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Nostalgia sin futuro

Se me antojó escribir, la presente nota, utilizando una aproximación al modo de hablar de los yucatecos de los años setenta del siglo XX, así pues, diré que, por el rumbo de San Juan, enfrente de lo que es la iglesia de la Candelaria, donde hubo una escuela de contaduría muy famosa -tanto como la MARDEN-llamada HEPOLO (siglas del propietario, don Héctor Poveda López), en donde se dio por fundada una escuela preparatoria dedicada, en exclusiva, a la enseñanza de las artes. Vinieron junto con ella, tres maestros chilangos, Miguel Ángel Cuervo, (director), Pedro Antonio Laguna (maestro de teatro) y otro Miguel Ángel, cuyo apellido se me ha escapado de mi memoria.

Esa escuela de artes no fue bien vista entre nosotros, porque “para que queremos otra escuela así, si ya tenemos nuestro Bellas Artes, donde la gente aprende lo mismo y más cómodo, porque sus clases son en la tarde, cuando ya nuestros hijos han hecho sus tareas de la escuela”.

La escuela abrió sus puertas sin siquiera instalaciones adecuadas, pero con mucho bullicio, demasiado entusiasmo de los estudiantes que comenzaron a descubrir un mundo nuevo, con esas clases vivenciales y extroversión de la personalidad, cuya meta era sacar al cuerpo del actor escondido en aquellos organismos de gente tan joven, tan vital.

El maestro Pedro Antonio Laguna era hiperkinétic, y tenía un solo objetivo en la vida, montar en teatro aquí, entre nosotros, en Mérida, el musical Amor Sin Barreras (West Side History de Leonard Bernstein- Jerome Robins), famosa película que había calado hondo en todos los que la habían visto. (Yo, la vi por lo menos, veintiún veces).

Pedro Antonio Laguna no fue bien aceptado por la voz autorizada de Alberto Cervera Espejo (crítico de teatro local, cuya opinión era sagrada). Eso provocó que la obra fuera puesta en la cancha de basquetbol de Universidad de Yucatán, con gran revuelo. Cervera Espejo destrozó aquel trabajo, indignando al director y maestro Pedro Antonio Laguna y a los padres de familia, quienes dijeron que “no hay que ser tan hueputa. Esas críticas desaniman a nuestros hijos. Son opiniones muy negativas. Nosotros hacemos un gran esfuerzo, buscando lo mejor para ellos y para nuestra sociedad. Pero, ni modo, así es la cosa. ¿Qué le vamos a Hacer?”

La familia de alguno de aquello muchachos, vivía por ahí, por la Petronila. Más exactamente, donde está la glorieta que es el último paradero de los camiones de esa ruta. Todavía existe, pero la tienen muy cambiada y escondida, porque está rodeada de tiendas, expendios de cervezas, una carnicería y una escuela.

Pues el papá de ese muchacho tenía en su casa un patio grande. Entonces, agarro sus cosas y comenzó a construir un teatro para ser utilizado por su hijo, sus amigos y la propia escuela del CEDART y así, no tuvieran que estarse rebajando ante nadie.

El señor invirtió todos sus ahorros, porque no construyó un jacalón de madera y láminas de zinc, que de eso eran los llamados teatros en Mérida, sino que levantó una edificación de bloque y concreto, de paredes muy altas para dar cabida al telar de un teatro, ese que esconde las escenografías utilizadas en las obras.

Para la inauguración se invitó a toda la comunidad artística de la época. Aquella noche, la familia de aquel muchacho estaba bien bañadita y bien talqueada, recibiendo a los invitados y a los asistentes en general.

Todo era un runrún y entre esto, surgía la opinión de que el lugar estaba muy lejos del centro y eso le auguraba un fracaso.

El papá hizo uso de las palabras inaugurales, ofreciendo el teatro a todo mundo sin distinción, y solicitando un apoyo económico a todos los asistentes, para sostener aquel lugar construido con todos los esfuerzos del mundo, una enorme esperanza y “la convicción de que todo irá muy bien”.

Al teatro de la Petronila se le dejó morir, igual que otros lugares que no son del gusto del yucateco.

Por mi parte, todo el tiempo que pasaba sobre la avenida Itzaes, volteaba a ver la enorme caja que eran las paredes y el techo del telar. La construcción se evidenciaba con facilidad, porque era la construcción más alta del rumbo.

Edificios del Tribunal de Justicia, su estacionamiento y los comercios surgidos a partir del complejo edificial de aquel, se fueron tragando al local del teatro que no daba muestras de vida.

Finalmente, comencé a observar modificaciones en esa construcción. Aparecieron ventanitas, marcos de ellas y el sentido de darle un uso multifamiliar. “¿Habrá crecido la familia del señor? ¿Su hijo, nuera y nietos estarán con él?

La historia de este teatro, surgido en una zona de alta densidad habitacional, no tuvo ni siquiera, como cinema Paradise, la oportunidad de darle la nostalgia a los habitantes de la Petronila.

Hoy domingo 16 de octubre de 2022, me levanté y quise ir a ver el lugar para contarles cómo estaba. Me costó enorme trabajo hallarlo, porque ha sido cubierto por otras construcciones. Pregunté en la tiendita, en el expendio de panes y luego en el de cervezas, al policía de un carro patrulla, al vigilante del edificio del Tribunal. “No. No sabemos nada del lugar ni de los dueños. Asómese por ahí, a lo mejor encuentra algo”.

Lo único que pude encontrar fueron las altas paredes de la antigua construcción, hoy convertida en departamentos de alquiler.

Logré unas fotos que les comparto. Están así porque así se ve la antigua construcción. No pude dar con un acceso a ella, porque siendo domingo, todo estaba cerrado. 

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