Cultura

Andando fuera de los rieles

Cuando rondaba esa inquieta y trascendental edad, los treinta, le dio por escribir. Quería conocer las razones del porqué de aquella extraña e imperiosa necesidad, imposible de comprender y mucho menos de tener, de plasmar sus vivencias en un papel. ¿Why?

Tenía un amigo que, además de su profesión oficiosa, escribía excelentes cuentos y relatos. Entonces a él le confesó aquello que le estremecía y atormentaba. Y le enumeró las razones por las que éste debía darles consejos y guiarlo para penetrar en ese mundo que consideraba fantástico, (años después comprobó que era un mundo de mentiras, falacias, y plagado t-o-t-a-l-m-e-n-t-e de oportunistas).

Había disfrutado de cierto éxito entre amigos cafeteros a los que mostraba sus primeros escritos originales, pero encontró problemas para integrarse en el cenáculo del parnaso de los que ya se consideraban el oráculo literario en Yucatán.

Al publicarse su primer libro, evidentemente editado fuera de Yucatán, se jactaba de su habilidad para narrar. Le era algo que no le daba casi ningún trabajo, se le daba per se. Y además disfrutaba mientras daba forma al mismo. Escribía con una pasión lúdica y obsesiva. Creó relatos innovadores, recreando de manera formidable los vicios de la ciudad en que se movía.

Tenía la inspiración para todos aquellos que creen que las infinitas obras que el cerebro humano crea se hayan entretejidas en un todo: el contexto humano y sus circunstancias. Todo esto lleno de las maravillosas y alucinantes maneras del SER. Publicó varios libros, a pesar de la oposición de algunos que habían sido los primeros en profetizar acerca de él que: “éste sí revolucionará las letras en Yucatán”. POR SU PUESTO, los escritores oficiales y orgánicos, léase talleristas, prostitutos de la literatura, lo minimizaban, incluso lo despreciaban.

Sin embargo, los críticos fuera de Yucatán y del extranjero alababan su lenguaje directo, lo consideraban un clásico escritor caribeño en el que no cabían las medias tintas.

Hoy día, ya en la tercera edad, continúa viviendo de la pluma y todos sus libros son ediciones agotadas.

Y los pocos de aquellos gurúes que escribían cosas de autoconsumo, por su puesto habría que ser un desconocedor o un retrasado mental para comprar y disfrutar un libro de aquella ortodoxa uniformidad literaria burocrática.

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