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Noctambulerias

                                                           a Carlos Lores Hurtado

Si de pronto alguien a tu lado dijera que es primavera de las bolsas del abrigo hiciera surgir flores y verdes, agua y trinos, olas y mieles, plumajes de pájaros mil y sonrisas bañadas de oro, de ese oro que poseen las tardes de mayo, reirías y dando un brusco movimiento te transformarías en mago caldeo y abofeteándolo con tu risa, lo dejarías con un palmo de narices para ir hacia el crujir de la hoja, hacia el tono siena de un bostezo andariego, hacia el último signo que le falta al zodíaco terrestre y así retornar a tu reloj de treinta soles y treinta lunas, donde es posible vivir lujosamente dentro de un diminuto coral italiano.

 Pero ante el inminente pas de catre de la noche, optas por dibujar filigranas que habrán de adornar al final del baile, la oreja de una gitana de moradas ojeras y labios salpicados de frescas hojas de menta y albahaca, y que tú lamerás sibarítico ante los impertinentes tacones de las bailadoras de flamenco que rodean a Carmen Amaya.

 Alguien recita Soledad Montoya sin percatarse de que con la luna hacen anillos y collares blancos los gitanos.

 Preciosa se pone el polizón de nardos para volar como mota ingrávida sobre las piernas del aire, del aire que ríe erotizado y satisfecho.

 El advenimiento del alba se reporta inminente. Se anuncia por telegramas en el horizonte.

 Huyen las fantasías enroscadas con los sueños, sobreviene la vigilia revestida de plomo y piedras relucientes para acurrucarse entre tus manos pequeñas, de niño pequeño, de soñador, hilvanador de deseos, tapicero de ilusiones medievales, mágico, mágico, irresistiblemente alucinante: numínico.

 Se rinde al fin el sueño.

 La luz abarca poco a poco, como un abanico que se abre lentamente, tu cuerpo que en posición voluptuosa siente escapar furtivo un beso, que brinca precipitado y huye por la ventana como un alux ante el temor de ser descubierto por ojos profanos.

 En la estela de su huída sin querer perdió un suspiro, que ingrávido, flotará por tu alcoba durante el día.

 Sin darte cuenta te lo apropiarás, lo fundirás a tus piernas -gacelas enamoradas-, y así, sin saberlo, andarás por el mundo, entre el mundo, con el mundo, con esa lucidez demoníaca y angelical que brota, emana, fluye de la vigilia.

México Tenochtitlan 23 de sept de 1983

Fernando Muñoz Castillo

Escritor, hacedor de libros objeto, dramaturgo y director de teatro. investigador e historiador de teatro y cine. curador y museógrafo. periodista cultural. ha publicado varios libros.

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