Cultura

“Las ganas son las ganas”

A las cinco en punto de la tarde salimos de la Escuela Modelo mi amigo Carlos Rosel (Pupi) y un servidor y nos encaminamos a nuestros respectivos hogares, atravesando el Paseo Montejo hasta la acera poniente. Un cielo azul esplendoroso, pájaros volando a sus respectivas ramas para dormir; caminábamos con la alegría de la juventud. Nos cruzamos, como todos los días, con Alonsito Peón en su diaria caminata, vestido de blanco de los zapatos a la filipina. Continuamos nuestro andar sobre nuestra más hermosa avenida que aún contaba con sus palacios, mansiones y vecinos. Ningún comercio de la escuela hasta Santa Ana.

Íbamos bromeando acerca de todo y de nada. Pasamos por la casa del “Chequech” Cantillo y en la primera esquina, la del “Charro” Millet. Cruzamos frente al Deportivo Bancarios, en donde hoy día está el hotel Fiesta Americana, y en la siguiente esquina nos cruzamos con la nana del bebé del Cónsul de los Estados Unidos, que se encontraba sobre Montejo, enfrente de Bancarios. Hago referencia a esta mujer, porque tenía un cuerpo escultural que alborotaba a todo el estudiantado modelista.

Continuamos hacia el sur. Las matas y árboles de tamarindo plagados del sabroso fruto, cuadras más adelante y, por supuesto que nos comimos varios de los deliciosos y agridulces tamarindos que nuestra puntería atinaba. Con las pepitas guerreábamos correteando y escondiéndonos bajo los árboles y bancas, que para entonces existían a la orilla de la cera de nuestra principal ruta y que fueron desapareciendo misteriosamente. Hoy solo queda una que otra y del otro lado de la acera, bancas de madera como las que se colocan en los parques.

Más adelante, la casa del ‘Castillo del vinagrete’, en donde vivía otro condiscípulo: Pepe Medina. Platicamos unos minutos con él y cuadras más adelante, de pronto “Pupi” me toma del brazo, con el rostro pálido y lleno de sudor, diciéndome casi desesperadamente: “way me estoy cagando” y aunque le dije que mi casa estaba a dos cuadras, me respondió: que no se aguantaba, que se iba a “ensuciar”, como dicen nuestras gentes de pueblo. Nos encontrábamos enfrente de la casa de otro compañero modelista de nuestro salón, Tony Burwell, del que se rumoraba que su padre era agente de la CIA.

Entonces tocamos a la puerta de su casa para que Rosel hiciera su necesidad. A pesar de que casi tumbamos la puerta, nadie respondió. Lo que siguió fue que mi gran amigo, desesperado, se metió a la piscina, se bajó los pantalones y ahí soltó el esfínter. Acto seguido, de uno de sus cuadernos arrancó hojas, se limpió y emprendimos la huida rápidamente. La cara de “Pupi” parecía haber tenido un orgasmo ante tal desahogo.

Al día siguiente, en la escuela platicamos con Burwell y éste se hallaba realmente encabronado y nos comentó que había despedido al mozo de su casa, porque aquel estúpido había cagado dentro de su piscina vacía, teniendo en su cuarto un magnífico baño.

Yo por dentro casi muero de la risa y “Pupi” quedó colorado como un tomate, diciendo: ¡¡que imprudencia!!

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