Cultura

La Banca

Hace ya algún tiempo hice una denuncia publica a través de las páginas del periódico en el que por aquel entonces laboraba y afortunadamente se corrigió aquello que describía. La cuestión giraba en torno a las bancas de los parques públicos del Centro Histórico, siempre ocupadas por los vendedores de diversos artículos, especialmente ropa. Repletas estas bancas con la mercancía de vendedores, mayormente mujeres del Estado de Chiapas, en aquel entonces usando los trajes típicos de su región. Éstas sí que desbancaron a la tanta gente que por las mañanas iba a descansar en ellas. No vamos a meternos aquí, al motivo de los y las yucatecos ahí, así fueran unos x´maoficios o por la razón que se les pegara la gana.

Repito, esto aplicaba también a la Plaza Grande, el Parque Hidalgo, el Parque de la Madre, en ocasiones hasta Santa Lucía. Lo más terrible de esta situación, además del despojo del lugar en donde aposentábamos nuestras finas nalgas, se trataba de puros niños y niñas que deberían estar en la escuela. Si lo de las bancas causaba mucha molestia, lo de estos pequeños vendiendo chicles en las cantinas, por ejemplo, se trataba a todas luces de una gran explotación infantil y trata de personas.

Cuestión aparte merece el hecho de que en aquella denuncia periodística también me referí a esa especie de tianguis y fiesta popular de la Plaza Grande. Los venteros colocaban sus mesas y sus productos pegados a las bancas a ambos lados del parque, ocupado por sus ayudantes y saldos de mercancías en las mismas bancas. De manera que no había modo de tomar el fresco, a menos que fuese alrededor de la asta bandera en donde no había vendedores bajo los candentes rayos del sol. Pocas semanas después del escrito se comenzaron a colocar unos toldos ubicados en el Centro y a ambos lados del camellón de la Plaza Grande, teniendo entonces los comerciantes que llevar sus sillas, dejando libre el paso y las bancas para los ciudadanos.

Cierto día nos amanecemos con que hubo una razzia de chiapanecos que vivían hacinados en una sola casa y controlados por el tratante y además resultó que estaban involucrados en el negocio o en el ilícito de autos robados. Por un tiempo gozamos otra vez de las bancas de nuestros queridos parques y Plaza Grande y demás. Pasado algún tiempo, poco a poquito, los vendedores de “Mérida en Domingo” fueron arrimando sus toldos nuevamente hacia las bancas y la cosa se puso peor. Desde una noche antes, los mismos trabajadores del Ayuntamiento instalaban las carpas pegadito a las bancas, que volvían a ser ocupadas desterrando a los ciudadanos. Aquel grupo de chiapanecos que había desaparecido de la ciudad hizo su esplendorosa aparición, solo que ahora las casi niñas ya no se vestían con trajes típicos, sino con unos esplendorosos y ajustados jeans y algunas hasta con el cabello rubio. Aparentemente para despistar a la gente-cosa que, por su puesto, nadie se tragó, dada su tan especial morfología física y siempre hablando en zodzil. Cada una cargando muchísimos kilos de mercancía sobre su espalda caminando y ofreciéndola por toda la Ciudad. Entre semana, los inspectores de mercado fingen perseguirlas y solamente no dejan trabajar como ambulantes a los artesanos yucatecos, a quienes desalojaron de los parques y plaza antes mencionados. Va esta queja de un ciudadano de a pie que gozaba de las tardes en la Plaza Grande, mirando el izado de nuestra querida bandera bajo los acordes de la banda de guerra de los gallardos y bien parecidos de la SSP.

Última pregunta ¿A quién corresponde corregir estas anomalías, querido lector?

En próxima colaboración hablaré sobre otras plagas centro-históricas.

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