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En Mérida estreno mundial de sutil aplomo de Jaime Camarena

Los artistas visitantes de la metrópoli, quiérase o no, traen en la mente noticias de otro tintero; también, ideas extraídas de experiencias imposibles de existir en la provincia, porque las cotidianeidades son radicalmente distintas en todas sus vertientes, incluyendo, por supuesto, de manera definitiva, los factores humanos con su complejidad plena.

Toda esa gama de noticias y experiencias; todo ese factor humano escrito en la sintaxis corporal, -en la que el cuerpo resulta ser como hoja de papel en blanco-, nos es difícil de leer -de manera regular-, en la provincia, por la escasez de estos eventos.

Jaime Camarena es un coreógrafo impregnado esencias variadas, como los perfumes de firma, que van de los aromas de las flores de la selva, a las cortezas de los árboles de un bosque, o del aroma de todo ello que flota en el espacio. Y, entonces, él pasa por todas las líneas del tiempo y las consecuentes costumbres del hombre, rudimentarias y constelares, para testimoniar, ¡y, por qué no!, para justificar todo lo que se pueda decir de él y su obra. Hay que revisar algunos de los títulos para entendernos mejor: “En tiempo de las Orejas Largas”, “Sobre los techos de la Luna”, “El fuego en el País de las Nubes”, “Memoria de Pez Rojo”, “Código Bolero”, “llorar sin prisa…hasta olvidar el llanto”, o “Cuacoyotol”. La subversión de las criadas. No hay duda. Su talento, curiosidad y acuciosidad lo abarcan todo. Pero, ¿cuánto de todo ese caudal creativo, es conocido por nosotros los cautivos y esclavos voluntarios en la provincia? Definitivamente, no toda la población dancística conoce a plenitud su trabajo. Y debería de hacerlo, porque entonces sabrían cómo son los tejados de la luna.

He tenido la fortuna de ir al encuentro de varias de las obras de Camarena. He viajado a Campeche para disfrutar, en un teatro Toro, lleno en su totalidad, su Código Bolero, que recibió una prolongada ovación con el público puesto de pie.

Aquí, en la Mérida de las antiguas jaranas y la retacería de la vieja trova, había disfrutado de algunas de sus coreografías. Ahora, años después de Campeche, he vuelto a gozar un trabajo de Camarena. Fue el sábado 3 de agosto del año que nos ocurre, en el Armando Manzanero, gracias a una invitación que le hicieran Mayvel Miranda y Ailet Perches, directores del Ballet Moderno Yucatán.

Ese sábado, al mirar el estreno mundial de la obra Sutil Aplomo, lo hice como desde una butaca del Palacio de Bellas Artes, en Ciudad México. Ese momento coreográfico, fue equiparable a salir de Mérida y vivir en otro espacio y colocar los pasillos de la mente en el marco de una geografía distante.

Para las acciones humanas de esta obra, Jaime utiliza el todo escénico. El lúdico onirismo, y lo rudimentario y superlativo de la cognición científica, son herramientas manejadas con habilidad, así como un péndulo, bajo una obsesiva luz central de color natural, y las varas de iluminación (siempre ocultas), son expuestas casi al nivel de la testa de los bailarines y una música penetrante se nos ubica en la medula ósea. Música y lenguaje corporal son un solo trazo, una expresión común. Esto significa que el coreógrafo trabaja la composición musical, no como acompañamiento de la danza o de su idea, sino como fusión de música y movimiento, para conseguir plasmar la idea coreográfica, sin traiciones, sin divertimentos o bifurcaciones aleatorias. Para aproximarnos a una precisión laboral, él, trabaja con conocimiento de causa.

Desde mi butaca, me preguntaba por qué no tenemos más de estos eventos que enriquecen nuestro espíritu y nos comprueban que la composición coreográfica en provincia, es eso, composición provinciana, fraguada de limitaciones, lugares comunes y dicha oralmente y escrituralmente, con grandes pretensiones.

¿Por qué no tenemos un circuito dancístico, en el cual cada mes se presente una compañía de danza contemporánea de la capital del país? A ver si así, algún día, un funcionario de cultura se sienta en una butaca de un teatro meridano para conocer lo qué es la danza contemporánea y deja de organizar eventos de apapacho para las amiguitas fuereñas, que por cierto nunca asisten a ver un evento de su propio genero laboral. 

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