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Aquellos domingos maravillosos, a la playa, en tren

Tren de Progreso en el anden de la Estación Central.

Durante muchos años, el tren de Ferrocarriles Unidos de Yucatán, hacía una corrida diaria para pasajeros, a la ciudad y puerto de Progreso; salía de Mérida hacia el puerto a las cinco de la mañana, y la corrida de retorno partía del puerto a las cinco en punto de la tarde. Lo usual era que el tren fuera y volviera totalmente lleno de pasajeros, tanto de ida como de vuelta. Además, había otras corridas que bajaban y subían mercancías al “Muelle Nuevo”. Mérida y Progreso estaban estrechamente unidas por las corridas del tren. Una de las diversiones dominicales que podíamos tener en familia, era ir a la playa, a pasar el día. Nuestro tío Edmundo, tenía una hermosa casa en el puerto de Chicxulub, y ahí era el pasadía. Pero lo más maravilloso era tomar el tren para ir a Progreso, donde el tío mundo nos recogía para ir a Chicxulub.

Antigua postal con la Estación de Trenes de Progreso.

La diversión daba inicio con la levantada muy temprano para estar a tiempo en la Estación Central para abordar el tren de Progreso. A las cuatro y media, llegaba nuestro abuelo, Segismundo Avilés, en su camioneta con el siempre fiel Pedro Valladares, su chofer. Los cuatro hermanos, con nuestro padre y abuelo, nos desplazábamos por las calles vacías, a esa hora del domingo, para llegar a la Estación Central y abordar el vagón. A las cinco en punto, se escuchaba repicar una campana en la parte delantera del tren, y también un agudo silbato, que nos anunciaban que el tren estaba saliendo del andén. Con emoción nos asomábamos por las ventanillas para ver cómo se movía el tren hacia los patios de la estación. Un nuevo y largo silbato y el repique incansable de la campana nos decían que el convoy iba tomando velocidad. Aquello no duraba gran cosa, pues unos minutos después, el tren se detenía en el llamado “Crucero de Itzimná”, donde abordaban el tren, más pasajeros, que ahí aguardaban su paso. Nuevo largo silbido y repique anunciaban el movimiento del tren que, pasaba junto al Estadio “Salvador Alvarado”, que, en ese entonces, era el final de la ciudad. A partir de ese punto, el paisaje se transformaba en largos e inacabables planteles de verde henequén que se perdían en el horizonte.

Antigua Estación Central de Mérida.

De pronto, el aire se inundaba de un aroma característico, algo agrio y fétido, que nos anunciaba el paso por la desfibradora de la Hacienda Xcanatún. Tan rápido como había llegado, el aroma se desvanecía en el aire. Después de casi una hora de marcha, el tren se detenía, era una parada obligada en la Hacienda San Ignacio, ahí, bajaba algo de pasaje y subía otro, y además, el tren paraba para que la locomotora abasteciera de agua su caldera. El sistema de locomoción de los trenes de ese entonces era por un gran fogón de carbón que hacía hervir el agua de una gran caldera, que era la larga trompa de la locomotora. Por eso, a su paso, el tren iba dejando dos rastros, uno blanco, del vapor que echaba al aire una chimenea de la caldera, y que estaba el frente de la máquina; y otro de color gris obscuro, del carbón quemado por el fogón. Ambos se combinaban en el aire. En San Ignacio, había un negro depósito de lámina, con una larga trompa que subía y bajaba tirando de una cadena. La trompa se conectaba con la caldera y vertía su preciado líquido al interior.

Al detenerse el tren, a los vagones subía un colorido enjambre de mestizas a ofrecer los más inimaginables productos; llevaban empanadas de variados tipos, polcanes, pequeños panuchos de huevo, salbutes, vaporcitos, y refrescos de frutas de la región. Como era natural, por lo temprano de la levantada, nos íbamos sin haber desayunado, y el plan era que lo hiciéramos al llegar a Chicxulub, con los primos Avilés González. Pero Segismundo decía: “Esto es para que aguanten”, y nos compraba de los ricos antojitos de las sonrientes mestizas, y aquello era un verdadero manjar. Cuando la caldera se llenaba, la larga trompa se elevaba en el aire hasta tocar el negro depósito. Nuevo silbatazo y repique de campana anunciaban que la marcha se reanudaba, y entonces ya no se detenía hasta llegar al puerto. El tren entraba a Progreso y se enfilaba a los patios de la estación, que estaba situada a espaldas del Palacio Municipal. Tenía un largo andén en alto, con techos de lámina, y estaba rodeada de casas de madera y tejas, todas pintadas de verde. El verde bandera de las paredes de madera contrastaba con el rojo de las tejas francesas, que llegaban a Progreso, desde Marsella, y que se vendían muy baratas en el muelle, pues venían como lastre en las bodegas de los barcos. Estas construcciones le daban a Progreso una imagen muy característica que, lamentablemente, se ha perdido con el tiempo.

A las afueras de la estación de Progreso, el tío Mundo nos esperaba en su camioneta y con él nos trasladábamos a Chicxulub. Ahí, nos esperaba un delicioso desayuno, pues la tía Elisa González era una cocinera estupenda. El pasadía en Chicxulub era maravilloso, baño de mar incluido, así como jugar lotería, la oca o serpientes y escaleras. Desde luego esto incluía jugar jakses en el corredor de rojos ladrillos de pasta. A las cuatro y media de la tarde, volvíamos a abordar la camioneta de tío Mundo, que nos depositaba de nuevo en la estación de trenes de Progreso, para iniciar el viaje de retorno, que también resultaba maravilloso. Al llegar a Mérida, en las afueras de la Estación Central, el fiel Pedro Valladares nos esperaba en la camioneta del abuelo Segismundo, para dejarnos en casa. Regresábamos rendidos pero muy contentos.

Los domingos a la playa, fueron maravillosos por el mágico viaje en el tren.

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