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Antonio Mediz Bolio: y su espíritu mayense (II)

Esta puesta significó como una entrega de estafeta del dramaturgo maduro, al dramaturgo más joven, que en este caso era nada menos que Wilberto Cantón, que estrenaba: Saber morir, con fondos musicales de Miguel Alemán Jr.

 Todo esto sucedió en el año de 1951, como cuando 45 años antes había sucedido en diciembre de 1906, en el Teatro Arbeu, ya que en el mismo programa, se anunciaba el estreno en la Ciudad de México de Alma bohemia, y la reposición de La cabeza de Uconor de José Peón Contreras (1843-1907). Coincidencias o causalidades, que nos muestran a tres dramaturgos yucatecos, considerados en su momento como de lo mejor y más representativo de la dramaturgia mexicana, compartir en un mismo programa de repertorio, al dramaturgo maduro y al dramaturgo joven. Renovación generacional en el escenario de la dramaturgia mexicana del siglo XX.

 Y el relevo generacional serán Juan García Ponce, y Raúl Cáceres Carenzo  llamado por toda la República de las Letras Mexicanas, como: el poeta.

 Después vendrá Jorge Esma Bazán y le seguirá Fernando Muñoz Castillo. Tristemente para estos últimos nunca se hará el relevo en un programa de teatro donde aparezcan el viejo y el joven al mismo tiempo.

 Lo que sigue, lo realizará Muñoz Castillo al publicar en el inicio del siglo XXI un tomo donde compila más que antóloga, a los Dramaturgos Jóvenes de Yucatán, menores de 35 años, para la Editorial Tierra Adentro de CONACULTA.

 Y después, el silencio…el silencio total.

  Pero regresando a 1951, año que se estrena por última vez, una obra de él, en la Ciudad de México, es precisamente ese 12 de mayo, que Salvador Novocontesta, en una de sus ya famosas crónicas, a Daniel Cosío Villegas:

 “Pide usted, Daniel, lo imposible cuando me solicita un artículo en que en quince cuartillas le reseñe la historia del teatro en México durante los últimos cincuenta años.”

 Párrafos posteriores, anota:

“En 1910, Antonio Mediz Bolio da a conocer Vientos de montaña y El verdugo, y posteriormente las que Monterde califica de sus dos obras mayores: La flecha del sol, poema escénico de la Conquista, y La ola, comedia dramática.”

 En la misma crónica Novo al hacer el recuento de las obras de 1951 escribe:

“ (…) y el Teatro Ideal en donde la Unión Nacional de Autores sostuvo temporada con autores profesionales para estrenar cinco obras mexicanas: El rancho de los gavilanes de Ladislao López Negrete; El don de la palabra, de Agustín Lazo; Noche de estío, de Rodolfo Usigli; Juego peligroso, de Xavier Villaurrutia, y Saber morir, de Wilberto Cantón, con fondos musicales de Miguel Alemán Jr. Posteriormente, María Tereza Montoya estrenó, en el propio Teatro Ideal, Cenizas que arden, de Antonio Mediz Bolio.” (Novo, 1994,  p. 502-503 y 510.)

   Mediz Bolio, estuvo bastante olvidado, a nivel escénico, como sus antecesores Federico Gamboa y Marcelino Dávalos, y los de la siguiente  generación, que va desde los “pirandellos”,  hasta Novo,  Lazo, Abreu Gómez, y el que tal vez sea el menos olvidado escénicamente hablando: Xavier Villaurrutia.

   Sin embargo, su presencia literaria, sigue erguida en el horizonte de la literatura yucateca, a pesar de la mirada desconfiada de los mayeros que argumentan que ni él ni Abreu Gómez pueden ser los más grandes referentes de la literatura maya moderna y contemporánea, ya que en su literatura se siente y se nota el sello del producto de la cultura occidental, y por esta razón, la mirada hacia el maya y lo maya tiene mucho de colonialista, sobre todo por el tiempo en que fueron realizados sus trabajos más importantes en este rubro: La tierra del faisán y del venado y Canek. Lo cual no es defecto, sino una actitud de defensa de una cultura que se reconoce tener y a la que se acercan como nunca antes había sucedido en la historia de la cultura maya peninsular. En este caso, tampoco se puede ver a Miguel Angel Asturias como el maya guatemalteco, pero esto no obsta para que conste su aporte a la cultura maya peninsular y centroamericana. 

 Sin embargo y a pesar de todo, tanto el trabajo de Mediz Bolio como el de Abreu Gómez, está lleno de poesía con aires mayenses, con aromas mestizos y peninsulares. Esto, sí, no se los podemos negar a ninguno de los dos escritores yucatecos.

 Y también tenemos que reconocerles que abrieron un camino, hasta ese tiempo vedado, para los mayaparlantes y que ahora en este siglo XXI, deslumbran, no todos, pero si algunos con un talento, sensibilidad, conocimiento y profundidad sobre su cultura personal y autóctona, que no tiene precedentes.  Cuando digo que algunos, lo digo conscientemente, porque hablo de los que han dejado de repetir las cursilerías que el mercado de las letras cree que es lo “indígena” y no es nada más que indigente, ya que sólo sirve para justificar las tristes dádivas que reparte una cultura nacional, bastante ignara en cuestiones del desarrollo de las mentalidades de los pueblos ancestrales de nuestro país, que sin  lugar a ninguna duda, siguen siendo nuestra raíz, ya sea por sangre o por cultura, a pesar de lo colonialista y por ende devastadora, de la cultura occidental; en cuanto a la conciencia de saber quiénes somos realmente, y el por qué somos.    

Fernando Muñoz Castillo

Escritor, hacedor de libros objeto, dramaturgo y director de teatro. investigador e historiador de teatro y cine. curador y museógrafo. periodista cultural. ha publicado varios libros.

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