Cultura

Algunos aspectos del rock en Yucatán (Prólogo I)

Algunos aspectos del rock en Yucatán (Prólogo I)

“Buen día” (buenos días), “buena tarde” (buenas tardes), “buena noche” (buenas noches), según sea la hora que me estés visitando, estimado lector. ¡Hello, my friend, so happy to see you again! Le comento: estoy viviendo desde hace dos meses en Progreso. Salí muy tempranito de la casa veraniega que ha pertenecido desde que nací a mi familia. Para que se ubiquen, ya que la estoy pasando bomba aquí con la brisa marina, la playa, el mar, sinónimos de libertad.

Mi casa es el edificio más hermoso, icono (sin acento) y emblema del puerto. Es una mansión pobremente y le llaman “El pastel”. Por cierto, he escuchado por ahí y en internet que era la casa de San Pedro, mas no el Pedro que fundó la iglesia católica y primer Papa de la misma, si no San Pedrito Infante, el que Yucatán es más venerado que el discípulo de Jesús.

Después de un madrugador chapuzón me encamino a la terminal única para Mérida, me despido de mi legitima amante, ya que hoy es jueves, jueves sagrado, ya que tal día tenemos un encuentro y nos reunimos en un carísimo restaurante para intercambiar ideas, más bien, ideotas, con otros que “sienten el rock como una forma de vida”. Oh my god, verdaderos conocedores de grandes posibilidades económicas que han visto en persona a los máximos grupos a nivel mundial. Léase: “Deep Purple”, “Black Sabbath”, “Led Zeppelin” (juar juar).

Ya en la muy noble y leal Ciudad, caminando a ese sacrosanto templo para reunirme con las más conotadas viejas glorias locales (más viejas que glorias), mientras llego, miro a un pobre perro callejero malix. De inmediato lo recojo y, por su puesto, voy a adoptar. Más adelante, abandonado, hambriento y triste, miro a otro animalito callejero, pero este de raza fina, es decir: castacan (perro de casta). Ah sí, este no merece mi cariño, es más, quisiera patearle, no así a otro perro malix, al que también adopto.

Finalmente llego al restaurante en donde una guapa y amable hostess nos recibe. El dueño, de apellido Campos Santos, con una camisa de marca y pantalón idem, entusiasta como él solo, amable y cortés y, sobre todo, muy esplendido. Fraterno y nada falso. Es solamente un kapeich (doble cara). Ahí estaba todo el grupo de grandes conocedores, coleccionistas que me tienen gran estima, me admiran. Entre sus pláticas hablan mal de un músico de otro nivel (no sabe tocar ni siquiera afinar su bajo).

Ya medio pedestales hablotean de las hazañas de otros miembros del club anti AMLO, perdón C.R.R., y es que en Yucatán existen tan pocos grupos o bandas estables y el rock se ha reducido a este tipo aquelarres, a comunicarse diaramente por internet, tablet, Twitter, chat, Facebook, Instagram, kotex, etc.

En Mérida existen muchísimos grupos de jazz, de pop rock (y tocan muy bien), no digamos de música medio cubana, revolucionaria andina, tropical, cumbia, que cada presentación abarrotan lugares. Pero de rock… pues solamente quedamos nosotros, los iluminados ciberneticos, todos célibes. Un panorama desolador, más ellos felices interrogando al gurú… ¡Oh maestro!

En mi próxima colaboración hablaré más extensamente acerca de algunos aspectos de la historia del rock en Yucatán. Que puede dividirse en tres partes: Primera época: los pioneros (que tocaban muy bien); Segunda época: la de la onda, ya que a los Beatles los conocieron diez años después (love me to), tambien eran buenos músicos; Tercera época: la de las bandas, es decir, con metales. Siguieron después un xek de sub divisiones, trash, la era de los tributos y homenajes, un pequeño inpasse del back in time, una fabula inventada por mí y hoy, como en el Tren Maya, a chismear por el ciberespacio. Esto último es hoy el rock en Yucatán.

Deja un comentario

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba
error: Este contenido está protegido. Gracias.