran hecho ustedes en su lugar?, les pregunté.

–Yo me hubiera hecho al pato, respondió Felipe.

–Yo me hubiera retirado discretamente, obvio, después de liberarme, espetó Roger.

–De plano le hubiera hecho lo mismo, dijo Eduardo.

–¡Sí, cómo no, sobre todo tú!, le reprochó Roger.

–Nada más de pensarlo se me pone la piel de gallina; alguna vez en la primaria me hicieron lo mismo y les juro que lo mejor era mantenerse engarrotado, dijo Miguel Ángel.

Todos reímos de nuevo.

–¿Y tú, Tuuskeep, cuál hubiera sido tu reacción?

La mirada inquisitiva de mis cuates me hizo dudar varios segundos….

–Mmmmmmm…. No estoy seguro, pero creo que le hubiera dado un poco más de tiempo para saber qué más estaba dispuesto a explorar, a fin de no violentar su añeja tradición.

Más risas.

[…] Si un extranjero llegaba a un campamento mujaidín, tenían la costumbre de agarrarle los testículos. Me sucedió una sola vez, en un campo de batalla al norte de Afganistán, en las afueras de Kunduz. Un mujaidín vino a saludarme, me pidió un cigarro, y detrás de él vino un hombre, un típico guerrero, y me agarró los testículos. El resto de los mujaidines se reían. Lo perseguí y lo pateé dos veces, pero él sacó su ametralladora para amenazarme. Hubo unos segundos de tensión, en que yo lo increpé y de pronto se fue. Los mujaidines testigos excusaron su comportamiento diciendo que él había crecido en la guerra, que nada podían hacer. Me quedé furioso y lo quise denunciar con su comandante, pero él no estaba en el campamento […]  Jon Lee Anderson

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