Cultura

El fresco del Teatro Peón Contreras

Fresco del Teatro Peón Contreras
Fresco del Teatro Peón Contreras

Por las fotos filtradas y la escasa información que se ha dado acerca del incendio sufrido por el Teatro Peón Contreras se sabe que la cúpula del edificio sufrió daños de consideración y todo parece indicar que la pintura al fresco del interior de ésta se ha perdido en gran parte o por completo.

Esa pintura decorativa y alegórica de las artes relativa a Apolo y las musas constituye un valor como producto cultural, más allá de si posee escasa o mucha belleza. Se le considera ante todo por lo primero, en la medida en la que representa ideales y modos de pensamiento y de percepción de un momento histórico determinado. Además, fue integrada como parte original del recinto y es coherente con su estilo arquitectónico.

De su autor Nicolás (¿Nicola? ¿Niccolò?) Allegretti sabemos poco. Era italiano, fue responsable junto con Alfonso Cardone de construir la mayor parte del teatro luego de que Enrico Deserti, disgustado, se llevó consigo los planos de Pio Piacentini (de quien no consta que haya estado en Yucatán) y, según testimonios de alguna familia, impartió clases particulares de pintura a algunas damas meridanas. Habrá estado poco tiempo en nuestra tierra, porque su rastro se pierde enseguida.

El fresco es parte de toda la labor hecha por los italianos que en conjunto pequeño o amplio se ocuparon de construir edificios de estilo ecléctico en Yucatán y entre ellos figuran, además de los mencionados, Leopoldo Tomassi Alivoni, Almo Strenta y otros más. Ese teatro quizá sea mucho más italiano que francés, pero el prestigio de lo segundo era mayor en aquellos tiempos y seguimos cultivando la idea de “lo afrancesado”. Esa obra plástica cubre un vacío de décadas de pobreza pictórica, que abarca desde 1892 hasta 1916 y era lo más representativo de esos tiempos.

No se justifica alegrarse de una pérdida como ésta, ya que no fue resultado de un estudio metódico y razonado o de una situación de riesgo para la integridad humana, sino que fue originado por varios años de negligencia. Lamentar que se haya destruido no deriva de una mentalidad de archivero o gusto de anticuario, sino del respeto e interés por las manifestaciones materiales de una época y un lugar determinados. Esgrimir falazmente que era una obra relacionada con la dictadura serviría de justificante para demoler una buena parte de la arquitectura y escultura de nuestro estado y nuestro país, con consecuencias deplorables.  

Un considerable número de propietarios de predios y comerciantes del Centro Histórico celebrarían que se derruyeran los edificios protegidos por las leyes federales. La historia y el arte les estorban para sus negocios y estarían felices de que la zona céntrica se convirtiera en megaplazas comerciales. No hay que hacerles el caldo gordo con argumentos apresurados y viscerales.

Y si según nuestros gustos del momento nos pusiéramos a juzgar qué producciones del pasado se van a preservar y cuáles no, estaríamos mutilando el conocimiento vivo y directo de los procesos históricos y culturales. Más aun que en la realidad de hoy los ciudadanos no tenemos ni voz ni voto en lo relativo al patrimonio cultural y las decisiones las toman unilateralmente los políticos, hablando en nombre de la ciudadanía.

La alerta que ha despertado este incidente destructor debe extenderse a otros edificios destinados al trabajo artístico. La Casa de la Cultura del Mayab (el ex Convento de las Monjas Concepcionistas) sufre severos daños en varias áreas; por lo que escuchado de tantos docentes y estudiantes, el Centro Estatal de Bellas Artes (ex Asilo Ayala) tiene varias áreas con graves riesgos y se ha bloqueado el acceso al edificio de la fachada porque se están cayendo partes del techo. Hay recintos en desuso y -por parte del INAH- la Pinacoteca Juan Gamboa Guzmán lleva años sin brindar servicio sin que se hayan informado las razones de ello. 

Los gobiernos estatal y federal deben resarcir a las artes plásticas de Yucatán. Hace unos pocos años al demoler el edificio de la Benemérita Escuela Normal Urbana “Rodolfo Menéndez de la Peña” destruyeron también un mural de Manuel Lizama, ubicado en el auditorio. No hubo ninguna intención de salvarlo, a pesar de que técnicamente sí era posible. Tampoco les interesó efectuar un registro histórico profesional para preservar su conocimiento. Y ahora estaríamos perdiendo el fresco de Alegretti, que es signo de una mentalidad y de una estética distinta a las nuestras.

Como a nombre de la cultura se destinan exagerados recursos financieros sin que la comunidad artística y cultural se beneficie en algo, da miedo hacer propuestas que involucren gastos. Un temor es que un intento de resarcimiento sea contratar a un pintor que cobre una exigua cantidad por metro cuadrado empleando materiales de pobre calidad y luego informen que costó una millonada. Para colmo, pintando cualquier ocurrencia de quienes toman las decisiones desde el poder.

Factible quizá, siempre y cuando los costos sean los justos y precisos, sea una proyección digital, videomapping o equivalente, donde esté reconstruido virtualmente lo perdido en su materialidad. Habrá que ver si se conservan registros fotográficos y en video que permitan esa reelaboración, que no será lo mismo, pero que en algo ayudará a reintegrar un elemento que nació con ese edificio y ha sido parte integral del mismo.

Jorge Cortés Ancona

Licenciado en Derecho, con Maestría en Cultura y Literatura Contemporáneas de Hispanoamérica. Es egresado del Doctorado en Literatura de la Universidad de Sevilla con una tesis sobre teatro y boxeo, y cuenta con un DEA (equivalente de maestría) de la misma institución. Ha impartido clases y cursos en diversas instituciones educativas y culturales sobre literatura e historia de las artes visuales. Ha escrito numerosos artículos y entrevistas sobre temas culturales y figura en varias antologías de poesía.

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