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El Carnaval de 1900 (17)

La crónica de Recuerdos del Carnaval prosigue con la descripción de los carros alegóricos de La Unión y nos descubre que cuando estaban en movimiento numerosos caballos, asediados por un gentío, como ocurría durante el carnaval, podían registrarse situaciones no previstas.

            […] 3º.- “Canastilla de flores”.- En rústica canastilla de la que se desbordaban como en brillante cascada de colores flores y rosas, descollaba entre todas, gentil y graciosa, encarnación de la Primavera, la señorita Exaltación Gurrutia, alegre y contenta entre sus hermanas.

            4º.- Debió serlo “Estrellas”, precioso carro artísticamente ejecutado y que semejaba un pedazo de cielo en el que debían lucir como estrellas de primera magnitud varias señoritas, entre ellas, Chonita, Sahara y Judith Sauri y Zetina. Desgraciadamente, los caballos que debían conducirlo se encabritaron en los momentos de sacarlo y lo destrozaron por completo. Fue una verdadera lástima porque hubiera sido de los más aplaudidos si no hubiera ocurrido el accidente. Las Señoritas que debían ir en él, estrenaron, accediendo galante y bondadosamente a las súplicas de la comisión y de la Junta Directiva, uno de los ómnibus de la nueva empresa de D. Cloridano Betancourt, el simpático propietario de el “Bon Marché”.

            5º.- “Carrosa celeste”.- En áurea carrosa conducida sobre nubes de gasa por tres amorcillos o por tres querubines, que tanto valen los unos como los otros, como celestial beldad, arrogante y bella se dejaba conducir la señorita María Rosario Baqueiro. Tanto en el conjunto como en los detalles el carro agradó mucho y fue tan aplaudido como los anteriores.

            6º.- “Entre nieves”.- Representaba ese carro una laguna rodeada de nieves; en su centro había una pequeña eminencia, y en ella una columnata en semicírculo sosteniendo una cornisa sobre la cual descansaban tres cisnes. Otra de estas aves tan blancas como la nieve, nadaban en el lago azul, y vestidas de blanco como los cisnes como un ensueño, en el centro de la columna se veía a las señoritas Mary Monsreal, Isabel Ávila y María Ponce.

            7º.- “Julieta y Romeo”.- Por más que el tema haya sido tratado por poetas y pintores infinito número de veces, los personajes inmortales del inmortal trágico inglés son siempre nuevos y poéticos, como poético y nuevo siempre es el Amor, el amor puro y divino que simbolizan. El mejor elogio que del carro podemos hacer, es que, a pesar de lo traqueteado, por decirlo así, del asunto, gustó mucho por su buena ejecución y por la acertada elección de quienes representaron a los desgraciados amantes de Verona que lo fueron la señorita Guadalupe Otero y el joven Abelardo Ponce. Los trajes de ambos, lujosos y correctos, conformes con la indumentaria de la época, hacían completa la ilusión.

            Seguían otros carros humorísticos y gran número de carruajes particulares y de alquiler que formaban el cortejo que desfiló ante muchedumbre inmensa de espectadores que, a pesar del mal tiempo se apiñaba en las calles y en las plazas por donde debía pasar el paseo […] (5)

Desde luego, La Unión también organizó bailes en su local, que lució un decorado sencillo y elegante, en el que dominaban el rojo y el dorado y donde menudearon las mascaritas alegres y bulliciosas y las damas con trajes de última moda.

No obstante que las condiciones eran propicias para que el carnaval de 1900 destacara entre todos los anteriores, dejó la impresión de cierta languidez, de cierta frialdad, sobre todo en la batalla de flores.

            […] ¿Cuál fue la causa de esta falta de animación general que se hizo sentir en los momentos precisos de las fiestas?….. Todos nos damos cuenta exacta del efecto, del resultado; pero nadie puede precisar la causa, tal vez porque esta causa no puede concretarse, por ser ella, a su vez, resultado de hechos aislados que cada uno por sí solo no hubiera bastado para influir tan poderosamente; pero que, reunidos, han hecho que el carnaval de 1900 haya dejado en nuestro ánimo una impresión como la del deseo no satisfecho, como el de la esperanza frustrada. Nuestra misión de simples cronistas no nos obliga a entrar en consideraciones filosóficas para buscar las causas del hecho, y habremos cumplido con ella relatando lo que vimos, y hasta lo que no vimos y trasladando al papel nuestras impresiones personales […] (6)

Saint Faust, a diferencia de este cronista anónimo, que no se atrevió a precisar la causa de aquella evidente grieta anímica, pero que se había insinuado en forma de chunga en el bando de La Unión, sí lo hizo de manera clara y contundente.

            […] Y a fé que de nuestro carnaval, ni del antiguo, sacrificado por cierta gente, ni del moderno, metido, quiérase que no, por las clases acomodadas en nuevos moldes de lujo y magnificencia, no puede afirmarse tan rotundamente lo que la tesis general expresa. La idea que culmina en él, aparte de la complacencia natural de los sentidos, es la de la ostentación. Lo que antes era espíritu expansivo y jovial, se ha trocado en explosión de vanidad.

            Desde que algunos, padeciendo un error deplorabilísimo, eligieron el carnaval como la fiesta clásica de Mérida, señal de nuestra cultura, ¡qué anomalía!, el carnaval perdió su sello exclusivamente profano, de cierto gentilismo suavizado, para tomar el de un vicio social, conservando también, a la par, algo de aquel antiguo carácter. Y el vicio resulta de que, siendo aquella fiesta esencialmente popular, se ha convertido en rampa resbaladiza, por donde se despeñan los menos holgados de fortuna, hombres y mujeres, en la pugna de no desmerecer, los unos, junto a los acaudalados, y las otras, junto a las opulentas señoras que arrastran a porfía en los salones riquísima seda y deslumbran con la copiosa pedrería de sus joyas. El viejo carnaval yucateco acabó: una equivocación cavó su tumba hace años; pero el carnaval subsiste. Por mí, echémosle un velo encima […] (7) (Continuará)

Referencias

(5) y (6).- Recuerdos del Carnaval. (1900, 1º de marzo). El Eco del Comercio, p. 2.  

(7).- Saint Faust. (1900, 11 de marzo). Mis domingos. El Eco del Comercio, p. 2. 

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