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Remembranzas del hanal pixán familiar

Amaneció nubladón; no ha llovido propiamente en varios días, tan sólo uno que otro chubasquito ha permitido que la temperatura no se sienta tan cálida como en semanas anteriores. Por lo general no soy muy dada a las remembranzas, porque mi presente es tan agitado, que me impide detenerme a pensar en sucesos ya caducos, por muy importantes que hubieran sido en mi pasado. Esto no denota falta de sensibilidad, sino carencia de tiempo libre.

                Sin embargo, el ambiente así medio “miztelero”, propio de nuestra versión de otoño, que en otras latitudes del planeta pinta de rojo los campos y trae consigo preludios de cruentos inviernos, me ha puesto media “x’kikil”, algo así como “chííchnac”.

                Haciendo un alto en mis ocupaciones, quise saber a qué se debía esa reacción anímica tan inusual en mí y, meditando, llegué a la conclusión de que añoro la algarabía que aquí, en la casa de ustedes, precedía al “Hanal pixán”, esa costumbre prehispánica heredada hasta el presente, aunque con elementos sincréticos del catolicismo europeo, que de alguna manera y pese a lo incongruente del motivo, se convertía en una verdadera fiesta familiar.

                Descubierto ya el porqué de mi “chííchnaquería”, me entrego ya sin reserva a mis recuerdos. Lo hago porque quiero llenar de nuevo mis sentidos con esa feria de aromas sugerentes, sabores prometidos, colores motivantes y, la visión de objetos singulares que sólo aparecían en mi entorno, como surgidos de un espacio suspendido en el tiempo, en esos días previos al banquete de los muertos.

                 Muy temprano por la mañana del día treinta y uno de octubre, mis padres llegaban a la casa en un coche caballito, trayendo varios sabucanes repletos de los más variados productos vegetales y, amarrados en racimo, dos o tres pollones y una o dos gallinas, todos los cuales habían sido examinados, minuciosamente por el ojo clínico de mi madre durante la compra, previniendo que pudieran padecer de “moquillo”.

                En uno de los sabucanes traían también algunos kilos de carne de puerco, con su respectiva empella para sacar manteca. En otra de estas bolsas de sosquil se distinguían claramente los “atados de espelón”, paquetes de hoja de plátano, un “chach” de epazote sin semillas, dos o tres bolsas de tomates rojos y, un gran envoltorio conteniendo pasta de achiote legítimo, que habían comprado en “La placita”, en el puesto de la comadre Felipa. En fin, no se omitía ningún ingrediente de los requeridos para la elaboración de los “mucbipollos” clásicos; por supuesto, también traían naranjas de china, mandarinas, jícamas y chile molido para hacer el “xek”, así como velas, veladoras, incienso, estoraque, dos o tres sahumerios de lata o de latón, etc.

                Desde luego sabíamos, pero no nos importaba, que los quince días siguientes habríamos de estar a dieta de calabaza frita, huevos sancochados con “sikilpac”, chaya frita, con o sin huevos, “k´aabic” de frijol, “joroches” con frijol colado, en fin, cualquier guiso de nuestro menú yucateco que no requiera de carne de res o de puerco, ya que la quincena se estaba gastando anticipada.

                Pero volviendo a los “mucbipollos”, a los chiquitos y chiquitas nos asignaban tareas sencillas, aunque importantes en el quehacer del guiso. Por ejemplo, quitarle con cuidado la nervadura central a las hojas de plátano, haciendo después rollitos con ellas, pues servirían luego para atar los “pibes” ya elaborados. También limpiar las propias hojas con un paño o servilleta, desgranar los espelones, desplumar las aves después de que éstas hubieran sido sacrificadas mediante el consabido “ch´ot” del pescuezo y remojarlas en agua hirviendo; pelar las chinas y mandarinas, desgajarlas; en fin, que realmente nos ganábamos a pulso el derecho a disfrutar de estos ricos manjares tradicionales.

                Pero, por sobre todo aquello, estaba el valor innegable de la convivencia familiar, de este trajín casero que involucraba a todos los que habitábamos bajo un mismo techo, estuviéramos unidos, o no, por lazos consanguíneos, como era el caso del sinnúmero de ahijados de mis padres, procedentes de todas las comunidades donde éstos habían laborado, y que crecieron en mi casa y a los cuales siempre vi y sigo considerando como familiares.

                El propio día primero de noviembre todo el mundo estaba de pie desde las cinco de la mañana. Mi madre, mi bisabuela paterna de nombre Felícitas, pero para nosotros Chichí Feliz, la tía Panchita, la nana Maruch y otras mujeres adultas de la familia se habían pasado toda la noche turnándose para vigilar el cocimiento del “k´ol”, que incluía ya el puerco y las piezas de carne de ave, que lo dejaba delicioso.

                Para esta maniobra se habían gastado algunas latas de carbón, pues por no haber estufa de gas morado en la casa (las de gas butano ni se habían inventado), se echaba mano de aquel combustible vegetal, puesto en anafres de hierro o lámina de cinc, o bien, en fogón de tres piedras. Nosotros los chiquitos íbamos desde temprano a la panadería de la esquina a pedir turno para la horneada de “pibes”, los cuales eran acomodados por las cocineras en recipientes de lámina galvanizada, comúnmente llamadas latas, adquiridas ex profeso, o en sartenes de aluminio de esas, medio “yarach’es”, provenientes del ajuar de la cocina.

                A eso de las diez u once de la mañana nos desplazábamos orgullosos en fila india, rumbo al holocausto pibero. En el lapso, mamá elaboraba una olla del riquísimo “tanchancuá”, que como todo yucateco de entonces, sabía, es un atole cuyos ingredientes básicos son el maíz nuevo y el cacao o chocolate, aderezado con algunas especias, como la canela de raja, el anís, en grano y uno o dos clavos de olor, envueltos todos en curioso atado de tela de algodón, el cual era retirado de la olla en algún punto de la cocción.

                No obstante haber sido mi padre libre pensador, fue siempre muy respetuoso de las tradiciones religiosas y culturales de mi madre y demás familiares, por lo que no podía faltar la mesa de los santos, con su cruz de madrea con sudario y otras imágenes a las que hubieran sido devotos los difuntos. Asimismo, algunos elementos como los cigarros “uxules”, que tanto gustaban al abuelo Simón, por supuesto, con sus respectivos fósforos de “El Porvenir”, sus gafas y su almanaque de “Espinosa”, que leía todos los días. En frescos cajetes de barro se ponían las raciones del “xek”, y los dulces tradicionales, como el mazapán de pepita, los cocos negros, los también dulces de coco rosados y amarillentos, etc., vasos con agua, dos sidras negras Pino, para la tía Lich y papá Mon, junto con los retratos de todos ellos.

                Completaba la decoración el mantel blanco bordado con flores de vistosos colores y encaje de hilera en la orilla. Al filo de la una de la tarde, ya toda la familia en pleno, se encontraba saboreando su buen “cacho” de “pib” y paladeando el delicioso “tanchucuá”.

                Al llegar a este punto tan sensual en el que creí verdaderamente estar rodeada de todas aquellas delicias, la realidad se hizo presente en la figura de mi comadre Gloria que, desde la calle, a través de la ventana, me gritó:  – ¡Ya no había pibes en el super, traje chachacuajes!… ¿no le hace?

                ¡No cabe duda, estamos en el 2022! Me apresuro a sacar las cocas del refri.

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