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Solidaridad

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En un punto de las cinco de la tarde, la campana repicó al término de las labores de aquel día en el colegio para niñas y jovencitas, ya que hay que aclarar que por aquel entonces los colegios particulares estaban marcadamente divididos por cuestión de género. Y las había así mismo que religiosas. En esta las maestras eran monjas, aunque aún persistía el rezago en la ley de culto que prohibía la enseñanza religiosa, otro eufemismo que jamás se cumplió pero que estas madrecitas aun se aterrorizaban cuando el inspector escolar las visitaba guardando imágenes y cuadros de santos.

En el tercer año de secundaria había un grupito de jovencitas que formaban un núcleo de una solidaridad y fraternidad inquebrantable. También debo decir que, por ley, en cada colegio debería de haber un número de alumnos becados, y entre este grupo se encontraba una de estas últimas, es decir, con beca. Y por cosas del destino también ahí mismo estaba Paulina, jovencita, de una belleza impresionante, cuya hermosura deslumbraba incluso a las maestras más remisas, amén de pertenecer a una de las familias más acaudaladas de la entidad, así como estudiosa. Esto no obstaba para que dentro del grupo, su mejor amiga fuese Juanita Pech, la becada del salón. Es indudable que la secundaria es la época más feliz de la vida escolar.

Se vivían los llamados “años locos de rock and roll”, y las chicas eran fanáticas de aquel nuevo y alucinante ritmo. Se intercambiaban discos y revistas del mismo. En la radio había un programado llamado “Éxitos de la pizarra verde”, en el cual, por medio de peticiones telefónicas, las melodías, todas de rock, subían y bajaban de puesto en dicha “pizarra”. Se reunieron en casa de Pau, aquel que era su programa favorito, y entre algarabía y su hermosa inocencia se turnaban al teléfono, empujando a su canción favorita a los primeros lugares. El programa transcurría y, sin embargo, no lograban desbancar al número uno: «Confidente de secundaria». Faltando unos minutos para el fin del programa se encontraban un tanto decaídas, ya que tomaban muy en serio aquella competencia musical. Cuando Juanita hizo una última llamada y escucharon que el locutor dijera: «y con un voto de última hora, el primer lugar a partir de ahora lo ocupa ‘La chica alborotada'».

Las niñas saltaron emocionadas y se abrasaron de alegría, bailando entre ellas dicha canción.

Al día siguiente, en el colegio era día de recolecta para las misiones. La madre profesora colocó un cesto en su escritorio y las alumnas iban pasando una por una, depositando su óbolo. De manera que las otras no vieran la cantidad. Paulina depositó un billete de 50 pesos, y así las demás, pero nadie con esa cantidad. Toco el turno a Juanita, que era extremadamente pobre, poniendo 3 pesos en la ofrenda. El rostro de la monja se transformó, distorsionándose hasta formar una mueca horrible y aulló: «¿Cómo es posible que solamente des 3 pesos? A ver, Paulina, diles a tus compañeras, ¿Cuánto fue tu aportación?», la adolescente respondió con firmeza, mirando fijamente el caballudo rostro de la cristiana monja y en voz alta: «3 pesos madre».

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