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La desgracia de los administradores de nuestra cultura

Desde 1963, cuando doy mis primeros golpes de danza folclórica en la Escuela Federal No 1, hoy llamada Santiago Burgos Brito, en homenaje a quien fuera maestro de literatura en ese centro escolar, ya nunca volví a salir de los espacios de danza, de arte y los teatrales. (Por cierto, en esa escuela coincidí con Tomás Mendiburu, Rolando Bello Zapata y Víctor Martínez de Arredondo, hijo homónimo del exalcalde meridano). Desde ese tiempo, nunca quise hacer otra cosa que no fuera lo artístico. Esto significa que nunca hice trabajos oficinescos, u otros diferentes a la creatividad.

En Bellas Artes estuve la época de don Enrique Gottdiener hasta la de Leopoldo Tomassi, y en el ICEY, ICY, y SEDECULTA, desde Janitzio Duran hasta Erica Cámara Millet, quien me quitó mi plaza sin justificación, y con la explicación de “es que no sabemos qué hace”, revelando estas palabras una ignorancia superlativa, pues en todo circulo de gente inteligente y conocedora de la cultura de la entidad, tanto mi nombre como mi trabajo es conocido hasta por los cronistas y pobladores del interior del estado.

He dicho que desde aquellos años sesenta del siglo XX, nunca volví a salir de los espacios de danza, arte y teatrales. Absolutamente real. Fui público del teatro universitario de Luis Armando Trejo Cardoz, el de Eric Renato Aguilar, el de Francisco Marín, de Tomás Ceballos, Héctor Herrera Cholo, María Alicia Martínez Medrano, de Enrique Cascante, de Enrique Martínez, el del joven rebelde Jorge Esma Bazán, el de Luis Pérez Sabido, y hoy, obviamente, el de juan Ramón Góngora, Silvia Kater, Raquel Araujo Madera y el teatro regional con todos sus exponente y variantes. En el caso de la música, fui testigo presencial de la aparición de las Serenatas de Santa Lucía, de las orquestas sinfónicas de Yucatán, de las actividades de las Artes Plásticas, la danza, la literatura y el periodismo. Esa fue mi decisión desde adolescente: nada que no fuera arte y cultura, aunque me muriera de hambre.

De toda la cauda de funcionarios de cultura, que me ha tocado ver sentados en las oficinas culturales (¿?), puedo asegurar que ninguno de ellos ha sido espectador de todas las actividades artísticas y culturales de la ciudad y el interior del estado. No lo fueron en su momento de funcionarios de cultura ni menos con anterioridad a su responsabilidad cultural. Alguna vez fueron a presenciar los eventos de sus cuates. (Por ejemplo, Jorge Esma, fue a ver Los Tirantes, dirigida por Marta Luna, quien triunfaba en ciudad de México, y obviamente, acudían cuando era director de una obra). Alguno de esos directores de cultura, llegaban a ir a funciones teatrales, porque les llevaban los boletos de “Invitado Especial”, a las puertas de su casa. En esamisma vertiente, es imposible imaginar que sacaran un billete de su cartera para comprar un boleto y ver una función de artistas locales. Por mi parte, hasta hoy, compro boletos para ver lo que ocurre con los ciudadanos artísticos. Eso me ha permitido testificar que las directoras de danza contemporáneas no asisten a funciones relacionadas a su actividad laboral. Con los teatreros sucede los mismo. Sin embargo, los artistas plásticos. los literatos, y en cierta medida, los sinfonistas son público de actividades de sus congéneres. De la mala costumbre de no ser espectador de actividades no propias, me ha surgido la pregunta de “cómo se pueden quejar de la falta de público en sus eventos, si ellos mismos no son público consumidor de arte”.

Los directores de la cultura estatal y municipal, los de antaño y los vigentes, no han sido ni son público de las artes yucatanenses. (Hasta ahorita, Loreto Villanueva, ha resultado la excepción). Esto los pone en una situación de ignorancia que les hace ver lo que viene de afuera como algo realmente importante, sin serlo, porque aquí hay capacidad creativa a la que no se le permite desarrollarse con el argumento de “no tenemos presupuesto”, lo cual nunca ha sido cierto. Todas las instituciones que tienen departamentos de cultura, si se trata de traer a Margo, Elenita, Hernán, Arturo y una pléyade de escritores fuereños, tienen presupuesto para todo capricho intelectual. Una gastadera de dinero fue aquella cosa de ¿Cómo hacer que los jóvenes se alejen de las drogas? ¿Se tenía qué traer a gente de Colombia para saber qué hacer? Pero, ¿después de tener a los colombianos versados en el arte contra las drogas, algo de lo expuesto por ellos, se ha llevado a cabo en la entidad? ¿Y, cómo hacerlo, a que grupo de drogadictos delincuentes dirigir esas experiencias? Como dice la canción “Se olvidaban que…”, Mérida no es Colombia. ¿Entonces, cual es la onda?

En síntesis, hasta hoy, no hay presupuesto para los artistas locales, pero hay suficiente dinero para gastarse con artistas extranjeros. ¿Cuál es el beneficio social de estas actividades que presencian solamente una veintena de diletantes? ¿Algo que ver con el costo-beneficio?

Revisemos las actividades que han realizado un grupo de cubanos en estos días. Me gustaría ver una foto panorámica que dé fe de un nutrido grupo de espectadores y no fotos tomadas encima de las cabezas de algunos asistentes, para hacer parecer un nutrido público.

Las becas, los concursos de proyectos culturales y sus emolumentos, son como el antiguo maiceo que se tiraba a los artistas. Nada sólido para el desarrollo. Billetiza para el rato.

A ver, ¿Rusia manda a buscar a un pedagogo para que le diga a los suyos cómo hacer y qué hacer con el ballet, la composición musical, la interpretación pianística, el teatro o la ópera? ¿Lo hace Cuba?

Estados Unidos, no invita a gentes de primer nivel en cualquier orden, a impartir conocimientos a sus ciudadanos artísticos, los compra, gasta en ellos y por eso es la potencia cultural que es en cine, teatro, danza, pintura, ópera, literatura y el campo del saber humano que se quiera. Nuestros cultos directores de cultura, se olvidan que una golondrina no hace verano.

No se puede querer lo que no se conoce. El desconocimiento del arte interno por parte de quienes resultan premiados con un puesto para administrar nuestra cultura, ha sido el factor único que ha imposibilitado el desarrollo de todo el arte en la entidad, desde la tardía llegada de la imprenta a Mérida, hasta 2022, tiempo de las Benditas Redes Sociales”.

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