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Mimí Derba: Tres Partes de Afrodita (II)

1915

Mimí Derba con ramo de flores. Colección CIF, Archivo General de la Nación.

 El hambre asola la ciudad de México, Mimí sigue su temporada de zarzuelas en el Principal, ahora junto a Consuelo Vivanco y Laura Marín madre de la actriz Gloria Marín.

 Armando de Maria y Campos reproduce en su libro sobre el género chico en la revolución mexicana una anécdota que le contara el periodista y escritor Francisco Ramírez Plancarte y que pinta perfectamente esos días de hambre, por estar la ciudad de México, «sitiada» por las diferentes fuerzas revolucionarias.

 «Por estos días, presencié el siguiente sucedido en el Teatro Lírico: entre los ramos de flores obsequiados a una tiple que se beneficiaba, había un envoltorio que, por su peso y tamaño, llamó mucho la atención a la aludida, la que no pudiendo resistir la curiosidad de cerciorarse de lo que era, desenvolviólo incontinente a la vista del público, encontrándose con agradabilísima sorpresa de que el envoltorio en cuestión, era nada menos que un apetitoso «bolillo» o pan francés, casi del tamaño de un metro, cuya presencia inmediatamente nos avivó las hambres atrasadas, haciéndosenos «agua la boca». Inútil es decir que la tiplecita, abandonando los bouquets que sus admiradores le obsequiaran, corrió loca de contento a su camerino abrazando tan buen regalo.»

 Mimí estrena una obra escrita por ella: Al César…, en el teatro Juan Ruiz de Alarcón.

1916

 Estrena El barrio latino de Javier Burgos y Linares Becerra con música del maestro Miguel Asensi, y causa escándalo al salir ante el público con un mallón color carne cubriendo su escultural cuerpo.

 Este fue el año en que Alfonso Camín le escribiera el famoso poema que dice:

               Mimí Derba, Mimí Derba,

               con tres partes de Afrodita

               y otra parte de Minerva.

 Ese año, 1916, representando «la zarzuela española La alegría del batallón, haciendo Mimí la Dolores, que estaba gitana por los cuatro costados, y el soldado enamorado, Rafael, el yucateco Rodolfo Navarrete, que con el ross puesto ni peninsular parecía. (…)

 Un chavea, enamorado de la gitanilla, ha desertado de su regimiento, robando a la virgen del lugar una valiosa joya; como en la España de Alfonso XII se castigaba con rigor el robo sacrílego, el soldado enamorado es conducido a la cárcel. Sabedora la Dolorcillas de que su recluta enamorado se encontraba entre las rejas por su culpa, con los pies descalzos, sufriendo hambre y sed, va a verlo a la cárcel. Logra llegar tras la reja que priva de libertad a su Rafael, y a grandes voces, logra atraer al hombre por quien suspira. Pero anda cerca un centinela – que era el gran actor cómico Carlos Pardavé -, cabo de guardia encargado de hacer cumplir la consigna de que ninguna persona se acercara al sentenciado, y marca el alto a la gitanilla; la que sin querer escucharlo logra al fin hablar con su Rafael. Toda la escena es un dúo musical entre la tiple y el tenor, en la que el centinela hace de trágico a lo Borrás. Una noche de agosto, después del «bis» reglamentario, la escena alcanzó un realismo singular: Mimí la gitana enamorada, aferrada a la ventana, segura de que no había nada en el mundo que la separa de su Rafael, ladrón sacrílego por su amor; éste, ciñendo al través de la reja de utilería el cuerpo de su amada, y el centinela, que con palpable crueldad hacía Pardavé, dispuesto a obrar con energía y a alejar de aquel lugar a la gitana que así estaba comprometiendo su hoja de servicios.

-Vete, gitana, que disparo…- decía Carlos Pardavé en tono patético.

 Entonces el público que llenaba el teatro, presenció lo inesperado. Un soldado zapatista que muy orondo ocupaba una de las lunetas de preferencia, se levantó como impulsado por una fuerza desconocida, encañonó amenazante su arma y apuntando a Pardavé, le dice:

-Ora, vale, o los deja quererse o lo quebro.

Anuncio de teatro de Mimí Derba.

 ­La que se armó en el teatro…El primero en hacer «mutis» por la «primera» que tenía a mano fue Pardavé; Navarrete, rompiendo el «fondo» que simulaba la pared de la cárcel no paró hasta el camerino, mientras que Mimí, presa de convulsiones, caía desmayada a merced de lo que allí pudo haber acontecido. Se encendieron las luces; Miguel Wimer ordenó bajar el telón; el maestro Rosado, de espaldas al atril, permanecía sin saber qué partido tomar. El soldado zapatista fue reprendido por alguno de sus superiores que se encontraba en una platea:

-Esto es solamente de » mentiras» – le decía nervioso y enérgico un oficial de sombrero tejano de fieltro y pecho cruzado por cananas.

 No había forma de convencer a aquel exaltado, que rodeado de público y oficiales, no cesaba de decir:

-Todo lo que queran, ¡pero los deja quererse o lo quebro!

 El representante, Pepe Junco, sonriente y astuto, llevó al foro  al porfiado zapatista. Y en el escenario, a telón corrido, Mimí y Navarrete se vieron en la necesidad de improvisar, fingiendo idilio, para calmar los nervios de aquel soldado del pueblo, que tan a lo humano había tomado la escena central de La alegría del batallón.

-Así, sí – decía -; pos entonces, ¿ pa qué peleamos?.

 Restablecida la calma, la representación continuó, pero – ¡por si las dudas! – salvando la escena de la reja.

 La empresa ordenó al representante Junco que aumentara el sueldo a Mimí, a Navarrete y a Pardavé. «4

 En este 1916, Mimí participa en uno de los primeros movimientos sindicalistas de actores, donde fungió como secretaria del interior. Por esta actividad política, dejó de ser contratada por los empresarios, teniéndose que retirar de los escenarios por un tiempo.

 En 1920 una amiga íntima le preguntó que hubiera deseado ser en lugar de artista. Mimí contestó:

“-De haber nacido hombre me hubiera gustado ser detective o político; pero político de altura, no policastro como se estila hoy.”

Fernando Muñoz Castillo

Escritor, hacedor de libros objeto, dramaturgo y director de teatro. investigador e historiador de teatro y cine. curador y museógrafo. periodista cultural. ha publicado varios libros.

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