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El globo de pan y los viejos panaderos que se fueron para siempre

El globo de pan y los viejos panaderos que se fueron para siempre

Las nuevas generaciones yucatecas no conocieron el globo de pan ni a los panaderos que de hace años que iban de puerta en puerta vendiendo su exquisito producto. Pues si hay algo que reconocer es que en nuestra península siempre se hizo y se hace pan del bueno.

El Globo.- Era un recipiente redondo hecho de hojalata o algo parecido; para destapar el enorme globo se contaba con una tapa del mismo metal que dejaba ver y desear decenas de rico pan de las panaderías más famosas, especialmente de Mérida, como El Centenario, La Mayuquita, la de doña Elena Vales, los Catalanes y otras que mi escasa memoria me impide recordar.

Pesaba el dichoso globo, sobre todo cuando se hallaba rebosante de su rica mercancía y provocaba la admiración de nuestros ciudadanos, especialmente de los niños, el observar con qué facilidad se lo colocaban los panaderos en la cabeza listos para su diaria rutina vespertina.

Nosotros, todavía entre la niñez y la adolescencia, haciendo ahora un esfuerzo de memoria, recordamos entre los repartidores más conocidos a un José, de El Centenario, que nos vendía el pan en la casa paterna y hablaba poco, temeroso de descubrir que ya se había echado sus buenos pistos en el camino. Lo suplió Nacho, con el físico de un actor Luis Aguilar, de amplio y negro bigote; de la Panificadora Yucateca procedía don Andrés , que en sus últimos días de distribuidor ya no empleaba la bicicleta ni tampoco iba a pie, sino que manejaba una camioneta para su trabajo.

Dentro del anecdotario panaderístico, nos viene a la memoria la ocasión en la que un panadero expuso su mercancía ante nuestras madres y el gobernador de entonces, que estaba de visita, alargó la mano y se hizo de un polvorón y comenzó a ingerirlo. Y antes de que el panadero le preguntara, sacó de su billetera treinta pesos (que era mucho dinero) y se los dio al panadero, quien quedó absolutamente sorprendido. -Oiga Sr. gobernador, ese polvorón solo cuesta un peso y Ud. le ha dado $30 al panadero. ¿Y cómo quedamos nosotras? -Bueno, señoras, -respondió el gobernante: lo que come el gobernador de Yucatán cuesta $30 la pieza de pan, y para que no se enojen conmigo -se dirigió al repartidor -cobra de esos treinta hasta el consumo de las señoras.

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