Cultura

En el Cereso

El ingeniero López pensaba en su novia de adolescencia, con la que no se había casado. Era una muchachita morena, pálida, de ojos inmensos, ancas fuertes y piernas delgadas. Cuatro años salieron juntos, sábado a sábado, cuatro años de entenderse con la mirada, porque no había ni hubo nunca necesidad de explicarse. Una pasión sutil y silenciosa como todas las grandes pasiones que se queman solas, y que ahora a distancia parecen increíbles.

El ingeniero López, encarcelado injustamente, aunque casado felizmente y con 4 chiquitos preciosos, volvía siempre a aquella niña en los momentos críticos. Con ella estaba, cuando a la altura del kilómetro 15 le reventó la llanta trasera. Él sobrevivió, más la niña se murió. ¡Dichosos y escandalosos policías uniformados de azul! aparecieron alrededor del accidente. Culpable. A 100 metros del suelo ya veía el ingeniero López a las patrullas desplegadas en abanico y esperándole tranquilamente.

Como un ritual, los sábados marcaba el ingeniero López las iniciales de su antigua novia en las paredes de su celda. Ella le acompañaba en los meses de pulmonía, de traslados a las celdas de castigo, al sanatorio con rejas de tratamiento psiquiátrico. Y él se la trajo aquí, como de vacaciones, a esta celda seca y tibia como el pedernal y cuando pensaba en ella, la verdad no estaba tan a disgusto.

El director del penal llevaba a su esposa a los bailes sabatinos del Club Campestre. Era un baile maduro, honesto y razonable, una prolongación del cuarto doméstico. El director y su señora poseían una pastelería de primer orden. No había tienda tan limpia, ordenada y apetitosa en toda la ciudad, y la señora, sentada serenamente tras la caja registradora, parecía un pastel más, un soberbio pastel blanco y redondo.

El director, cuando no estaba de servicio, supervisaba el horno y las bandejas, su mujer se encargaba de todo lo comercial. En el baile charlaban con las amistades, bebían un coñac, contaban chistes colorados. A media noche volvían a casa, y aquí ella soñaba y precisaba y tenía orgasmos con los recuerdos del ingeniero López, a quien acusó de haberla violado. Estaba así hasta el alba, con la expresa crema de su sensualidad.

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