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­Trapisondista en disyuntiva

Che, tú lo sabes todo

Miguel Barnet

Una rara especie de la burocracia (desafortunadamente Max Webber no tuvo tiempo de analizarla) es la que se constituye de personas que sólo se dedican a crear trapisondas en los entornos laborales, es decir, crear embrollos y entuertos, para obtener un beneficio personal, casi siempre, “proteger” los privilegios que los legitiman. Por lo mismo, el trapisondista (llamémosle así a esta especie) no tiene mínima idea de lo que significa el servicio público, de que la burocracia es un elemento primordial para la operatividad y supervivencia de cualquier gobierno, y que el mandato único de servir a la sociedad es su sine qua non.

Pero no reflexiono ahora en la sociología de la burocracia, tema en sí tan apasionante como vigente, sino únicamente me detengo, a modo de disección, en las características propias de esta especie tan común en la burocracia que pareciera se ha enclavado como un quiste en su fisonomía. Pudiera representar un apéndice en todo el aparato administrativo, pero contrario a eso, suele representar un alto costo presupuestal y, sobre todo, un anquilosamiento de los procesos para el adecuado funcionamiento de cualquier instancia de gobierno.

Un primer rasgo característico es la ausencia de secrecía. La reserva o sigilo respecto a ciertos temas es un recurso necesario para aquellos procesos burocráticos que se desarrollan en diversas etapas. El trapisondista se vale de informaciones privilegiadas para obtener beneficios propios, quedar bien con otros superiores, en esa creencia muy capitalista, por cierto, de que información es poder. El trapisondista va más allá de “contener” información privilegiada, sino que además echa mano de su propio cultivo para adecuar tal o cual situación a su conveniencia.

Esta ausencia de secrecía nos conduce a otro rasgo que evidencia el carácter del trapisondista: su falta de probidad. El hecho de que una información que le fue confiada la utilice como moneda de cambio, refiere una falta de honradez y ética respecto a sus acciones al interior de una institución. Habla por su puesto –esta sí– de una épica deslealtad no sólo a algún superior directo sino al mismo servicio público. El trapisondista solo piensa para sí, mientras que el servicio público siempre es hacia lo colectivo.

¿Pero cómo supervive un trapisondista en el organigrama burocrático? El mismo Max Webber nos ofrece una pauta. La burocracia moderna sigue teniendo un espíritu clientelar, y en esa medida, el trapisondista, a través de la simulación, se inserta sin oposición de ningún tipo. Simula ser leal, aunque detrás de la espalda siempre lleve un puñal. Ahora bien, la simulación del trapisondista se vale del efectismo. Aparenta ser lo que no es. Pero, ya dice el adagio: “lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo otorga”. Y aunque se utilicen mil disfraces (y discursos), el espíritu palurdo de esta especie burocrática aflora en lo más básico y elemental del ser.

Un ejemplo claro y preciso podrían ser aquellos “adoradores” de la cultura escrita que se jactan de “amar las publicaciones”, la letra impresa, y dicen leer, leer, leer, pero lo que redactan, revisan y publican desde tiempos inmemoriales está plagado de errores de todo tipo: conceptuales, datos falsos, y hasta horrores ortográficos, como escribir “riza” en vez de risa, o “habidos” en vez de ávidos. En pocas palabras, la vocación editorial es un mero discurso triunfalista de simulación, como en el trapisondista, el tema que adopta (cualquiera que sea) sirve solo de disfraz, ya sea el tema económico, de salud, o cultural. 

Es de relevancia poder detectar estas conductas que tanto dañan a la institución, los procesos burocráticos y las relaciones humanas. De algún modo, por paradójico que parezca, dichas conductas suelen exhibirse por sí solas. Ya lo dijo el gran pensador que fue José Martí: “de la maldad que nos puede salir al paso, no es necesario hablar. A la maldad se le castiga con dejar que se enseñe. La maldad es suicida”. Es decir, el antídoto del trapisondista es él mismo. He aquí la disyuntiva del trapisondista.

En criminología existe un peritaje para detectar sangre sobre superficies que han sido lavadas. Se llama luminol. Cuando se rocía luminol sobre un área, el agente oxidante de la sangre, lo activa, produciendo que cualquier rastro brille en azul. Hay ocasiones en que, del mismo modo, queda evidenciada el rastro de una información “filtrada” por el trapisondista de marras. La deslealtad, a final de cuentas, siempre es escupir para arriba.

Cada vez que me encuentro con casos como el que abordamos en este texto pienso en la clase de instituciones públicas que las próximas generaciones tendrán para su organización. Una perspectiva integral sobre la importancia que reviste la estructura burocrática para cualquier estado y gobernante, haría un repaso de la congruencia de perfiles para los puestos y sus debidos procesos. Lo único cierto hoy es la fuerza de gravitación universal esbozada por Isaac Newton. Pero de este tema platicaremos en próxima entrega.

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