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La especie humana (3)

Vivir comprendiendo cada día un poco más sobre la especie,  hará mucho más viable una civilización completa y seremos en verdad dignos de llamarnos doblemente sapiens

MJ

No es fácil para la propia especie humana comprender del todo quienes somos. La tarea de civilizar no está completa porque no se refiere a superación tecnológica, es más bien profundización en convivencia plena. Mucho menos fácil es entender la cadena de acciones  de cómo hemos evolucionado. Hay un espacio aun sin cubrir en el ámbito de la comprensión que se ha ido desvaneciendo en sus interrogantes más necesarias  y que no permite que la civilización realmente tome un desarrollo digno de la especie. Estar civilizados  implica que los avances no ofusquen la conciencia.

Cuando decimos que pertenecemos a la familia de los homínidos a muchos de nosotros  no nos cuadra del todo, peor aún si nos vamos más atrás en el devenir biológico y nos situamos como primates. Así es, somos primates que han evolucionado dentro de la línea familiar de los homínidos que se compone de cuatro géneros y ocho especies vivientes y una de estas es la de los humanos. Nos desarrollamos muy diferentes a las demás, mas no podemos dejar de lado todo lo que compartimos.

Cada época de nuestra evolución aportó y puede aportar aún, la evolución no ha terminado porque es un proceso constante. Los yacimientos de los huesos de nuestros antepasados son pocos en proporción a lo que podrían aportar, es por ello que son muy valiosos, y porque aparecen un tanto esporádicamente. Los yacimientos más interesantes que se estudian hoy día se encuentran en España. Cerca de la ciudad de Burgos es en donde se encuentra un lugar conocido como Atapuerca que alberga un cumulo de huesos que han dado mucho aporte.

Es un hecho que la vida se compone de retos asumidos y trabajados, porque no solo es asumir y proponer, todo requiere un esfuerzo especial que a veces no estamos dispuestos a desarrollar, peor aún en estos días que vivimos en la cultura de la rapidez. Pasar a la fase de apreciar y así ir sobre seguro con las mejores motivaciones para transformar, es lo que vendría bien proponernos.

No se puede chiflar y comer pinole, diría mi madre. Yo creo que si vamos a chiflar, habremos de estar bien alimentados, y saber que aunque las cosas que marcan diferencias no se hacen a la vez, si podemos tener claro cómo vamos a sugerir el devenir concatenado de actos creativos. Llega el tiempo de comprender las  actividades y su dinámica. Un individuo que a diario pasa chiflando por la puerta de mi casa, me hace detenerme en lo que esté yo haciendo y escucharle, chifla y camina y tiene un repertorio enorme, cada melodía que escoge es totalmente identificable porque da las tonalidades  muy claras, un verdadero deleite me imagino para él mismo, como lo es para los que tenemos la suerte de disfrutar unos minutos. Si queremos ser verdaderos humanos, tendremos que esforzarnos. Mi madre me decía esa frase del pinole, cuando me veía más agobiada que otros días y quería a su manera echarme  una mano para que yo le bajara al ritmo a las actividades, ella nunca quiso que hiciéramos demasiado, venia de un grupo humano que había tenido todo más fácil que el común de los mortales y prefería que todo fluyese sin poner tanto esfuerzo. No pasa nada con los modos de pensar diferentes aunque pertenezcan a nuestros progenitores, hay que aclarar por donde es que nacen las ideas. Así es, observando es cómo descubrimos lo que realmente importa y soltamos lo que se nos da como inmutable. Tener más cuidado de todo lo que se nos adhiere por inercia. En lo personal creo en la cultura del esfuerzo, aunque no sea la más apreciada.   

A ratos parecía que le quería yo pedir a la existencia algo así como: suéltame, déjame fluir como fluye el río sin el temor de lo que se va sin retorno y aunque el agua baja de la montaña muy natural y podemos asumir que ya supo de su grandeza de haber nacido, es cuando le toca correr por el valle y dar la posibilidad de ser alimento de vida. 

A ratos, con el cansancio normal a cuestas me sentía como un hilo seco tendido al sol. Una hebra de vida que de pronto podría perder su color y su razón de ser, mas a la vuelta de la esquina de pronto sentía que esforzarme llevaba un claro sentido. Al final del día y otras  tantas veces en el silencio de la casa cuando todos se habían ido a sus tareas yo me sentaba a escribir. Padecía tremendas migrañas de índole hormonal y me daba un remanso el encontrarme frente a mi libreta de vivencias. Tuve maravillosos paliativos alopáticos, mas nunca me dijeron que esos dolores se curasen, escuche claramente que pasarían con los años y así sucedió. Mis hijos me vieron muchas  veces con una pañoleta amarrada al cráneo y les decía que era en honor a Morelos, el héroe mexicano que seguro padecía migraña, no tengo la menor duda.

Nuestra esencia pluridimensional, sin percibirlo del todo nos da las fuerzas para continuar. Como ramas de los árboles esperan atentas las visitas de los más diversos pájaros, los días de nuestro devenir están presentes para dar sus frutos.

La naturaleza es grandiosa. Solo con imaginar la tundra por donde caminaron nuestros antepasados me produce una fascinación indescriptible. Recomiendo mucho un libro (que al final de estos textos mencionaré) en el que gracias a la habilidad artística de un par de hermanos holandeses ha sido interpretada desde la pradera hasta sus habitantes, dibujos muy artisticos para su divulgación.

 Cuando acompañé a mi padre a sus aventuras de caza por el norte de la península yucateca, ni por asomo imaginaba que el vibrar de la ciénaga permanecería para siempre en mí, recordar eso  me sube la energía y me devuelve la fuerza, y a pesar de los sentimientos encontrados (porque la caza ya es una actividad que debe regularse mucho) he de aceptar que me tocaron como parte de mi quehacer como hija y fueron muy gratificantes, era un gran momento de compartir y de aprender. La chalana en la que entrabamos al monte raspaba con su fondo esos recintos bajos y llenos de vida y por momentos al levantar la vista de madrugada me enseñaron a gozar de las constelaciones celestiales, nunca tire ni un pato, mas acompañe muchas horas esperando las parvadas para tirar y luego llevar a casa para que mi madre condujera los guisos a la perfección. Siempre lo vi como un gozo ya que todos esos seres con los que compartí fueron excelentes personas y no creo que mataron por matar, aunque visto de fuera así pueda percibirse. Al volver a las casitas de paja que eran nuestro cobijo  se tiraba al blanco con botellas vacías. No nos puede quedar más claro que cazar ha sido parte del homo sapiens. Cuando vivimos en la ciudad de México íbamos muchos domingos a tirar al plato, un deporte muy interesante,  un platillo  no mayor a los veinte centímetros  sale volando desde una torreta diseñada para eso mismo, de un material parecido al barro, lleva bastante velocidad y hay que dispararle con mucha puntería. Iba con nosotros un amigo entrañable y muy querido con quien disfrute de momentos únicos. Yo tenía mi propia escopeta adecuada a mi edad.

Los avistamientos de zorros colorados cruzando por el campo de mis entornos antes de que se poblaran, eran un gozo muy especial, alguien gritaba, ¡la zorrita! y todos salimos algunas veces ya tarde, tan solo para ver un pedazo de cola colorada casi volar hacia los matorrales. Hoy día los murmullos de las palomas al amanecer me pueden dar los mejores respiros de profunda satisfacción. Ya no amanezco con migraña desde que los humores relativos a la edad cambiaron en mi ser físico, aunque si tengo que cuidarme de algunos asuntos para que no me duela la cabeza. En verdad que no es lo mismo el dolor producido por las hormonas alteradas y los ciclos de nuestro género femenino, a los dolores de cabeza comunes. 

Las enramadas producen los sonidos y los esparcen  con serenos movimientos. Me gusta mucho la vida austera y callada de los árboles. El modo en que cobijan a las florecitas del campo que suelen crecer cerca de sus troncos me puede enternecer el alma. Envidio a los insectos que pueden volar o acercarse a esas partes escondidas y llenas de vida. Esas pequeñas flores silvestres que se entercan en salir airosas de entre la parte rota del asfalto o del resquicio de una pared, son asombrosamente peculiares y solo nos hablan de que la vida a fin de cuentas es persistente. Siempre me ha gustado diseñar tarjetas a mano para dar a los seres queridos, y hoy día lo estoy retomando para que otros las adquieran y voy comenzando la primera serie: Flores del campo yucateco.

De pronto sin que ni para que el olor a tierra mojada lo invade todo, la lluvia llega para darnos un porqué de seguir adelante. Pienso en las caminatas eternas de los grupos de nuestros ancestros que avanzaron kilómetros a pie en las peores condiciones. Me emociono. 

La vida late en cada una de nuestras células. No podemos dejar de apreciar que en ellas va toda la información de la vida, y en ellas asimismo, se gesta el deterioro para que nos vayamos a su debido tiempo.

Por estas épocas que releo, viví la experiencia de ver desde la perspectiva de Van Gogh. Leí su biografía y pude sentir la felicidad de que ya se hayan superado los asuntos mal entendidos de las enfermedades mentales, en particular los de la bipolaridad que llevaba (y aun lleva) a suicidios innecesarios de personas llenas de sensibilidad e incomprendidas. Ha sido lento el aprender lo necesario y aún falta mucho.

A ratos, lo obtuso de algunos de mis congéneres  me causa angustia. Esa terquedad de creernos únicos e insuperables  viviendo como si nos mereciéramos todo solo porque sí. Que la reflexión que elijamos nos permita pensar sin confusión al mismo ritmo en que avanzamos.

Pensar…sin confusión, diariamente.

Amar… a los semejantes, sinceramente.

Obrar… por honestos motivos, puramente.

Confiar en Dios y en los Cielos firmemente. Henry Van D. El teólogo Lepp afirmó: A Dios le han sacado del mundo. Continuará.

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