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Los retratos de familia

Cada quien cree conocer a los demás, mejor que ellos a si mismos, esto es una de las grandes petulancias del ser huma no.

 Manolo interpuso su respiración, bebió un trago del refresco dulce, dulce y embotellado. Su mirada se fijó en los retratos cuadrados y ovalados colgados en las paredes de aquella sala victoriana. Todos estaban ahí, quietos, callados, serenos, desde doña Joaquina con su mirada altanera y dominante, hasta David con la sonrisa nítida de quince años y su mirada suicida. Andrés los miró de reojo, y se estremeció al sentir como si todos lo juzgaran.

 Andrés bebió discreto un sorbo de su café suavemente dulce.

-Manolo

-si

-me siento solo

-por

-no sé, no te puedo dar razones específicas, vivo bien aquí

con mi abuela, tengo buenos amigos, dinero no me hace falta, pero…

-es por eso, porque lo tienes todo y nada te hace falta, des conoces el valor auténtico de las cosas, estás hastiado…

-sí!

 Las miradas de los retratos le calaron las palabras, se es tremeció y sudó calmado. Se columpió en su desesperación, se

templó internamente mientras expelía el humo del cigarrillo.

-Andrés, yo creo que me retiro, me siento cansado y tú sabes que mañana por lo del baile, va a ser un día muy ajetreado.

 Lo acompañó hasta la puerta. Se dijeron incoherencias en el umbral. Lo miró alejarse y perderse en la noche.

 Vió pasar a las pocas personas que aún transitaban por la ca lle de su lugar, de su casa mundo. Saludó al más joven de sus

vecinos y cerró la puerta como se cierra un sepulcro, para quedar solo en aquella casa vieja y llena de recuerdos de tiempos pasados.

 Prendió nerviosamente un cigarrillo, nervioso porque esa era su naturaleza, tomó asiento y se sirvió un poco más de café mientras pensaba en Manolo, en su figura esbelta con su tono desgarbado y elegante, en sus cabellos ondulados y su nariz varonil, en sus manos delgadas y fuertes, sin ningún anillo, nada más la piel y sus vellos cafés.

 Caminó hacia su recamara, aquel espacio prestado, que él sen tía prestado a su tío… aquél hombre bello que siempre había visto como una leyenda.

 Se parecían en el cabello rubio y lacio, en el vestir impeca ble, en el dominio perfecto de sus movimientos, en su ligero toque femenino, sin embargo, a pesar de esto último, él era más viril y musculoso que su padre, ese bello ser por cuya culpa su madre lo había relegado a segundo término. Y sin pro ponérselo, él era una copia xerox, fiel, impecable, de su odiado y amado padre.

 Se aferró a la imagen del tío Roberto, y aquél fantasma lo obligó a refugiarse en la alcoba de la abuela para revisar el alhajero que se depositaba sobre el tocador segundo imperio, con su espejo rodeado de múltiples perfumes franceses y tal queras de cristal de cuarzo color rosa.

 Sentía un placer indescriptible al contemplar y acariciar y ponerse aquellas joyas que por tantas generaciones habían per

tenecido a su familia. Deseaba poder lucirlas en las fiestas y ante la afeminada sociedad a la cual ya no podía pertenecer por ya pertenecer a los periódicos y revistas de antaño…año raba las grandes fiestas en los bellos salones que conocía o que vivía a través de los relatos de aquel grupo de mujeres viejas ataviadas con trajes Chanel y que eran las amigas de su abuela.

 Le producía éxtasis el tomar té con ellas, el violar sus con fidencias olientes a cognac. Se sentía tan parte de este mun do, que en muchas ocasiones estuvo a punto de añadir algún re cuerdo.

 Se miró al espejo y contempló el pectoral labrado y engarza do con tan buen gusto sobre su desnudo pecho adolescente. Se llenó los dedos de anillos.

-las amatistas, los diamantes, los rubíes, las esmeraldas, los…los… … … …

 Improvisó vestuario. Desenterró del viejo estante unos cha les rebordados en bisutería. Y el abanico, el abanico de plumas, aquel abanico enorme y pesado que a él le fascinaba

tener entre las manos de muchacho que se negaban a ser de hom bre.

 Momentos antes, su abuela había telefoneado para decirle que dormiría en casa de Cristi que estaba sola y tenía dolores.

 Se desplazó por toda la casa, la miró llena de gente, sacó las copas de champagne y departió con sus invitados fantas mas.

 Recorrió todos los cuartos y salones, todos menos uno, el de los retratos de familia, cuando cruzó por su puerta cerrada sintió un gran temor, un gran temor frío y mudo. El pánico gris le cubrió el cuerpo. Se agitó al sentirse asediado por sus invitados. Corrió atropellando muebles, se tropezó con las pesadas cortinas, y sintió como temblaba la casa. Su pánico despertó a todos los ruidos de la casa. Jadeante se arrastró por las paredes, por los pisos de mármol, sobre los muebles de maderas finas sintiendo como se le venían encima

queriéndolo aprisionar, las grandes lámparas de cristal.

 Se miró en el espejo de la sala y gritó asustado por aquella imagen reflejada. Se rasgó los chales y vio su pecho liso, sin senos, rebordado de pequeños vellos suaves, sus piernas largas y macizas con vellos rizados, y su sexo inerte.

 De sus adentros surgió un grito primal.  Toda aquella concurrencia comenzó a reír a carcajadas sin la más mínima elegancia ni etiqueta, el retrato de doña Joaqui na dirigía la masacre.

Fernando Muñoz Castillo

Escritor, hacedor de libros objeto, dramaturgo y director de teatro. investigador e historiador de teatro y cine. curador y museógrafo. periodista cultural. ha publicado varios libros.

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