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“El Viejo y el Mar”, compleja novela de Hemingway adaptada a la escena

Fernando de Regil en otra escena de El Viejo y el Mar.

Existen textos largos, obscuros y escabrosos, y otros breves y muy complejos, estos últimos son los más difíciles de interpretar. “El Viejo y el Mar”, es una novela breve, muy breve me atrevería a decir, de Ernest Hemigway. Es una narración tremendamente compleja, difícil, su profunda brevedad acentúa estas características. Es una novela de carácter totalmente introspectivo, narrada en primera persona. Su lenguaje, de apariencia coloquial, no es muy accesible, por el uso de modismos circunscritos al argot de los hombres de mar de Cuba, que uno de ellos es el protagonista de la historia. Es una novela de esas que te lees de corrido, rápidamente; pero después de leída, viene una profunda batalla intelectual para llegar al fondo de su asunto. Nunca cruzó por mi mente que pudiera ser transformada en obra teatral. Ha sido adaptada al cine, con un resultado no del todo exitoso. Así que, el arrojo de dos dramaturgos locales, nos merece el más caluroso aplauso de pie, al haberse aventurado a emprender la transformación de esta difícil narración, en un rico monólogo, pues monólogo tenía que ser, por la naturaleza misma de la narración, y conseguir una excelente puesta en escena, que nos mantuvo en una tensa atención, por poco más de una hora. Wendy Cruz y Charly Perera, arrastraron la pluma con afortunados giros, y nos dieron como resultado un rico monólogo de calidad superior.

Toda la acción de la novela ocurre en la silla de pesca de un pequeño alijo, lo cual pone serios límites al espacio de la actuación; esta circunstancia es un verdadero reto para su dramatización. Cruz y Perera resolvieron con un gran ingenio el hándicap, y con el concurso de Germán Garrido, quien construyó un ingenioso y eficiente asiento que se mueve y se desplaza por la escena, y que dio un dramático realismo al ritmo del complejo monólogo, y puso un elemento determinante para el buen logro de la puesta teatral. A todo esto hay que agregar, el ingenio y buen gusto de Willy Vázquez, que tuvo a su cargo la creación técnica de los fondos proyectados, que dieron un ambiente creíble a las escenas. Los efectos de sonido de Miguel Flota pusieron lo suyo para el buen éxito de la puesta. La dirección estuvo a cargo de la autora, Wendy Cruz, con la asistencia de Gabriela Valvás. Las eficientes gestiones administrativas estuvieron a cargo de Edwin Sarabia. Y todos, como un gran equipo, lograron una puesta en escena de calidad superior.

Fernando de Regil en una escena de El Viejo y el Mar.

La soberbia actuación de Fernando de Regil puso el elemento complementario para el éxito de la obra. Fernando supo mantener un tono que cautivó la atención del respetable, e hizo que, nadie perdiera detalle del intenso drama que se desarrollaba en el humilde alijo de pesca. Su caracterización del viejo pescador, derrotado por el tiempo y la vida, fue precisa y profunda, todos creímos fielmente en la tragedia interna del hombre derrotado por las circunstancias adversas, las mismas que lo acicatean para lanzarse a la peligrosa aventura de zarpar a mar abierta, solo, sin nadie que le asista en ningún momento. El viejo marino, añora en todo momento la ayuda de su joven asistente, quien se ha enganchado en otra embarcación mayor, en busca de mejores horizontes en la vida.

Fernando, nos dio una cátedra de excelente condición física, acuñada en muchos años de práctica de la danza clásica. La dinámica corporal del personaje, contribuyó en gran medida a hacer totalmente creíble el profundo drama que el hombre vive al enfrentar el reto de vencer a dos adversarios: El pez dorado, tan deseado por el pescador; y el mar, coloso que pone todas las circunstancias adversas para el logro de su cometido. Si bien, la obra es un monólogo, los personajes son tres, pues el viejo pescador interactúa y dialoga con el pez y con el mar.

En sus cavilaciones, el viejo se dice a sí mismo: “Primero pides prestado, y luego pides limosna; y yo no soy limosnero, soy pescador”. Se duele de ochenta y cuatro días sin pescar nada. “Ya antes han sido ochenta y siete, pero luego, el muchacho y yo cogimos peces grandes ¡los dorados!”. Hace, gala de su gran experiencia: “En verano, cualquiera es pescador; pero en septiembre, sólo los que saben”. Sus reflexiones sobre el mar le hacen exclamar: “El mar se encoleriza tan súbitamente. Los pescadores más jóvenes le llaman al mar cómo si fuera un enemigo. Hasta la luna lo afecta… cómo si fuera una mujer”.

Reflexiona y dialoga con el pez: “Los peces voladores se van, y todos los peces se van con ellos, mi pez grande está con ellos”. Le dice: “¡Cómete la sardina, cómetela! ¡No puedes haberte ido!” Los ojos del viejo escudriñan el mar, el pez pica y empieza a arrastrar. “¡Cómo quisiera que estuviera el muchacho! Empecé a sentir lástima por ti, mi pez. ¡Qué ser tan maravilloso y extraño! Has sido enganchado antes, y sabes que esta es la mejor manera de luchar”. Le dice con energía: “¡Tu tiempo de morir ha llegado!” Y se dice a sí mismo: “Era mi amigo y lo he matado”. El viejo ve con desesperación cómo los tiburones se van llevando la carne del pez. “¡Llegaré al puerto sólo con tu esqueleto!” “Ahora, estamos tú y yo solos, como esa noche, en medio del mar”. La vida se le escapa en medio de la noche y en la inmensidad del mar abierto.

¡Qué buen teatro se hace en Yucatán, en forma independiente!

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