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El senador

El grupo de cantantes juveniles navideños se agrupaba en la esquina. Pataleando y agitando los brazos, sus voces adolescentes traspasaban el frio aire de la noche entre el estridente ruido de bocinas de automóvil y silbatos de policía, y los ruidos de la música de navidad sonando por los altavoces de las tienda. El clima era frio. Los compradores a pesar de ello, se las arreglaban para no tropezarse unos con otros, así como para evitar a los educadísimos camioneros. Las llantas rondaban en las calles repletas, los autobuses iban a vuelta de rueda en desesperantes arrancones y frenazos. Un obscuro Mercedes Benz dio la vuelta a la esquina y deslizándose, paso por delante de los cantantes. El líder de estos, vestido con una ropa que intentaba recordar a un personaje de 1970. Se acerco a la ventanilla trasera con la mano extendida. Mientras su rostro se distorsionaba cantando unto al cristal.

Irritado, el conductor toco la bocina e hizo señas al cantante limosnero para que se apartara, pero el pasajero, de mediana edad, ocupaba el asiento posterior, metió la mano en el bolsillo y saco varios billetes. Apretó un botón y la ventanilla bajo suavemente y el hombre de cabello gris puso el dinero en la mano extendida.

-Dios le bendiga señor- grito el cantante- el club de los muchachos flojos cantantes de la calle 60 se lo agradecen. ¡feliz navidad señor! Aquellas palabras podrían haber sido mas convincentes, si de la boca de quien las pronunciara no hubiese salido un fuerte olor etílico.

-feliz navidad- contesto el pasajero y presiono el botón de la ventanilla para cortar cualquier otra comunicación.

Hubo un momento de descongestionamiento de trafico, el carro avanzo rápido, pero tuvo que detenerse abruptamente unos metros mas adelante. El conductor apretó firmemente el volante, en un gesto que sustituía las mentadas de madre.

¡cálmese! Dijo el pasajero de cabello gris, en un tono de voz que era a la vez comprensivo y dominante. Nada se resuelve con impacientarnos. No nos llevara mas rápidamente a nuestro destino.

“tiene razón senador” fingiendo un respeto que no sentía. Normalmente se respetaba pero no esta noche, no en este viaje en particular. Aparte del capricho del senador, era abusivo de su parte a ver pedido a su ayudante que estuviera disponible en la noche buena para conducir al lugar donde el senador pudiera entregarse a sus juegos sexuales. El chofer podría pensar en una docena de razones aceptables para no servirle esta noche pero esta era una de “sus” noches .

Un putero, burdel. Despojado de adornos verbales, de eso se trataba. El senador presidente del congreso iba a visitar un burdel en noche buena!. Y como no iban a ver juegos, su ayudante de mas confianza tenia que estar ahí para poner orden en el desorden cuando se acabaran los juegos. Recoger, ordenar, vigilar hasta la mañana siguiente en algún obscuro cuarto y asegurarse bien de que nadie supiera de que juego se trataba ni quien estaba implicado.

A la mañana siguiente bien peinada la cabellera gris, con una guayabera de manga larga tan limpia y tan cara que era una bofetada a la gente, se dirigía con su perfumadísima esposa a la misa de navidad que oficiaría el señor arzobispo.

De pie en la fila de atrás de la catedral el chofer miro como se daba tremendos golpes de pecho y como al final de la misa daba la mano a sus semejantes y generosas limosnas a los pordioseros, y en su filosofía el empleado, filosofía barata pero suya pensó:  “así era, así es, y así será México por toda la eternidad.

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