Cultura

La moral de no hace mucho

Por aquel entonces, en la ciudad de Mérida casi ninguno de los espacios públicos, ya sean culturales, políticos, lúdicos, gastronómicos (a excepción de la comida regional), eventos disque folclórico-culturales. Los cines eran algo cotidiano, ya que cada barrio contaba con alguna sala que proyectaba excelentes películas nacionales y extranjeras y, además, era muy barato. Hoy, concentrados en los brutales y monstruosos centros comerciales, todos al norte de la ciudad, y a precios astronómicos, cierto es que una buena parte de la población, en especial los niños y jóvenes estudiantes y mucho menos los ninis, jamás ha pisado una sala cinematográfica, teniendo en casa la televisión o las famosas ‘tablet’, y eso sí, hasta el más paupérrimo tiene la suya. El cine erótico no existía, mucho menos las películas pornográficas; para las mujeres, la cuestión era mucho más terrible además del salón de belleza, que los había en todos los rumbos, los bailecitos particulares, o en los clubes sociales, no existía absolutamente nada.

Los varones tenían al menos las cantinas, los pocos campos de béisbol, la letal explosión futbolera, que hoy es casi una religión, aún no nos llegaba. Hablar de erotismo, sensualidad o la sanitizada palabra sexo era tabú. También existían uno o dos gimnasios, los hombres muy musculosos eran muy pocos. Este tipo de personas se aficionaban tanto al musculo, que lo convertían en una religión. Evidentemente no había ninguno para mujeres, y nada mas hay que pensar en los hoy prolíficos para ellas o ambos, los famosos gym, como los llaman ahora. Entonces quedamos en que los apestosos gimnasios eran el centro de reunión de aquellos que miraban su cuero embarnecer. Para ilustrar lo anterior, la “científica” selección para los agentes judiciales consistía únicamente en su aspecto físico (unos ‘fuertotes’).

Quienes iban, por ejemplo, al gimnasio “Bosco”, que era uno de los pocos templos dedicados al narcisismo, tomaban aquello, al igual que los actuales futboleros, como una religión. Quedaban tan “bombos” que sinceramente eran un ejemplo de ‘freak’. Se ponían camiseras a la Pedro Infante, es decir, varias tallas más pequeñas para resaltar su musculatura. Todos solteros, mirándose varias horas al espejo, que no hay que ser Freud para pensar que eran homosexuales latentes.

Por aquella época, evidentemente no existían las películas pornográficas. Las pocas que se miraban en la ciudad tenía que ser con alguien que tendría un protector y se miraban teniendo como pantalla una pared, con clavo incluido; mudas en blanco y negro, por alguna extraña razón, los primeros “actores” aparecían sin ropa, pero con calcetines.

Después de trabajar o salir de la escuela, los “cuadrados” se dirigían a sus sesiones de varias horas al gimnasio, en aquella ocasión acudieron muchos más fisiculturistas que de costumbre, y no se escuchaban los ruidos metálicos de las piezas, ya que el local con los ‘fuertotes’ adentro tenía las puertas cerradas.

Al día siguiente, con grandes letras y a ocho columnas, los periódicos vociferaban lo siguiente: “fueron detenidos ocho degenerados en un gimnasio mirando películas con actos reñidos con la moral, con sus nombres publicados, recalcando la palabra degenerados”. Imagínese, un chamaco de doce años de la actualidad se moriría de la risa por aquella moral tan “bárbara”, ya que hoy, hasta en los programas y telenovelas más vistas en todos lo hogares hay escenas ‘soft porno’.

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