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Roldán insólito

Roldán Peniche Barrera

Con motivo de la justísima concesión de la Medalla Eligio Ancona 2022 al muy querido y admirado Roldán Peniche Barrera, me complace dar a la luz el texto leído en la presentación de su libro Crónica del asombro (Mérida, Área Maya, 2008) el 26 de noviembre de 2008 en el Centro Cultural ProHispen.

En la nota titulada “Mula que no parió una, sino cinco veces”, incluida en esta Crónica del asombro, Roldán Peniche Barrera relata el caso extraordinario de una mula yucateca que llegó a tener cinco vástagos, según la prolija noticia que ofrece sobre el particular José Fernando Ramírez, alto funcionario del imperio de Maximiliano que vino a Yucatán en 1865 con la emperatriz Carlota. Luego de citar in extenso al historiador para informarnos sobre lo que hizo para cerciorarse que la mula fuera realmente mula, Roldán comenta, con su humor característico: “Ahora bien, a estas alturas, no sabemos qué admirar más: si el que una mula pariera (no una sino cinco veces) o los trabajos que se tomó el Sr. Ministro de Relaciones y Presidente del Consejo del Imperio de Maximiliano para comprobar la veracidad de los chismes de la chusma.”

Algo parecido admirará a muchos del autor de esa y de centenares de otras notas –fichas las llama él– redactadas para su columna cotidiana del diario Por Esto! ¿Por qué un hombre de letras tan serio como Roldán Peniche Barrera se dedica a recorrer las páginas de los periódicos en busca de asesinos seriales, caníbales, suicidas y demás personalidades de la nota roja? ¿Por qué el autor de cuentos, poemas y ensayos notables se interesa por la casa de galletas más grande del mundo, una matanza de perros, los gustos musicales de algunos gobernadores o las veletas meridanas? ¿Por qué un hombre de su vasta cultura humanística recoge anuncios publicitarios, anécdotas de cantina y datos biográficos de animales ilustres y de personajes sin lustre?

¿Quién que no sea Roldán se ha tomado el trabajo de revisar la Historia del Teatro Peón Contreras de Cámara Zavala para confeccionar una “Pequeña historia de inusuales exhibiciones en el teatro ‘Peón Contreras’”? ¿Quién que no sea él ha peinado a Landa, a Cogolludo, a Eligio Ancona y a otros clásicos de la historia yucateca en busca de noticias “insólitas”? ¿Qué historiador ha fatigado los vetustos volúmenes de la Hemeroteca Pino Suárez para coleccionar menús de restaurantes, anuncios y notas curiosas de hace un siglo o más?

Asombra, sin duda, la aplicación del escritor a esas tareas en apariencia frívolas o intrascendentes. Reparemos, sin embargo, en que Roldán no está solo en la historia de las letras vernáculas: antes que él han cultivado géneros semejantes escritores tan serios como Eduardo Urzaiz Rodríguez, Alfredo Barrera Vásquez, Ermilo Abreu Gómez o Santiago Burgos Brito. Y, en nuestros días, Juan Francisco Peón Ancona ha reunido, para nuestro deleite, algunas Chucherías de la historia de Yucatán. Claro que Roldán aventaja a todos en la variedad de las chucherías que junta y en la cantidad que ha alcanzado a reunir. Con esa dichosa capacidad de asombro que conserva de sus años infantiles, lo mismo se fija en el hallazgo literario representado por la “Rosticería Chicken Itzá” que en la atroz historia del chiclero y la nauyaca que se mordieron uno al otro; lo mismo le llama la atención la coincidencia de Carlos Duarte Moreno y su hijo del mismo nombre en el programa de una obra teatral que la multiplicación de los lagartos en Río Lagartos. A estas alturas, sus notas insólitas, que comenzaron a aparecer hace ocho años, deben contarse por miles.

En esta Crónica del asombro, continuación del libro que lleva el nombre de su columna diaria, Roldán presenta 220 de los registros de su vasta colección. La variedad de los temas que abarca la pueden imaginar ustedes por algunos de sus títulos: “Mientras cantaba, le robaron a Pavarotti en Chichén Itzá”, “Nuestro Circo Teatro fue la única plaza de toros del mundo techada”, “Se le cayó la peluca en plena actuación”, “Los alquileres de casas en Progreso hace un siglo”, “Tenía 90 gatos. Hoy es dueño de 40 perros”, “Fallece aplastado por su carroza fúnebre”, “El viejo hábito de ahorcarse o ser ahorcado en Yucatán”, “Cuando las cantinas abrían a las cuatro de la mañana”, “Durante un tumulto metieron un toro en la iglesia de San Sebastián”, “La primera odontóloga yucateca”, “Alguna vez el reloj del municipio sonó como el Big Ben”, “Un yucateco estuvo en Marte a principios del siglo XX”, “Crónica del horror: un Hannibal Lecter meridano”, “Usa cinco nombres… pero ninguno es suyo”, “Cacería humana por un ladrón de pavos”…

Tan diversas como sus temas son las fuentes de estas fichas. La nota roja –o crónica negra como prefiere llamarla Roldán– contemporánea o de antaño es una de las más caudalosas: de ella espiga el autor tanto crímenes terribles (el desalmado que mató a diez personas en un solo día) como hechos curiosos o cómicos (el vecino de la Melitón Salazar al que han robado 16 veces). Otras fuentes hemerográficas de ayer y de hoy lo proveen de noticias curiosas y anuncios: El Fénix, El Siglo Diez y Nueve, La Revista de Mérida, El Eco del Comercio, entre los periódicos decimonónicos; Por Esto!, entre los de hoy. No menos provecho saca el autor de Landa, Stephens, Eligio Ancona, Justo Sierra O’Reilly, José Fernando Ramírez, madame LePlongeon, Felipe Pérez Alcalá, Abreu Gómez, Pacheco Cruz, el Chato Duarte, Francisco Cantón Rosado, Cámara Zavala, Ramón Beteta, Faulo Sánchez, entre muchos otros cronistas, viajeros o historiadores. Last but not least, su propia memoria, sus dotes de observador, sus muchos amigos y conocidos constituyen inagotables manantiales donde el cronista abreva con frecuencia y fruición.

Formalmente, las fichas roldanianas van desde la reproducción literal de notas o anuncios periodísticos sin comentarios o con apenas alguna apostilla hasta ensayos o relatos de regular extensión. Transcribo un ejemplo de las primeras, publicada bajo el título “Noticias curiosas del siglo XIX”:

Incienso a Satán

Hay ocasiones que con más o menos buena intención se incendian los montones de estiércol que hay in perpetuam detrás de las murallas de la Ciudadela de San Benito. Ese humo horrible es muy a propósito para ahuyentar a los zorros de los corrales; pero en lo demás no tiene emanaciones muy perfumosas que digamos.

(La Revista de Mérida, abril 23 de 1874).

Casi un ensayo es la “Pequeña historia de inusuales exhibiciones en el teatro ‘Peón Contreras’” y verdaderos cuentos son “Asesinos en serie: un hombre ejecuta a diez personas en 1932” y “Cuando los meridanos caían fulminados por el fluido eléctrico”, que recuerda al Ibargüengoitia de La ley de Herodes.

Empero, la mayor parte de las notas roldanianas presentan un acontecimiento presente o pasado, a menudo con citas de la fuente, seguido a veces de un breve comentario, que, cuando se trata de informaciones pretéritas, se refiere a la situación actual. Por ejemplo, después de transcribir los guisos que ofrece el hotel y restaurante La Meridana en diciembre de 1871, escribe “Como bien pueden observar los lectores, los menús navideños no han cambiado gran cosa, excepto por los precios…” Y, luego de contarnos que “A fines del siglo XIX los meridanos sólo confiaban en el reloj de la Catedral”, apunta: “Hoy únicamente suena el del Cabildo y a él hay que atenerse.”

No es el caso multiplicar los ejemplos, muchos de los cuales conocen ustedes por haberlos leído en la prensa. Me importa, sí, llamar su atención sobre otras características que hacen identificable –y altamente disfrutable– la prosa roldaniana. En primer término, su rico vocabulario, que combina palabras y expresiones castizas con términos usuales en la prosa periodística y con voces del dialecto yucateco del español, a menudo procedentes del habla de su generación. Es notable cómo su prosa se mimetiza con la de las notas periodísticas decimonónicas o con la de Abreu Gómez cuando transcribe y comenta sus Cosas de mi pueblo. Por eso tiene un sabor bien característico, algo arcaico. Algunas expresiones son típicas de Roldán: el uso de “usar” en sentido de ‘acostumbrar’ (“A todo esto estamos usados por aquí”, “Que [los chinos] usaban obsequiar a los meridanos con cosas de su tierra”), la forma “ubicar” en vez de “ubicarse” (“Este establecimiento ubicaba en el costado poniente de Santa Ana”), el verbo “devenir”, que seguramente, como “usar”, ha adquirido por su frecuentación de la lengua de Shakespeare; el uso de la preposición “por” para indicar una temporalidad (“Por 1972, observé…”). Igualmente merece destacarse su gusto por los latinajos (mutatis mutandis, velis nolis, sic transit gloria mundi) y por locuciones y voces en otras lenguas (whatever that means, bartender, affaire).

Falta tiempo aquí para hacer un análisis del estilo de Roldán. Solo quisiera referirme a un hecho que tiene que ver con ese regusto que dejan sus notas (y que en muchos, muchísimos de sus lectores ha provocado adicción). Una parte del encanto de su Yucatán insólito deriva de la perspectiva desde la cual recrea y comenta los hechos. Con frecuencia, Roldán mira los acontecimientos ­–desde el más sangriento hasta el más frívolo– a tráves del cristal de su amplia cultura. Así, los desconocidos que dejaron en el cementerio general “una copa, al parecer de bronce, con una moneda de 50 centavos en su interior; junto a ella un pedazo de papel con la leyenda “Prgun Elivoco’; también un objeto con la figura de un gallo, al parecer de bronce y una vasija con sangre seca en su interior” son, para Roldán, “miembros de alguna cofradía demoníaca consagrada al culto de Moloch o de Satanás” y “extraños apóstatas, seguramente lectores asiduos de Excalibur, el libro que hace perder la razón a los hombres”, en tanto que los historias de los sepultureros meridanos le recuerdan  “aquella famosa escena del cementerio que hemos leído en Hamlet”. Para el autor, la “tenebrosa ‘Defensa Revolucionaria’” yucateca de los años treinta es “una Gestapo vernácula” y Guty Cárdenas compuso Nunca en el café Louvre “un poco a la manera de Schubert con sus lieder compuestos sobre servilletas de papel en los cafés de Viena”…

No multiplicaré los ejemplos para no cansarlos. Quisiera terminar con la nota que un imaginario continuador de Roldán Peniche Barrera le dedicaría en una prolongación de su Yucatán insólito:

Un escritor dedicó 30 años de su vida a recrear hechos asombrosos. Reunió más de 25 mil fichas

Roldán Peniche Barrera, polígrafo yucateco de fines del siglo XX y principios del XXI recopiló miles de acontecimientos asombrosos, que publicaba diariamente en el periódico Por Esto! Fue tal su éxito, que el adjetivo “roldaniano” pasó al léxico popular como sinónimo de inusitado o extraordinario.

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