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Sala de espera

Las cosas que se ven cuando no se tiene un libro a la mano en una sala de espera. Hace poco llevé a la señora que me ayuda en casa, a practicarse unos estudios en el Hospital El Faro. Mientras ella permanecía en los gabinetes, me di cuenta que iba a disponer más tiempo del que pensaba, ahí nomás sentadita.

La dama de cierta edad que estaba a una silla de distancia, respetando el protocolo, estaba escuchando en alto volumen, un tema sorpresivo. Una voz tipluda decía: “para acomodar en consonancia el macho y la hembra, debe tenerse cuidado. Se coloca primero la hembra, luego se toma medida y encima se coloca el macho. Debe encajar perfectamente el bastoncito en el huequito, porque si no, puede quedar arrugado”. Dos o tres personas volteamos a ver a la dama, quien permanecía clavada en el video de su teléfono. A continuación, concluyó la desagradable voz: “sólo así quedan perfectamente cosidos los broches de una blusa”.

Comencé a mirar alrededor, mientras entre las filas de las bancas pasaban personas sin dar los buenos días, decir con permiso o saludar con una inclinación de cabeza, demostrando falta de buenas costumbres, pese a los zapatos y bolsas de marcas finas. Para no aburrirme, decidí iniciar una estadística de quienes iban desfilando hacia los escritorios de recepción de documentos y caja de pago:

-Tres hombres jóvenes con los brazos totalmente tatuados con figuras horripilantes.

-Un adolescente, tatuado de rodilla a tobillo con hojas y flores psicodélicas.

-Dos jovencitas, aún con frenos dentales, con discretos tatuajes en sus blanquísimos hombros.

-Dos o tres parejas de extranjeros de tercera edad, hablando bastante bien el español.

-Una tribu de menonitas que no decidían si sentarse o seguir caminando en el pasillo que da para Urgencias.

-Únicamente dos hombres vestidos con pantalón de casimir y zapatos, uno en mezclilla y tenis, todos los demás, con bermudas y sandalias caseras, incluyendo a las parejas de la tercera edad. La mayoría de las mujeres jóvenes, ataviadas como para ir a la playa y con chanclas de piso. Las de cierta edad, con huipil o con pantalones y blusas sin mangas.

-Una señora joven que no soltaba el teléfono para hablar o para escribir, mantenía descuidada a su hijita como de cinco años, que iba en silla de ruedas con una pierna enyesada. La muchacha en cuestión, toda ella bronceada artificialmente y en pantaloncillos breves, proclamaba ser producto riguroso de algún gimnasio, pues sus delgados brazos parecían masculinos, y sus fornidos muslos y piernas, también. La niña se acercó varias veces a la mamá, atrayendo su  atención, pero no le hicieron caso. Así que la pequeña comenzó a manipular las ruedas de la silla para deslizarse rápido por toda la sala de espera, hasta que alguien tocó el hombro de la joven e indicó las travesuras de su hija. Levantó la vista y desde su lugar gritó: ¡Beba, te voy a dar un lapo si te sigues portando mal! En ese preciso momento llegó el atractivo papá, tomó a la niña en sus brazos y la llevó al Starbucks. Mami siguió con la vista hundida en el teléfono.

-En la cafetería, tres damas perfectamente maquilladas y vestidas de acuerdo a sus dorados años, departían animadamente como si estuviesen en una mesa de Casino. En la mesa siguiente, una pareja de muchachos se consolaba mutuamente mientras esperaban los resultados de la cirugía de su mamá, según escuché al pasar a comprar un chocolate caliente.

Por fin, Mary mi ayudante salió de sus tres exámenes, y con cierta inquietud pronunció: “Como que me tardé un poco… ¿No se fastidió, doña Paloma?”

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