Bienestar Espiritual

Oración

“LA VIRGEN MARÍA DUERME Y ES LLEVADA A LA CASA DEL PADRE”

Padre Santísimo: ¡Bendito seas!

Ya en este nuevo amanecer dirigimos nuestra oración a Tu Presencia y Te agradecemos porque, vemos que en verdad, eres EL ÚNICO DIOS QUE AMAS A NUESTRA HUMANIDAD. Al ver cómo a La Santísima Virgen, el mismo Espíritu Santo le confiere EL DON DE LA PLENA DE GRACIA. Con este gesto divino, Oh Trinidad Santísima estabas confirmando ese gran amor a nuestra humanidad, porque ella inauguraba LA ERA DE LA GRACIA y la capacidad de que los demás seres humanos, también obtuviéramos esa regalo inmerecido. Padre Santísimo: Tu Amado Hijo nos lo hizo ver cuando nos dijo: “Ciertamente les aseguro que el que cree en Mí las obras que yo hago también él las hará, y aun las hará mayores, porque yo vuelvo al Padre.” (San Juan 14:12). Por eso mismo, Oh Padre Santísimo, Te agradecemos esa distinción tan honrosa, porque a lo largo de la historia, hemos comprobado ese don que nos confiere LA THEOSIS, o maravillosa deificación, con la que recuperamos la gracia perdida de la imagen divina. Ahora somos aceptos a Ti y portadores de Tu gracia, de Tu inmenso poder, de Tu misericordia y de Tu amor.

¡Humildemente somos Templos vivientes de la Presencia Divina! Con ese don de lo alto, ¡estamos conscientes de que nuestra estancia en la tierra es muy breve y vale la pena vivir en gracia con toda intenidad!

Ahora vemos con mucha claridad el momento tan hermoso en que LA MADRE DE TU HIJO AMADO, LA PRIMERA CREATURA LLENA DE GRACIA, en esa oración ferviente le suplica a Su Hijo y su Dios, que por favor, venga por su alma, pero que traiga a sus apóstoles de la lejanía para que le den sepultura a su cuerpo. Esa gracia le fue concedida por Ti, oh Padre Santísimo. Tu hijo vino escoltado por legiones de ángeles a recibir el alma preciosa de LA MADRE DE DIOS para trasladarla al Paraíso celestial, librándola de la corrupción de la muerte y durmiendo el sueño de los bienaventurados. Tú Hijo Amado, fue el que nos reveló esa gran verdad: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.”(San Juan 11: 25-26).

¡Gracias, Señor! ¡Gracias, Padre Santísimo! En ella se cumplió Tu Divina Palabra de Vida. Esa Madre de Tu Hijo Amado y Madre nuestra, orando con fervor de querubín, obtuvo del cielo legiones angélicas acompañando a Cristo a fin de que durmiendo, despertara en las mansiones eternas.

¡Oh Señor, Bendito seas! ¡Madre Santísima, bienaventurada te llamamos todas las generaciones, porque el Señor hizo en ti, cosas grandes y extraordinarias!

¡Oh Virgen Madre del Señor! ¡Oh Dulzura de los ángeles! ¡Alegría de los que sufren! ¡Protección de los cristianos! ¡Auxílianos y líbranos de los tormentos eternos! Amén.

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