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La humildad de un ángel

Muy temprano por las mañanas acostumbro acudir en autobús a diversos parques de la ciudad mayormente del centro, ahí plácidamente disfruto de esas alegras mañanitas meridanas y el rápido transitar, las prisas de la gente a sus respectivos centros laborales, las niñas y los niños pequeños tomados de las manos de sus madres, el tesoro mas grande que tenemos, caminan presurosos a la escuela. Me gusta también observar el andar caminando y haciendo volar a las palomas que se encuentran a su paso varias jovencitas de secundaria mirando como se inclinan respetuosas a su paso las palmeras haciendo honor ante sus quince primaveras mismas a las que se les esta floreciendo la sexualidad.

Cierto día sentado plácidamente en el parque de la madre hermoso y soñador lugar bajo los mañaneros y suaves rayos del sol, comenzaron a llegar ala iglesia del Jesús (tercera orden) elegantes coches de los que descendieron bellísimas niñas de entre los nueve y diez años de edad. Todas ellas con divinos trajes blancos bordados algunos a mano. Que resaltaban inocente belleza, este grupo de chicas irradiaban una total felicidad. Iban a recibir su primera comunión. Para un creyente se supone el día mas feliz de su vida. Tantos sus madres como madrinas iban insultantemente bien vestidos con alegría contagiosas. Por mi mente paso algo extraño. Ya que yo hice mi primera comunión en esa misma iglesia en grupo cuando estaba en primer año de primaria. Es decir, un niñito. Recuerdo que nos dieron un breve cursillo de doctrina y mi madrina fue una alumna de secundaria (una chavita ,de la que no recuerdo ni su nombre). Aquel acontecimiento del que fui observador me lleno de felicidad, me contagio de placidez verlos a todos tan contentos ahí desde mi banca del parque, donde observe la salida, los abrazos, las fotos y por su puesto se distinguía a kilómetros a los papas y el gran clímax cuando se escuchan caer las monedas en el suelo, es decir el conocido “bolo”.  Parecería que yo recibí al santísimo. Me sentí purificado y como últimamente me he convertido en un “chechón” se me salieron unas lagrimas.

Al día siguiente, en el mismo sitio y a la misma hora mire llegar caminando a la iglesia a una pequeña acompañada de papá, mamá, padrino y madrina. No había que ser un sabio para darse cuenta de que se trataba muy pero muy humilde. Esa que los nuevos ricos no quisieran ver. De evidentes rasgos autóctonos con su vestidito de primera comunión confesionado puntada por puntada seguramente por su propia madre. Hecho con una tela la mas barata y con sus pequeños adornos, lentejuelas y perlitas de fantasía, ah pero eso sí, pero era un vestido tan pero tan blanco y hermoso que deslumbraba,  y la pequeña se veía como un ángel caído del cielo. Todo lo contrario al tumulto del día anterior. Esta niña se encontraba solamente con sus seres mas cercanos y queridos. Era la viva imagen de la mas perfecta y bella inocencia. Esta familia de marginados que vivían en el sur profundo de Mérida, ese que no existe para los ricos, nuevos ricos, en especial estos últimos, los “poch” burgueses. Penetraron a la iglesia hinchados de emoción en especial la pequeñita, un ángel con su vestidito hecho en casa en comparación a las otras que usaban vestidos de marca, pero con mucha dignidad.

Me imagine el momento en yo recibí el santísimo sacramento en manos del sacerdote, en una iglesia casi vacía a excepción de su familia. Al salir la niña parecía un arcoíris, su tez morena irradiaba una paz que ninguna de las otras pequeñas había yo notados. Ahí en el parque de la madre con un celular, su papá le tomaba una foto. Mientras que el dia anterior había una nube de fotógrafos. Antes de cada toma, su mama le arreglaba el vestido y el pelo. Vi en aquel acto tan sencillo y humilde algo que me conmovió hasta el fondo de mi corazón. Correteaba con su perfecto traje de primera comunión mientras reía, lo mismo que sus padres, y a mi esa alegría se me transmitió. Pero comprobé una vez mas la terrible desigualdad que existe en México. De la comodidad que me transmitió esta humilde y desconocida para mi. Sentí una especie de opresión en el pecho que no se por que!, me conmovía tanta felicidad en el extremo de la sencillez. Y me inflame también de la devoción de la pequeña en el día mas importante de su vida como católica… como es de suponer, el chechón volvió a derramar lagrimas  de alegría  y de haber dejado que mi generación no pudimos cambiar las cosas.

Pd: los camioneros son groseros y prepotentes. Culpa de Amlo.

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